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Nonoalco, sombra de la modernidad

Nonoalco, sombra de la modernidad

26 febrero, 2026
por Carlos Rodríguez

Por alguna razón, Nonoalco dio un motivo narrativo y escenográfico al arte mexicano. Quizá era su ambiente de bajos fondos lo que fascinó a los creadores o las múltiples historias que el lugar sugería, relatos que no se podían contar sin un elemento que todavía sobrevive en la ciudad, el Puente de Nonoalco.

Un grabado de la artista Paulina Trejo de 1957, pocos años antes de que la zona fuera arrasada por la construcción del Conjunto Urbano Nonoalco-Tlatelolco, da idea de la dinámica del lugar, dominada, primero, por las vías del tren que organizan la vida, la gente que pasa y otra que da la impresión de vivir ahí, y, luego, el puente, que crea una cápsula que envuelve lo que ocurre abajo.  

Lupita Palomera, la intérprete de Vereda tropical, cantaba así: aferrada a tu recuerdo / noche a noche me encamino / hacia el puente de Nonoalco / esperando verte ahí / yo presiento que tú vuelves / que tú vuelves como ayer.  

Hay una voluntad de imaginar Nonoalco de noche, como canta Lupita Palomera, y de evocar la soledad y sobre todo el abandono, posiblemente porque se trataba de un lugar de tránsito para los viajeros del ferrocarril que simplemente pasaban unas horas o un par de días ahí, mientras que los trabajadores de los patios de servicio del ferrocarril, entre otras personas, hacían vida en la zona. 

Hay que imaginar Nonoalco y el camino que lleva a Buenavista como una especie de puerto de acero, un lugar de intercambio de todo tipo. Viajeros y habitantes que, por un momento, se encuentran. El puente de Nonoalco es importante como factor de cambio social que privilegia el uso del automóvil. Fue el primer viaducto del Distrito Federal, pensado para salvar la zona de las vías del ferrocarril y sus talleres. Obra del cardenismo, se inauguró en noviembre de 1940 con la visita del vicepresidente de Estados Unidos Henry A. Wallace que, en representación de Roosevelt, asistió a la toma de posesión del presidente Manuel Ávila Camacho.

En 1948 Roberto Gavaldón filmó en Nonoalco una de sus mejores películas, también una de las menos conocidas. A la sombra del puente tiene como pretexto arquitectónico dicha construcción que en su pujante modernidad parecía zanjar lo que ocurría en la zona, los “asentamientos irregulares”, como dicen los arquitectos, también los cabarets y los billares. Nonoalco es, por ejemplo, el lugar donde se esconde el malvado Jaibo de Los olvidados (1950) de Buñuel. 

Nonoalco tenía mala fama y eso parecía interesar a José Revueltas y a Gavaldón, que adaptaron la obra de teatro Winterset (1935) de Maxwell Anderson que narra la historia de un muchacho, hijo de un hombre injustamente condenado, que busca justicia para su padre en los bajos fondos de la ciudad. En el filme el hijo que vuelve a Nonoalco para limpiar el nombre de su padre, que participa en el movimiento ferrocarrilero, es David Silva. 

Amén de su tono de film noir, A la sombra del puente es también una crítica a la contradicción del avance urbano y arquitectónico. Así, la locación real en Nonoalco, de nuevo regida por la presencia de las vías, y la reconstrucción escenográfica de Gunther Gerzso de casuchas mugrientas, contrastan con el puente. Tal como los filma Gavaldón con la cámara de Alex Phillips, los primeros planos de la película, limpios y captados desde el puente, se oponen al mundo oscuro que hay debajo, sin orden ni traza urbana. El personaje de Esther Fernández, alcahueta de su hermano vividor, suspira cuando ve pasar al tren desde el puente, se da cuenta de que los viajeros cruzan por Nonoalco para llegar a otro destino y ella, inmóvil, es una simple espectadora. 

La idea se vuelve imagen circular, juego de genios de la película, cuando una pequeña feria improvisada, que maneja el personaje de Fernando Soto “Mantequilla”, instala un tiovivo bajo el puente. Sus habitantes suben a los caballitos que dan vueltas, siempre sobre el mismo eje, en el mismo lugar, sin cambiar de sitio.

Nonoalco, que ahora es un entrecruce kafkiano de puentes vehiculares, peatonales, rejas y estacionamientos improvisados, volvió a causar interés en días recientes cuando se desarrolló parte de la Semana del arte en la colonia Atlampa, que todavía conserva callejas solitarias y vías del extinto tren, delimitada al sur justamente por la calzada Nonoalco. El evento vuelve a poner de frente los contrastes que señalaba A la sombra del puente y otros recientes por ejemplo la gentrificación.        


La zona también fascinó a Juan Rulfo, que hizo una serie de fotografías de Nonoalco que dialogan directamente con la música, los grabados y el cine comentados antes. Por invitación de Gavaldón, Rulfo acompañó al director durante el rodaje del documental Terminal del Valle de México (1956), que muestra con detalle el antiguo Nonoalco. La película, comisionada por Ferrocarriles Mexicanos, se hizo cuando la terminal del ferrocarril se trasladó a Tlalnepantla. El filme y las fotos de Rulfo son registros maestros de un lugar, de una zona que ya solo existe en las imágenes y que curiosamente se resiste a cambiar del todo. 

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