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Columnas

Leticianeidad 2: La Triple Frontera

Leticianeidad 2: La Triple Frontera

15 septiembre, 2022
por Alfonso Fierro

El mirador

Para llegar a Tabatinga, hay que seguir derecho por la Avenida Internacional hasta que, pasando la gasolinera de los helados ricos, los letreros comerciales empiezan a estar en portugués. Entonces ya estás en Brasil. Íbamos en el asiento trasero de un motocarro (o tuk tuk) con dirección al puerto. Cuando se detuvo, le pagamos al chofer más de la cuenta en pesos para que nos devolviera cambio en reais, una práctica habitual de su oficio. 

Atravesamos el puerto y subimos por un callejón al mirador, donde nos gastamos el cambio en unas cervezas. El cuerpo gordo y desparramado del río Amazonas estaba enfrente. A lo lejos se enroscaba entre la selva. Más cerca, en la misma orilla que Tabatinga, alcanzaba a verse Leticia, mientras que al otro lado del río se asomaban los palafitos de Santa Rosa del Yavarí, un pequeño asentamiento peruano. 

Una lancha larga y angosta te cruza sin ningún problema de Leticia o Tabatinga a Santa Rosa y a la inversa. Esas embarcaciones rebotan todo el tiempo entre las tres bandas de la triple frontera, en una carambola que arrastra de un lado a otro modas, marcas, parientes, negocios, ritmos, fayuca hecha en China, frutas, predicamentos evangélicos y un sin fin más de eslabones que, en conjunto, caracterizan la cultura regional. Sin tanta aduana, me pareció una cultura plenamente fronteriza en la que se confunden tres países, dos lenguajes oficiales (entre otros), varios credos, tres monedas (aunque el peso peruano circula poco) y productos provenientes de los tres puntos, de Inca Kola a Pony Malta, de gas brasileño a cerveza Póker. 

 Por otra parte, antes de que algún tratado firmado lejos de ahí partiera la zona en tres países, la región funcionaba de acuerdo a otra geografía política y cultural que, con sus mutaciones, sobrevive. De las poblaciones indígenas y sus intercambios proviene la memoria histórica de la región, que se traduce en el conocimiento necesario para aprovechar recursos como los peces de río o los frutos de temporada, para cultivar las chagras de yuca, explicar la importancia de plantas como el tabaco y la coca y para habitar ese ecosistema en general. Esta otra geografía, que se traslapa y permea la cultura cotidiana de la trifrontera, diluye aún más la validez que la división política del mapa tiene en la vida diaria. 

El puerto

En los muelles, la actividad no cesaba. Lanchas cargando pasajeros y pencas de plátano verde asediaban desde varios frentes. Su técnica de arribo consistía en clavarse entre dos de las muchas embarcaciones estacionadas para luego empujarse de éstas hasta abrirse un hueco. La gente desmontaba en una primera estación y, haciendo equilibrio con sus bultos, atravesaba un puente improvisado con tablones (mismo que se levantaría fácilmente al llegar las secas). En la orilla, las parrillas de pollo asado que se habían montado temprano rebosaban de gente y, cruzando la calle, ya sonaba el funky en los puestos del mercado, que empezaban a revelar sus cremas, brochas, pinzas, sombras y delineadores. 

Construido a través de estructuras que se montan y desmontan fácil (como los puentes), que se multiplican si es necesario (como las parrillas), que mutan para acomodar a un pariente (como los puestos), o que se acuerdan sobre la marcha, el puerto se caracteriza por lo provisional de su infraestructura. Aún así, buena parte de economía regional pasa por esos muelles, formal, informal o de cualquier otro tipo. Empujada por Manaus, Tabatinga es la ciudad más grande de la zona y en su puerto confluyen lenguajes, prácticas culturales, formas de vida y economías. Su arquitectura improvisada permite la articulación de lo que Verónica Gago llama la economía abigarrada latinoamericana: una red donde se confunden formalidad e informalidad, piratería y autogestión comunitaria, emprendimiento y cooperación, el comercio global y el tráfico de coca que se siembra y raspa adentro de la selva, que las mulas de Perú y Colombia transportan en lancha hacia Tabatinga y que luego sale por el río en dirección a Manaus. Por eso es que, en la trifrontera, nociones como globalización, libre comercio o autonomía pueden tener muchas caras a la vez. 

Gago explica que la economía abigarrada forma configuraciones inestables que todo el tiempo están mutando. En otras palabras, la gente allá se gana la vida como puede, alternando chambas, dando y recibiendo apoyo familiar, camellando un tiempo en el negocio de unos parientes, sobreviviendo otro rato con una beca o levantando alguna cooperación o emprendimiento con un parche. Mantenerse es un reto diario para casi cada habitante, y a menudo exige transitar y adaptarse a un lado y otro de las fronteras. En este contexto, la provisionalidad de la arquitectura portuaria tiene sentido. Al final, es una arquitectura flexible que responde ágilmente a necesidades cambiantes, modalidades económicas diversas y a distintas tradiciones constructivas de la región. Pero, sobre todo, es una arquitectura que garantiza fronteras porosas, porque de esa condición dependen buena parte de los habitantes en su día a día.

 

La Copa América

Si esta porosidad se traduce en una cultura fronteriza y cosmopolita, esto no necesariamente cancela el deseo de pertenecer a algún tipo de nación. En los puestos del mercado junto al puerto dominan las playeras de las tres selecciones, en todas las tallas, para mujer y para hombre, de varios niveles de pirata. La noche del partido de Copa América entre Colombia y Brasil, la verdeamarela celebró en pleno Leticia, igual que Perú unos días antes y con tremendo escándalo. Cuando Colombia le ganó a Uruguay en cuartos, la gente en Leticia salió por fin a desahogarse en una caravana de motos que le dio la vuelta a toda la ciudad. 

Ana y Gabriel, del posgrado en estudios amazónicos, me contaron que la explosión urbana de Leticia se remonta al boom de la coca en los setenta, cuando empezaron a llegar migraciones del interior en busca de fortuna. Algunas de esas migraciones constituyen poblaciones con negocios, jerarquías, barrios y tradiciones propias. Lo entendí un sábado que fuimos a la fiesta de San Pedro en el barrio opita. La gente del Huila ocupó la calle con mesas de plástico y preparó lechona (un cerdo relleno de arroz cocinado a fuego lengo, como carnitas). La vieja guardia vestía sus trajes tradicionales. Toda la tarde, “el Sanjuanero” y otros joropos se encargaron de reunir a esa gente y llevarla a su tierra, lejos de Leticia. 

Pero es verdad que esos eran días patrios, de fiesta y fútbol. Pronto desaparecían y con el guayabo sólo quedaba el movimiento arrullador de las lanchas que rebotan sin cesar, como diría Guimarães Rosa, entre las tres orillas del río. 

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