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Columnas

Leticianeidad 3: Fantasías tropicales

Leticianeidad 3: Fantasías tropicales

8 noviembre, 2022
por Alfonso Fierro

Nuestro plan original era buscar a la Sandra en las reservas ecológicas que existen a lo largo de “los kilómetros”, sobre todo a partir del 11. Sin saber que le ladrábamos al árbol equivocado, una tarde nos presentamos en una reserva donde Valeria tenía un contacto. Se trataba del encargado, un señor muy agradable que estaba dispuesto a colaborar, pero que al final le respondía a los dueños (uno de los cuales, siguiendo la tradición hacendada, no vivía en Leticia). Nos recibió en una palapa de unos seis o siete metros de altura, con un techo de hoja amarradas al estilo de las malocas. Aunque no estuviéramos lejos de la carretera, el ambiente había cambiado de golpe y ahora sólo se escuchaban los insectos y el crujido intermitente de alguna rama. Era como si, de pronto, hubiéramos aparecido en un campamento abierto en algún claro en mitad de la selva, con apenas dos o tres estructuras de lo más rudimentarias.

El encargado nos pasó a tomar un tinto a la “cocina,” una estructura de madera sin barnizar, con techos de hoja y pared de mosquitero, cubierta por la eterna sombra de la selva, con un foco colgado por ahí. Valeria le explicó el proyecto y él quedó en que hablaría con los dueños. Le pagamos una noche de hospedaje en las cabañas escondidas más adentro de la reserva en lo que se fraguaba el permiso, y luego del tinto uno de los guías nos condujo hacia allá adentro. Trepamos entonces a otra altura de la selva, otro punto de vista, tal como se percibía panorámicamente a través de la pared de mosquitero. 

Cuando oscureció, el mismo guía nos llevó a caminar por las trochas que serpenteaban por la propiedad. El tour venía incluido con el hospedaje. Esa noche, a la luz de nuestras humildes linternas de cabeza, fue la primera vez que caminé en la selva. Mi impresión fue la de sentirme observado sin ser capaz de identificar qué me observaba y desde dónde. También me gustó caminar a una hora en la cual el ruido es ya apenas un murmullo de insectos y moscos, interrumpido solo a veces por un crujido o algún golpe o quizá el canto desvelado de cierta rana. 

Nos levantaron los pájaros desde temprano. En la cocina, el encargado bebía su tinto. Nos dijo que los dueños no querían que buscáramos a la Sandra ahí. 

Lo mismo sucedió con otras reservas, pese a que los permisos gubernamentales estuvieran al día. Nos sorprendió la respuesta ya que estas reservas se presentan antes que nada como espacios de conservación ecológica. En teoría, el turismo es solamente la forma como puede sostenerse esta “noble” misión. Por eso nos pareció lógico preguntar ahí para empezar. Pero, para las reservas, conservación no significa investigación, significa prohibir la intervención humana en su propiedad para permitir que la selva resurja ahí donde fue talada o donde está en riesgo de ser urbanizada. Con la excepción de su función turística, todo otro contacto con la selva está prohibido dentro de los límites de su propiedad privada. 

Conservar significa entonces extraer al ser humano de la ecuación ecológica, porque las reservas parten de la premisa errónea de que cualquier tipo de intervención humana es dañina de por sí. Esto sin duda incluye a los potreros y balnearios que talan la selva alrededor de “los kilómetros” para explotar la tierra. Pero también incluye a la biología, que a veces tiene que manipular especímenes, e incluso la cacería y otras prácticas de las comunidades indígenas de la zona. A su entender, todas las anteriores son igual de dañinas, aunque en el fondo sepamos que no es así y que, además, para culturas que se han formado en la selva, resulta absurda la idea de separar al humano del ecosistema. Como dice Davi Kopenawa,  “en el bosque, los seres humanos somos la “ecología”. Pero también lo son los xapiri (espíritus), las presas, los árboles, los ríos, los peces, el cielo, la lluvia, el viento y el sol. Lo es todo lo que llegó a ser en el bosque. Somos los habitantes del bosque, nacimos en medio de la “ecología” y crecimos aquí.” (393). 

De esto probablemente deriva una idea de conservación mucho más interesante que la de colonizar tierras para convertirlas en jardínes privados. Sobre todo porque, en la prática, ya sea desde la ingenuidad o el cinismo, estas reservas son complejos ecoturísticos que también usan la selva y que son parte fundamental de la urbanización emergente de “los kilómetros.” Una noche en la terraza de Ana, ella y Gabriel nos hicieron ver que las reservas operan esencialmente como hoteles. A la propiedad se le saca provecho de esta forma. Y si los miembros de las comunidades de la zona ––que fungen como constructores, guías, peones y cocineras–– representan la fuerza de trabajo, la selva es el gran capital invertido por los terratenientes (de ahí la importancia real del “no tocar”). 

La arquitectura, en este contexto, es la encargada de asegurar un flujo de turistas, ofreciendo un hospedaje de primera. Una experiencia, más bien. El café en la cocina rústica rodeada de árboles, la cabaña en las alturas, el paseo nocturno, el olor de la selva por la mañana…todo esto. Y, casi sin darse cuenta, uno se desliza a una fantasía. Por eso en casa de Ana nos decían que las reservas eran un lugar para que el turista urbano realice sus fantasías coloniales sobre el Amazonas, para que encarne un par de días la figura literaria del explorador que se interna en un bosque virgen, puro y salvaje, un bosque que ningún otro hombre ha pisado antes. 

Dice mucho el que la operación arquitectónica principal sea la del aislamiento de la carretera. Los senderos, que en el paseo nocturno se sentían infinitos, en realidad se mantienen lo suficientemente lejos de los bordes de la propiedad como para que no se escuchen los vallenatos del vecino. Lo mismo la zona principal de la reserva que, separada de “los kilómetros” por un sendero, se aparta de sus sonidos como si no tuviera nada que ver con ellos. Esto es necesario para que la fantasía de la selva salvaje funcione para el turista y para que las reservas se pongan su disfraz ecologista. Pero es bien sabido que las reservas crecen junto a la carretera, dentro de su sistema. Y a su alrededor surgen a su vez satélites en la forma de tiendítas, puestos de empanadas o artesanías, pues, aunque lo nieguen, estos espacios son una de las grandes fuerzas de gravedad allá en la urbanización emergente de la carretera.  

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