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Columnas

La ciudad que el cine nos arrebató

La ciudad que el cine nos arrebató

17 enero, 2014
por Pablo Martínez Zárate | Instagram: pablosforo

Las escenas de la ciudad de Chicago o de las cataratas del Niágara congeladas nos impresionan. Parecen montajes de película. ¿Cuántas imágenes del tipo nos ha regalado la historia del cine? ¿Cuántas veces, por ejemplo, hemos presenciado la destrucción de Manhattan en la pantalla grande? Han llegado un gorila y un reptil gigantescos a rasgar sus rascacielos y acribillar a sus habitantes. También ha sido presa de ataques extraterrestres y heladas mortíferas. Pero al día siguiente del estreno de estas cintas, las calles de Manhattan amanecen como todos los días, transitables, agitadas, colosales. No ha habido, todavía, ni un chango ni un reptil ni una farsa política que haya podido aniquilar la ciudad y la vida que hay en ella.

Entonces, quizás lo más escalofriante no es la semejanza entre las imágenes de las heladas en Norteamérica y las narrativas de Hollywood, sino que después de haberlas visto en la televisión, en los periódicos o en los feeds de las redes sociales, nos vayamos a la cama con la impresión de que, en realidad, lo que acabamos de ver es parte de una película. ¿Cuál? La película de que nuestra acción tiene pocas, o nulas, consecuencias sobre el entorno que habitamos. Que siempre habrá un héroe o un “Dios-salido-de-la-máquina”, estilo el Chapulín Colorado, para salvarnos.

Muchas veces menospreciamos la influencia de los medios de comunicación, en particular del cine, en nuestro entendimiento del mundo. Ya son parte tan íntima en nuestro día a día que difícilmente nos atrevemos a aceptar que nuestra imaginación es presa de las historias que consumimos. Pensemos en los sueños de Inception, por poner otro ejemplo. La ciudad que se desdobla delante de nuestra vista no fue la misma que caminó di Caprio.

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Pero, ¿no ha sido siempre así? Sin duda, el cine digital sólo continúa la tradición ilusionista del arte cinematográfico. Los antecedentes del “chroma-key” se remontan a la década de los 30. En gran parte, la cinematografía es el arte de la ilusión visual. Pero una cosa es, como mencionamos al principio, la ilusión visual y otra, muy distinta, lo que aquellas puestas en escena detonan en nuestra mente. Una cosa es ver una ciudad destruida y otra cosa saber que su destrucción es ficticia o, en todo caso, que la destrucción se resolverá mágicamente. La imagen digital ha alterado profundamente nuestra percepción del espacio urbano, del mundo en general y, en última instancia, de nuestro propio cuerpo.

La diferencia implicada por la evolución del cine desde las escenografías de Melies u Otto Hunt y su equipo para Metrópolis, hasta las ciudades diseñadas digitalmente, es de percepción de la realidad. Los montajes fantásticos del Viaje a la Luna o de la ciudad del futuro de Fritz Lang eran planteados como escenarios fantásticos, propios de mundos ajenos. Los sueños de Christopher Nolan, saltando entre ejemplos, no; los sueños de Nolan son sueños de personajes reales.

Curiosamente, los sueños de Nolan poco tienen que ver con nuestros sueños. Siempre he confrontado este título del inglés con la siguiente sentencia: nosotros no soñamos en HD. El principio es el mismo de la recomposición del cuerpo en la publicidad contemporánea. La manipulación obsesiva de nuestras formas ideales. Casi al borde de la psicosis.

Los procesos de manipulación digital de la imagen fílmica nos han arrebatado la ciudad de todos los días. La ciudad que es la vida misma y que Vertov perseguía con su cámara hace ochenta años. Las manías del retoque digital apuntan hacia una sensibilidad siempre trastocada. A la mentira por la mentira misma. El riesgo, al final del día, es la frustración o la esquizofrenia enraizada en el abismo entre lo que vemos diariamente en la calle y la calle que se presenta en las pantallas. Si no prestamos la atención suficiente a estas transformaciones, el desastre nos sorprenderá con ojos ingenuos: contaremos en la astucia del Chapulín, pero el Chapulín no vendrá a rescatarnos. Las cataratas del Niágara y las construcciones de Chicago serán hielo hasta el fin de los tiempos (humanos).  ¿Será el cine capaz, así como de su secuestro, del rescate de la ciudad? ¡No se pierda nuestro próximo capítulo!

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