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El 68: memoria y espacio. Conversación con Ander Azpiri

El 68: memoria y espacio. Conversación con Ander Azpiri

5 octubre, 2018
por Christian Mendoza | Instagram: christianmendozaclumsy

Esta semana se anunció que serían retiradas de varias estaciones del Metro placas que conmemoran las fechas en las que Gustavo Díaz Ordaz inauguró dichos sitios. Con este acto, anunciado por José Ramón Amieva, actual jefe de gobierno de la Ciudad de México, se discutieron las relaciones entre el espacio y la memoria histórica. ¿Por qué es necesario repensar continuamente los sitios que, desde el pasado, han definido el presente político del país? Conviene dejar de atender las placas conmemorativas del Metro y volver a Tlatelolco. Así como Díaz Ordaz inauguró uno de los principales medios de transporte de la ciudad, sus actos hicieron del conjunto Nonoalco Tlatelolco un espacio con una carga tan violenta como relevante para las movilizaciones sociales en la actualidad.

“Tlatelolco, como barrio, es un hito urbano para la época antigua y la moderna. Alberga el recuerdo de la educación superior en el Colegio de Tlatelolco, de la decena trágica, de la industrialización y el aliento internacionalista de la modernidad. Para nosotros, el 68 es un punto de inflexión en la historia reciente de México”, dice Ander Azpiri, subdirector académico del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, quien también está involucrado en el diseño de un nuevo memorial que se enmarque, justamente, en los 50 años del 2 de octubre. “Nosotros nos concebimos como un ejercicio de memoria del 68, pero no únicamente; el CCUT no sólo dialoga con el 68, sino con todas las capas históricas”.

 

Podría decirse que estas lecturas históricas respecto al espacio comienzan antes de que pasara medio siglo de lo ocurrido en Tlatelolco. Según Ander Azpiri, la Secretaría de Relaciones Exteriores desalojó el edificio y proyectó otro a un lado de la Alameda Central, cediendo el inmueble de Tlatelolco al gobierno del entonces Distrito Federal. El gobierno cede a su vez el inmueble a la UNAM, con la condición de que se hiciera un memorial, por lo que la universidad construyó un proyecto académico que pudiera activar continuamente la memoria. “Fue el sitio ideal, por ser un espacio habitacional. La discusión ya de por sí se encontraba abierta”. 

Las instituciones, de manera directa o indirecta, son las que han articulado un recinto que ha respondido a necesidades culturales y sociales. Después de este intercambio de espacios entre el gobierno y la universidad, se hizo necesario repensar el memorial y el museo a través de una reorganización de la colección y el archivo del CCUT, y de un nuevo diseño museográfico convocado mediante licitación pública. “Fue un proyecto que comenzamos a trabajar desde 2014. El memorial anterior cuenta con 10 años, y cada vez requiere un mantenimiento mayor, además de que pone en marcha conceptos que ya son lejanos, pues refrendaba una visión que se tuvo en 2008. Cuando nos planteamos el diseño de un nuevo memorial, tuvimos claro que era necesario actualizar ciertos contenidos, obtener nuevos testimonios e incluir una perspectiva de género. No queríamos que el memorial se refiriera únicamente a movilizaciones del pasado, por lo que quisimos trazar puentes entre el 68 y luchas actuales, para no aislar los eventos del 2 de octubre y, más bien, revitalizarlos políticamente”. La convocatoria y la organización para el nuevo memorial también requirió establecer colaboraciones entre lo institucional y lo colectivo; entre lo académico y la protesta. Azpiri relató que participaron veteranos del 68, estudiosos de la movilización social y miembros de generaciones posteriores al 68 cuyos aportes provinieron de disciplinas diversas. 

Ahora, ¿por qué volver a reactivar la memoria en Tlatelolco? ¿Qué implicaciones tiene revitalizar un espacio, aun cuando cada año se vuelva a tomar por movilizaciones compuestas no necesariamente por testigos del 2 de octubre? “La memoria es construcción colectiva, si no se hace colectivamente no es social. Es también un ejercicio constante en el tiempo: no es fija, no se puede estabilizar la memoria. Hacemos memoria para buscar la verdad. Se está hablando de crímenes de Estado. Y la verdad debe llevar a la justicia. Hacemos memoria para interpelar al presente. En el contexto actual, es realmente ineludible. Buscamos un espacio más para nuevos proyectos que para discursos cerrados: no se trata de imponer una visión única”. 

Se han retirado las placas con el nombre de Díaz Ordaz y, a la par, Tlatelolco vuelve a ser un espacio vigente. A 50 años, vuelve a ser necesaria una nueva reflexión no únicamente sobre una figura presidencial, sino sobre la colectividad que apareció en la Plaza de las Tres Culturas, y la que continúa ocupando los espacios públicos.

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