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Columnas

LC, el grande

LC, el grande

7 julio, 2015
por Miquel Adrià | Twitter: miqadria | Instagram: miqadria

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La gran exposición sobre Le Corbusier ofrece una nueva interpretación sobre su obra. Con más de 300 piezas (dibujos, maquetas, fotografías, películas, cartas, etc.) la muestra Le Corbusier, las medidas del hombre, que se exhibe en el Centro Pompidou parisino hasta el 3 de agosto, aborda el legado del arquitecto franco suizo desde una perspectiva antropomórfica y, también, francófona. Más racional –cartesiana si cabe- que la anterior muestra en el MoMA neoyorquino Le Corbusier, an Atlas of Modern Landscape, la exhibición parte del análisis del cuerpo, tanto geométrica, sensorial como espiritualmente, explorando su relación con la arquitectura, la pintura y la escultura, el diseño y las artes visuales o la literatura, con gran acopio de correspondencia con maestros, amigos y familiares que permean su pensamiento.

Como arquitecto visionario, urbanista, teórico de la modernidad, pintor y escultor, Charles Edouard Jeanneret, conocido como Le Corbusier, fue uno de los actores más importantes del pasado siglo XX. Y esta exposición trata de enfocarlo desde el aspecto humano de su trabajo, que va desde la percepción del cuerpo hasta los sentidos. La exposición es un viaje a través del laberinto corbusiano, desde los inicios en Suiza hasta su muerte en el Mediterráneo, pasando por su famoso taller parisino y sus innumerables viajes apostólicos.

Si bien es fundamental para la comprensión de su obra, la figura humana —el cuerpo como principio dinámico de la comprensión espacial— nunca fue el objeto de una exposición. A lo largo de 12 salas, el recorrido permite reconstruir el discurso corbusiano a partir de sus leyes orgánicas de la percepción humana, para gestar, a su vez, los cimientos de la modernidad. Desde la influencia de la psicofísica, la estética científica, puede reinterpretarse una obra que comparte entre la pintura (el purismo) la arquitectura (del racionalismo moderno al brutalismo) y el urbanismo (de las unidades habitacionales a Chandigarh).

Una primera sala —Ritmos y motivos— explora sus años de formación —en Suiza primero y después en el taller de Peter Behrens— y sus dibujos de viaje. Una segunda sala —Purismo— empieza con su primer cuadro, La chimenea, (expuesto también en el MoMA) y sigue con toda la producción pictórica del purismo que fundó con Amédée Ozenfant. Grandes óleos de platos, vasos y guitarras sobrepuestos vaticinan la gama cromática que haría suya en la arquitectura siguiente. La tercera sala está consagrada a L’Esprit Nouveau, la revista internacional de estética y el pabellón homónimo que organizó en la Exposición Internacional de Industrias Modernas y Artes Decorativas de París en 1925, y que sirvió para imaginar el Inmueble Villa. Una cuarta sala se encomienda a las famosísimas casas de los años veinte, con dibujos a lápiz de la casa Cook, recorridos cinematográficos por la Villa Savoye, que ilustran los cinco puntos para una nueva arquitectura: los pilotis, la cubierta-jardín, planta abierta, ventanas corridas y fachada libre. Le sigue una sala repleta de cuadros donde el protagonista es el cuerpo femenino. Objetos de reacción poética de generosas formas y colores que expandían el campo del lienzo para convertirse en murales de sus edificios. La sexta sala se encuadra en el amueblado doméstico y su trabajo con Charlotte Perriand y su primo Pierre Jeanneret. Las sillas de tubo de acero que diseñaron se convirtieron en canónicas de la modernidad y, en su momento, fueron precursoras de la ergonomía. La sala central de la exposición tiene las medidas del cuerpo como protagonista y el Modulor como la medida armónica de la escala humana, aplicable universalmente a la arquitectura y a la industria. El Modulor da la medida al hombre que acompaña el espacio de una riqueza perceptiva que libera las resonancias de todos los sentidos. No sólo los croquis y las cintas métricas del Modulor, sino también varias de sus aplicaciones murales en sus edificios reproducen un cuerpo de su misma medida. Le sigue la sala de las Unidades de Habitación que propuso en algunos de sus proyectos para nuevas ciudades y que realizó como edificios autónomos en Marsella y Berlín, inaugurando una etapa más ruda y expresiva. El periodo acústico reúne en la siguiente sala sus pinturas surrealistas que aluden a las formas de las orejas, sugiriendo la percepción auditiva y táctil. Las resonancias espirituales de la sala décima aglutina las obras religiosas de un ateo —Capilla de Ronchamp, convento de la Tourette— y el pabellón Philips que proyectó con Iannis Xenakis, y la penúltima sala se consagra a Chandigarh, la nueva capital del Punjab, con la secuencia de obras monumentales y expresivas —Capitolio, Asamblea Nacional, la Corte Suprema de Justicia y la mano que da y que recibe—. Este tour corbusiano in crescendo termina en la sala del Cabanon, justo donde empezaba la exposición americana. De la grandilocuencia y la omnipotencia de sus grandes obras maestras a la modestia íntima de una cabaña frente al mar que lo abrazó.

Quizá se puedan seguir contando historias de este gran arquitecto, quizá de para nuevas lecturas, o quizá —como reivindican algunos— ya se deba pasar la página. Pero, sin duda, esta exposición es un baño de emociones y (re)conocimiento en la obra de Le Corbusier y es absolutamente complementaria de la que le antecedió en Nueva York.

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