La cabaña Sázava, ubicada a orillas del río homónimo, sustituye a una construcción anterior en el mismo sitio. Tras el incendio de la estructura original, solo permaneció el basamento de piedra, que la nueva intervención incorpora de manera natural. Este zócalo no solo protege frente a posibles inundaciones, sino que también ofrece una cierta distancia —física y simbólica— frente al río y al ritmo cotidiano. Basta con deslizar la ventana orientada hacia el agua para escuchar el murmullo de la corriente y el susurro de los pinos, observar peces sobre la superficie o los rápidos rompiendo contra las rocas.
La cabaña se concibe como una estructura ligera de madera apoyada sobre un robusto basamento de piedra. El armazón está revestido en el interior con paneles de abeto y, en el exterior, con tablones de alerce carbonizado. Este tratamiento no solo mejora la durabilidad de la madera, sino que también hace la cabaña menos atractiva para intrusos; además, establece —quizá de manera irónica— un vínculo con la construcción anterior. Hacia la ladera posterior, el volumen se reviste con lámina metálica resistente al agua que desciende desde la cubierta.
Gracias a una paleta material unificada —madera en tonos naturales y metal negro—, el interior se percibe como una “cueva” continua más que como una suma de elementos domésticos. El metal negro de la estufa, la escalera y otros componentes interiores prolonga el lenguaje de la fachada carbonizada, tanto en color como en su cercanía conceptual al fuego. El piso de linóleo natural, resistente, permite una transición fluida entre interior y exterior. Salvo la electricidad, la cabaña es autosuficiente: el agua proviene de un pozo en el sitio y las aguas residuales se almacenan en un depósito integrado en el zócalo. La calefacción se resuelve mediante una estufa de leña y apoyo eléctrico.
La amplitud del espacio principal se logra al reducir los recintos superiores a pequeñas áreas de descanso. Al fin y al cabo, el objetivo de salir de la ciudad es estar juntos. El espacio común, que ocupa toda la altura del volumen, conecta frente y fondo —río y acantilados—. Hacia el río, se abre completamente mediante un cerramiento acristalado continuo, mientras que una terraza elevada sustituye el contacto directo con el terreno y ofrece vistas ininterrumpidas del paisaje.