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Nuestro Tlatelolco

Nuestro Tlatelolco

2 octubre, 2018
por José Ignacio Lanzagorta García | Twitter: jicito

No sé si otras grandes ciudades tengan su Tlatelolco. Es más, ni siquiera estoy seguro de qué significa tener un Tlatelolco. Podría partir del lugar común que compartimos dentro y fuera de la ciudad de México, de que Tlatelolco aglomera tanto significado que es, como dicen tantos, un sitio cargado, denso, pesado, indigesto… los más esotéricos hablarán de energías y vibras. Pero creo que, en principio, eso tendría que ser cierto para cualquier núcleo antiguo de cualquier urbe. En estos núcleos se tomaron y se ejecutaron decisiones, ocurrieron celebraciones y tragedias, glorias e infamias atroces, se marcaron y materializaron hitos en el relato de sus pueblos, se conservaron y se renovaron cosas según los gustos y técnicas cambiantes. ¿Por qué Tlatelolco tendría que distinguirse como espacio privilegiado de memoria urbana? ¿Por qué veríamos ahí una carga especial? 

Se me ocurre que tal vez, a través de los siglos, Tlatelolco negocia en los imaginarios una ambigua posición entre el centro y el margen. Siempre a la sombra del núcleo que tiene a escasos 3 kilómetros al sur, se ha proyectado de todo y pocas veces consigue terminarlo. En tanto, no deja de insistir en ser una escandalosa parte de todo. Su marginalidad le permite que los procesos centrales que ahí ocurrieron afloren de una manera ineludible. Sus acontecimientos se abren paso para ser recordados por sí mismos junto con el énfasis de que no ocurrieron en el tablero central sino ahí, en Tlatelolco. El centro, en cambio, aglomera tanto y de todo como un hoyo negro. Absorbe los grandes hitos y los pequeños, los más antiguos y los más recientes, los más simbólicos y los que pasaron inicialmente desapercibidos, dejando una masa que a veces deja escapar de forma caótica y como una suerte de eructos algunos recuerdos o elementos aislados. 

Ahora que hablamos tanto –y estoy convencido de que demasiado- del branding de las ciudades, los funcionarios devenidos en publicistas o viceversa buscan asociarle un paradigma de conceptos e ideas bastante sencillas, amplias y a veces medio bobas, que consigan dar una identidad comercial a la ciudad. Así, la Ciudad de México puede ser algo tan volátil como los colores vivos y de preferencia el rosa, reírse de la muerte, Frida Kahlo, comer bien rico, modernidad junto con tradición, el cosmopolitismo aspiracional de la Roma-Condesa y, si queda tiempo, su cercanía con Teotihuacán. Si nos tiembla, no quedará más que curarle esta área de oportunidad a la marca con el concepto de la solidaridad de su gente. 

El paradigma del branding no nace de la nada, sino que es resultado de esa aglomeración que de tan densa perdió consistencia, perdió coherencia, perdió la sofisticación de sus especificidades: puedes tener algo tan concreto como Frida pero segmentada del gran contexto urbano, político y social que la explica. El imaginario más superfluo de la Ciudad de México, como de cualquier otra centralidad urbana, acaba siendo un raro éter de generalidades y especificidades tratadas por igual.

Nada se salva de la ligereza y menos los grandes imaginarios urbanos que justo de eso se componen. Aún así, en Tlatelolco la memoria de acontecimientos precisos suele imponerse a las ambigüedades, aunque sea como una mera noción. Su marginalidad le ha permitido perder la fuerza gravitatoria que apelmaza todo el devenir histórico en una misma masa, pero su centralidad le permite irrumpir en la escena de la ciudad de manera estrepitosa. Y entonces, Tlatelolco aparece en la memoria no por la calidez de su gente y los sabores de su gastronomía, sino por sus hitos… sobre todo, por sus muchas caídas. La caída del edificio Nuevo León en 1985, la caída de los estudiantes frente al Estado en 1968, la lenta caída del utópico Colegio de la Santa Cruz, la caída del imperio mexica frente a los españoles el 13 de agosto de 1521, la caída del Tlatelolco de Moquíhuix frente a la Tenochtitlán de Axayácatl en 1473. Sin siquiera reparar en otros hechos, procesos y acontecimientos relevantes, con eso tenemos de lleno para la indigestión. 

El espacio de Tlatelolco ha sido transformado de forma dramática y, sin embargo, los testimonios quedaron flotando entre los jardines y distanciados edificios de la unidad habitacional que Carlos Monsiváis también consideró una utopía: la del “México sin vecindades”. Su transfiguración consiguió exhibir cruda y materialmente la fuerza de estas caídas, de estos recuerdos. Tras una lucha entre planificadores, arquitectos, funcionarios y arqueólogos en la década de 1960, nos quedó esa Plaza de las Tres Culturas como uno de los sitios más intensos de la Ciudad de México… y de paso del urbanismo del Movimiento Moderno. Visita escolar obligada.

Para los que no somos vecinos de ahí, Tlatelolco nos ofrece salir de una Ciudad de México donde la memoria a veces se armoniza en el todo y nada de su marca, para entrar a una donde cada cosa reclama su atención y, para colmo, una atención reflexiva, profunda y también medio adolorida. Tlatelolco presenta sus especificidades y sus testimonios siempre en una conexión inquebrantable con los grandes procesos de la historia nacional y de la ciudad. Llega a ser tan agotador como indispensable. Insisto, no sé si otras grandes ciudades del mundo tengan su Tlatelolco. Yo no lo he encontrado.

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