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Columnas

Memoria y futuro de Mezquitán

Memoria y futuro de Mezquitán

7 noviembre, 2016
por Juan Palomar Verea

El antiguo poblado de Mezquitán es uno de los barrios más antiguos y venerables de Guadalajara. No existe, hasta donde se sabe, certidumbre clara sobre la antigüedad de sus orígenes. Desde los más antiguos planos de que se tiene noticia, se da cuenta de un asentamiento, probablemente indígena, que bajo el nombre de Mezquitán se ubicaba muy al norte de la Guadalajara originaria, más allá de las barrancas que separaban a ese enclave del tejido urbano. De mediados del siglo XVIII parce datar la parroquia del lugar, la iglesia de San Miguel de Mezquitán.

Había, históricamente, un camino que unía al antiguo casco histórico tapatío con el primitivo asentamiento: el trazo que lleva ese mismo nombre y que parte desde la calle de Pavo y toma la denominación de Mezquitán a partir de Morelos. Es de notarse que en algún momento de la primera mitad del siglo pasado, en un acto arbitrario y demagógico –como el de casi todos los cambios de nomenclatura de nuestras calles- se le quiso imponer al muy antiguo camino el sobrenombre de “Avenida del Trabajo”. Por supuesto y por fortuna que tal atropello no prosperó y la gente siguió bien apegada al nombre original, que llega hasta nuestros días.

El barrio de Mezquitán ha sufrido, como pocas demarcaciones urbanas, diversas mudanzas y mutilaciones. La primera ocurrió con la apertura, en los años cincuenta del pasado siglo, de la calle de Munguía, que partió en dos al Panteón de Mezquitán y a una fracción del barrio situada hacia el norte. Continuó la fragmentación del contexto con la apertura de la Avenida Ávila Camacho y siguió con la posterior construcción de Federalismo, en 1976.

A pesar de todos los pesares, el barrio subsiste y conserva trabajosamente su personalidad. Sus instrucciones genéticas —su ADN— son vigorosas, y esenciales. Todavía se pueden identificar aquí y allá. Tienen que ver, estos códigos identitarios, con una vigorosa vida vecinal y barrial, con un rico tejido social, con la materialización concreta de un trazado urbano muy particular, con rasgos físicos que vienen de muy lejos y determinan vialidades que respondieron a las necesidades de sus primeros pobladores. También con la tipología constructiva inicial que se apega en algunos casos a los formatos de los poblados de indios: solares de una cierta extensión en los que, además de las construcciones domésticas apegadas a los códigos de las más antiguas viviendas tradicionales, existían huertas y corrales afines a los modos de vida locales.

Una casa amarilla, en particular, subsiste como muy valioso testimonio de la naturaleza del barrio. Situada en una esquina, con paños limpios limitando las banquetas, muestra la fuerte personalidad del contexto y da razón de un modo de vivir, de edificar y de habitar -de un ADN- digno, sensato, y portador de una belleza natural que ayuda a reconstruir todo un entramado urbano y humano de gran valía patrimonial.

Es de ese patrimonio de donde habría que partir para devolverle a Mezquitán, mediante medidas sencillas y eficaces, su ahora erosionada identidad, su sentido como uno de los barrios ejemplares del ámbito tapatío, su cohesión social, su posibilidad de continuar siendo una lección de cómo habitar esta parte del mundo.

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