Columnas
Espacios: Cantona: Dos ciudades para dos escalas, primera parte
Hace tres años, mi colega, la Mtra. María del Pilar Álvarez y yo, escribimos un artículo que fue presentado en [...]
21 julio, 2021
por Jose Maria Wilford Nava Townsend
Al acercarnos, ese juego es una ingeniosa trampa del arquitecto para esconder los niveles de las cortes y sus oficinas, y poder dialogar con la escala de la explanada. El umbral señala claramente su acceso, donde se interrumpe la piel de celosías y quedan los enormes pilares de toda la altura, como propileos de un templo agnóstico y racionalizado. Pero en este caso, el espejo de agua, hermano del que se percibe en las fotos de La Asamblea, ha dejado su lugar a un estacionamiento donde los taxis y autos de magistrados están en constante movimiento, paradójica broma de la historia, que termina utilizando la máquina favorita de nuestro personaje arquitectónico, para derrotar la idea de climatización de un gran espacio público por medio del agua.
Al fondo del umbral y perpendicular a las columnas acarteladas que forman la estructura del edificio, aparece un sistema de rampas que establecen el juego de planos inclinados permitiendo un acceso universal que asciende a los diferentes niveles, y hay que reconocerle al suizo que, si bien tuvo sus malas históricas, también tiene momentos preclaros como éste: la rampa parece magistralmente esculpida en un divertido recorrido zigzagueante.
Fiel a sus 5 puntos de la arquitectura, la azotea vuelve a ser un evento habitable, no solamente una cubierta. Entre el techo del edificio pórtico y los niveles de oficinas, una superficie alabeada se convierte en la sombra que genera una azotea para el descanso y que nuevamente, evita que el sol candente pegue directamente en la losa del techo y que ésta transmita ese calor al espacio interior de las oficinas superiores, así la superficie cumple al menos con dos funciones: La de palio y la de parasol. Los Himalaya se adivinan hacia el nororiente, en la dirección a la que apunta el edificio, quizás en un día claro y con menos bruma del que nos tocó a nosotros, se enmarque su majestuosidad desde este pequeño, a escala comparativa con la cordillera, remanso contemplativo.
De los interiores obviamente, no hubo posibilidad de generar registro fotográfico, aunque las plantas están ampliamente documentadas y son fácilmente analizables a través del dibujo. Directas, sencillas y sin recovecos: circulaciones centralizadas, oficinas de un lado y las cortes del otro. La poética está en los manejos de luz y sombra, la practicidad en la geometría del recorrido.
Como colofón, al filo entre la explanada y el otrora espejo de agua de la Suprema Corte, parte un camino como apéndice, hacia el noreste del conjunto, que nos lleva a un foro abierto donde, verticalmente, remana la escultura de la famosa mano abierta, símbolo sintetizado por Le Corbusier, de lo que el primer ministro Neru pretendía: La unión entre la mentalidad occidental y la oriental, visión romántica pero ingenua pues al final, la realidad es que por lo pronto, y a 70 años de proyectada, esa visión no ha resultado más que en la imposición de un solo sistema de pensamiento sobre todos los demás, pero el mundo sigue girando y la vida evolucionando, veremos qué pasa después. Como dato curioso, la mano es una enorme veleta que señala hacia donde sopla el viento ¿nos podrá señalar el camino a seguir en un futuro donde los vientos de una justicia integral soplen en todas las direcciones? Hace tres años, mi colega, la Mtra. María del Pilar Álvarez y yo, escribimos un artículo que fue presentado en [...]
Como parte del conjunto de reflexiones de esta columna, han seguido queridas y queridos lectores lecturas referentes a la naturaleza, [...]