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Columnas

Las derivas de Frederic Amat por los límites del arte

Las derivas de Frederic Amat por los límites del arte

24 marzo, 2017
por Manuela Salas

La exposición Zoótrop de Frederic Amat, en la Pedrera de Antoni Gaudí de Barcelona, es un diálogo con la arquitectura y la ciudad. El título alude a la máquina estroboscópica conformanda por un cilindro con unos cortes a través de los cuales el espectador puede ver los dibujos en tiras sobre su interior que, al girar, parece que esté en movimiento. Así, la exposición, como un zootropo, muestra las diversas facetas de la obra de Fredric Amat en relación el espacio, la arquitectura, la ciudad y el paisaje.

Está conformada por tres episodios prácticamente independientes que tejen el laberinto circular de Amat: el primero propone un diálogo entre el espacio de la casa burguesa que propuso Antoni Gaudí y ocho cápsulas que son contenedores de memoria; el segundo reúne las articulaciones formales y conceptuales desde las piezas singulares que permiten construir una línea narrativa de resonancias; y el último es una gran mesa que acaba de explicar parte del trabajo de arte aplicado del artista –tanto en la arquitectura, la ciudad o el paisaje- como un archivo de historia natural, donde conviven las referencias, los croquis del proceso creativo, los making off, y algunas piezas que muestran el resultado final. Es como una gran obra en tres actos que se complementan, en la que el primero detona emociones, el otro, más íntimo, concentra la mirada desde el recogimiento, y el tercero, más taxonómico, da una panorámica de conjunto y desvela influencias, referencias y procesos.

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En el diálogo entre el edificio creado por Antonio Gaudí y las piezas de Frederic Amat en la primera parte de la exposición, se rescatan los espacios domésticos de la vivienda modernista que se habían perdido entre reformas y usos dispares de la planta noble de este edificio singular, antes de convertirse en espacio expositivo. Los ámbitos con atributos específicos –la sala, el comedor, la biblioteca y aquellos de servicio y de circulaciones, evocan los planos de archivo de su morfología, sutilmente, casi fantasmagóricamente, con unos tabiques transparentes que rescatan posiciones perdidas temporal y espacialmente. La instalación de Frederic Amat es una respuesta in-situ al espacio gaudiniano, como lo son las propuestas que se enumeran en la tercera y última parte de la exposición donde las obras y el artista dialogan con espacios predeterminados. Las cápsulas de memoria son reflexiones formales donde la materia –la cerámica-, la forma –las ocho crisálidas de barro cocido- y el color (o su ausencia) no hacen más que exponer el propio espacio de La Pedrera y, como capullos gigantes, esperan su metamorfosis. Al final de este recorrido enigmático, se proyecta el film Forja del mismo artista realizado en 2012, a partir de los barandales que Antoni Gaudí y Josep María Jujol crearon para los balcones de La Pedrera, transformándose en caligrafía de brocha gorda de Amat.

La pantalla convertida en cortina da paso a otro mundo más íntimo de piezas singulares que articulan los enigmas creativos de su autor: un pelo que se convierte en una estela, una telaraña en máscara o el mobiliario lanzado sobre una red de una prisión obsoleta en proyección cenital.

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La tercera sección de la exposición es un compendio de las intervenciones de los últimos años, que acaba de explicar el trabajo de arte aplicado donde confluyen la escenografía y la ciudad, el ornamento y la arquitectura. Se exhiben datos previos y las referencias, los apuntes, las pruebas y los ensayos, el proceso constructivo y eventualmente, la certificación del resultado final. Catorce intervenciones que actúan y se activan con los edificios, la ciudad y el paisaje, extrayendo del lugar la clave para establecer una relación dialéctica. Buena parte de las acciones conforman un universo infinito y abierto que inicia en una pieza –ollas, ojos, gotas, puntos, tumbas o círculo para construir el tejido conformado por la sumatoria de células. Así aparece un mural de infinitos cuernos, otro construido con ollas de barro cocido o de pechos cerámicos, donde la repetición de piezas –aparentemente iguales aunque la mano del artista las hizo todas distintas- deriva en un nuevo significado surreal. Así, las escamas de la Villa Nurbs –obra futurista de Enric Ruiz-Gelli que será intervenida próximamente por los últimos Pritzker RCR- los ojos de las fachadas del hotel Ohla, gotas de cerámica vitrificada que evocan una lluvia de sangre, el estallido de puntos amarillos incrustados sobre rocas o los círculos injertos en las fachadas del Teatre del Liceu son proyectos (realizados o no) que dialogan con la arquitectura y con la ciudad, añadiendo formas, incorporando contenidos y negando que el ornamento sea el crimen que la modernidad sentenció.

La exposición de Zoótrop –curada por Miquel Adrià y que permanecerá abierta hasta julio– reúne algunas de las muchas vertientes de este artista polifacético que trabaja desde los límites disciplinarios donde la pintura, la escultura, la escenografía y la arquitectura se encuentran.

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