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Columnas

La ciudad tomada: así no

La ciudad tomada: así no

3 diciembre, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

En el cuento de Cortazar La casa tomada, dos hermanos van cerrando las puertas de las habitaciones en las que sienten presencias extrañas hasta que, al final, cierran la de la casa quedándose afuera. Con la ciudad nos ha pasado lo mismo, pero al revés. Hemos abandonado lo público hasta quedarnos cada uno adentro de casa. Lo público se ha convertido en recurso sólo de pobres, que hay muchos. El transporte público, la educación pública, la salud pública, ni siquiera son considerados como opción por la población con más recursos económicos. Incluso no parece avergonzar a ningún funcionario, encargados de administrar y mantener esos bienes públicos, viajar en auto privado con chofer, inscribir a sus hijos en la mejor escuela privada y atenderse en hospitales privados que más de la mitad de los mexicanos no podrían pagar. Las filas y los apretujones, el deterioro o el desabasto, son el calvario de muchísimos que unos cuantos se empeñan en no ver. Y cuando por fin vuelven la mirada, compasiva, hacia la calle, parece que la única manera de rescatar lo público de la ruina que recién se descubre es transformándolo en aquello que mejor se conoce: un negocio.

En la ciudad de México uno de los casos más recientes de ese proceder es la propuesta del Gobierno del Distrito Federal para rehabilitar la avenida Chapultepec, una calzada no sólo vieja sino histórica, hoy agobiada por el incontrolable tráfico de automóviles y difícil de atravesar a pie o en bicicleta y olvidada por el gobierno, que no se hizo responsable de su mantenimiento. La solución que encontró el actual gobierno fue ofrecer la calle como terreno para la construcción de una mole que no es otra cosa que un Centro Comercial cuyos dueños, a cambio, se harán cargo de las mejoras y el mantenimiento que hace falta. En el negocio en el que nos han hecho socios sin pedirlo, unos cuantos inversionistas se llevarán el 95 por ciento de las ganancias gracias a que la calle, espacio público por excelencia, se convirtió en un bien mercantil. Como en acto de magia, la solución para rehabilitar el espacio público fue desaparecerlo y transformarlo en espacio de consumo, cedido a un inversionista privado por 40 años, quien junto con su propuesta financiera traía bajo el brazo un proyecto arquitectónico de una torpeza equiparable al absurdo que toda la idea supone. Adornado con plantas y salpicado de actividades que se califican como culturales para disimular la verdadera condición mercantil del edificio, un largo paseo elevado ensombrece la calle para terminar en una plaza escalonada bajo la que no puede esconderse el Centro Comercial que es el auténtico interés de los inversionistas. Todo mal, como ya se ha explicado aquí y en muchos otros medios.

Ante la protesta de los vecinos de la zona donde se pretende construir lo que ya se bautizó popularmente como El Titanic y el rechazo al proyecto de un gran número de arquitectos, urbanistas y paisajistas —sorprendente unidad en gremios acostumbrados a disentir—, el gobierno de la ciudad se vio obligado a someter el proyecto a una consulta ciudadana que, en vez de aclarar las cosas las enturbia aun más, pues llaga tarde, pretendiendo travestir de participación lo que no es más que una pregunta y buscando legitimar un proyecto viciado de origen y que ya ha sido pactado entre el gobierno y los inversionistas. La verdadera participación ciudadana se construye con información y tiempo, no así, con propaganda y de prisa.

Pese a las fallas de la dudosa consulta, si se vive en la Delegación Cuauhtémoc habrá que salir el 6 de diciembre a votar que no, así no se puede ni se debe construir una ciudad que se quiera democrática y equitativa. Y por eso, por la manera torpe y abusiva con la que se ha desarrollado este proceso desde la primera idea hasta la consulta, pero también por la manera como esta ciudad se construye a tumbos y con ocurrencias en vez de planeación, sin transparencia ni rendición de cuentas, decidimos reunirnos un día antes de la consulta —el sábado 5 de diciembre a las 11 de la mañana, frente al acueducto de la avenida Chapultepec— no sólo los vecinos de la zona sino de toda la ciudad, especialistas y legos, famosos y desconocidos, para decir que así no, que el espacio público se puede imaginar y construir de mejores maneras y que podemos, todos, retomar nuestra ciudad.

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