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Columnas

La cámara y la ciudad: un comienzo

La cámara y la ciudad: un comienzo

29 noviembre, 2013
por Pablo Martínez Zárate | Instagram: pablosforo

La ciudad moderna coincide con la creación del cinematógrafo. Podríamos afirmar que la metrópolis moderna y la cámara comparten su naturaleza: imponer un filtro mecánico a la vida. De ahí que en este espacio de reflexión, la ciudad y el cine sean un binomio sobre el cual recaeré una y otra vez desde distintas perspectivas. En este primer acercamiento, planteo simplemente el origen, para después recomendar una película mexicana reciente.

La ciudad fábrica y sus hijos nutrieron la curiosidad de los mirones. El trepidar de las máquinas, el rumor de su paso, las ráfagas luminosas embozando la superficie de las calles con un toque de cielo, un guiño celestial que infundía ardor en los corazones de quienes habitaban estos teatros de lo moderno. Y ahí estaba la cámara para registrar dicha vorágine que a tantos sobrecogía. Y ahí estaba la cámara, siendo ella misma fantasía.

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Entonces tenemos las filmaciones de Londres, París, Nueva York, y hasta México documentado por Salvador Toscano entre revoluciones tecnológicas y sociales (aquellos fragmentos que han sobrevivido).  Testimonios indirectos donde el montaje todavía no jugaba un papel determinante. Tarde o temprano se haría presente: el ojo que no sólo registra, sino reordena, reinventa, recompone. Llegarían Paul Strand y Charles Sheeler con Manhatta (1921), Alberto Cavalcanti con Simplemente las horas (1926), Walter Ruttman con Berlin: Sinfonía de una gran ciudad (1927) y, por supuesto, Dziga Vertov con El hombre de la cámara de cine (1928). Cada uno de ellos, cuya obra sigue vigente hasta nuestros días, abordaba la ciudad a su manera, y son ejemplos, dentro de muchos otros, de cómo la ciudad marcó la curiosidad del cineasta (aunque pensar que tal influencia solamente recayó sobre el artista de la cámara de cine sería ingenuo, ya que los giros en la percepción que implicó este reordenamiento social se manifestaron también en las artes plásticas, en la literatura, en el teatro, en la danza…).

Desde esas primeras décadas, la ciudad se convirtió en protagonista de incontables películas de los grandes maestros del cine y en los próximos artículos reflexionaré sobre cintas y ciudades de mi predilección. Parte de mi trabajo, por poner un ejemplo cercano antes de los siguientes textos, contiene rastros de estas primeras cintas.

 

Hoy concluyo con una recomendación en cartelera mexicana: mi universo en minúsculas, de Hatuey Viveros. La capital mexicana vista desde los ojos de una extranjera. La historia entreteje, por momentos, el documental con la ficción para ofrecer un retrato híbrido del Distrito Federal. Una película que se acerca a esta ciudad inabarcable de manera honesta y dedicada. Las actuaciones están bien cuidadas, así como la fotografía, que nos lleva de las figuras y edificios a los rostros y las sombras libremente (con demasiada laxitud, tal vez). Resalta lo inofensivo del cuerpo humano, y lo hermoso también, entre tanto concreto, entre tanto ruido. El diseño sonoro, principalmente en los primeros minutos, sorprende por su intensidad y precisión. También la música.

No obstante, parece que la ciudad abrumó a Hatuey Viveros y su equipo, quienes soltaron los cabos del tejido urbano sin talento cartográfico ni obsesión narrativa. Así como hubo maestría en el manejo de la cámara, faltó mucho mayor cuidado en el desplazamiento de los personajes sobre el escenario, así como en cerrar bien los candados narrativos que encadenaran la mirada del lector. No obstante, vale la pena verla en la pantalla grande, no solamente para apoyar el cine nacional que tanto nos necesita, sino para apreciar la monstruosa y esquiva realidad citadina que caracteriza a la capital mexicana, capaz de despistar al director y sus guionistas, y a tantos otros.

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