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Columnas

La huella: espacio efímero que narra un ciclo de vida

La huella: espacio efímero que narra un ciclo de vida

Amanece. El sol asoma pintando de colores las aguas del Golfo de México. Un gran buque aguarda puerto indiferente al universo submarino, donde la vida danza alimentándose de la vida, ese peculiar sistema rebelde cobijado por nuestro planeta, dispuesto siempre a contradecir la ley de la entropía. La luz que proyecta el astro rey acentúa a esa hora el peculiar trazo de un recorrido, una secuencia de huellas marcando una ruta. La memoria del trayecto en el espacio que entre el mar y la maleza que crece en la duna, deja una tortuga verde, ¿o sería una Lora? Memoria efímera que será borrada por la marea al subir, dispersada por el viento a lo largo del día, o pisoteada por un grupo de adolescentes e infantes, que juegan en la playa y habitan en la comunidad de Villamar Chilefrío, en el municipio de Tuxpan, Veracruz.

La huella dibuja un patrón geométrico preciso, la tortuga sale de su ámbito cotidiano y el movimiento coordinado de sus extremidades, en combinación con el vientre de su concha generan la peculiar forma que marca la ruta realizada. La huella convertida en trayecto nos lleva de seguirla, a uno, dos y hasta tres sitios donde el quelonio realizó pruebas para excavar su nido.

Así es querides lectores, el ejercicio de anidar implica un análisis serio por parte de este espécimen marino, pues no necesariamente el primer sitio elegido cumple, a su criterio, con las condiciones de estabilidad de la arena, la profundidad adecuada, la humedad requerida en el fondo para el desarrollo de la cría en el interior del huevo, o la libertad espacial que necesitarán una vez que hayan eclosionado los huevos, aquellos pequeños seres que inician un nuevo ciclo de vida. Una raíz oculta que pueda estorbar a la salida de las pequeñas tortuguitas, un olor inadecuado que propicie un riesgo potencial, incluso la orientación del nido en la duna, pueden ser motivo de abandonar ese intento de construcción para probar en otra ubicación, ya ve usted lo poco que intuimos de lo mucho que saben los quelonios sobre la construcción.

No vaya usted a creer, que yo soy experto en tortugas marinas y sus procesos de reproducción. Berenice y su padre Miguel Ángel, nos explican y nos ayudan a interpretar la lectura de aquello que he narrado. Ella, ingeniera ambiental, ha recibido como herencia de su padre, ambientalista empírico, la titánica labor de ser guardiana de tortugas en estas playas. La transdisciplinariedad arraigada en una sola familia. 

El albergue donde habitan, frente a la playa, es una concesión gubernamental, ya que se encuentra dentro de la zona federal de costa, pero es indispensable esa ubicación para que puedan realizar en plenitud su trabajo. Además del albergue, padre e hija han generado una pequeña incubadora natural, en donde acogen aquellos huevos cuyos nidos puedan estar en riesgo, dada su ubicación, de ser victimizados por la fauna nociva no endémica (perros, ratas, homo sapiens sapiens advenedizos, etc.)

Ahí, Bere y Miguel Ángel nos explican el proceso, desde que encuentran el huevo en riesgo, hasta la eclosión y la liberación de las pequeñas crías. En la charla, Bere confiesa que tenía preparada una liberación cercana a los 100 individuos, pero la naturaleza no espera los tiempos turísticos, incluso siendo éstos de turismo académico, y los huevos eclosionaron un día antes, momento en que inevitablemente, se realizó el acto de liberarles hacia el mar. Para nuestro consuelo, tres del centenar de huevos permanecieron aún protegiendo a su diminuta tortuguita y pudimos ver, si no la liberación de 100, si al menos la de esta terna.

Dos de las protagonistas, aún estaban muy aletargadas y hubo que regresarlas a la incubadora para permitirles otra oportunidad de correr hacia el mar. Quizás en otro momento, con otro contexto, simplemente habrían sido bocado de la bella Fregata que planeaba vigilante esperando una presa, o algún otro depredador endémico o introducido.

 

La expectativa se centró entonces, en la única cría que parecía tener excesiva prisa por alcanzar a sus compañeras de generación del día anterior. Esta bravísima tortuguita capturo la atención, el cariño, el entusiasmo y la admiración de los casi 40 espectadores, entre docentes y estudiantes que nos encontrábamos en la playa. Su carrera agotadora duró varios minutos, donde no solo el esfuerzo de superar la arena le implicaban un breve respiro entre sprint y sprint. Una vez alcanzada la tan anhelada ondulación del agua, el empuje de la ola le regresaba varios metros… y a volver a comenzar.

¡Que trabajo más arduo! Se escuchó una voz emocionada proveniente de la congregación de jóvenes que sobrecogidos, le veían regresar una y otra vez sin perder la esperanza de conseguir zambullirse en el agua. ¡Qué trabajo más arduo! Efectivamente, pensé. Berenice nos da el dato de la dura realidad que implica seguir vivo: Solo una de cada 100 tortugas liberadas, consigue regresar a desovar una vez alcanzada la madurez, de acuerdo a los registros que ella y su padre han conseguido elaborar tras años de esfuerzo.

La algarabía me despierta de mis reflexiones, la asistencia aplaude emocionada el logro: El pequeño ser enconchado, ha conseguido tomar el ritmo de la marea y, la ola que le negaba el acceso a la inmensidad del océano, ahora la acoge y la impulsa hacia él. Ya no la vemos, ni la veremos más, a menos que la casualidad y su capacidad de sobrevivencia, nos permita regresar en unos años, y observar la huella que, en la arena, dibuja una ruta dirigida hacia el lugar del nido, como lo hizo tiempo atrás, aquella que dejó su madre.

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