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Columnas

La banalidad

La banalidad

15 diciembre, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

El 15 de diciembre de 1961, Adolf Eichmann fue sentenciado a muerte en Jerusalem. En su libro Eichmann en Jerusalem, un reporte sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt escribió: “Otto Adolf, hijo de Karl Adolf Eichmann y de María Schefferling, fue apresado en un suburbio de Buenos Aires en la tarde del 11 de mayo de 1960, y llevado a Israel nueve días después, juzgado en la Corte de Distrito de Jerusalem el 11 de abril de 1961, enfrentó la acusación de quince cargos: «junto con otros» había cometido crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra durante el periodo entero del régimen Nazi y especialmente durante la Segunda Guerra Mundial.”

Arendt agrega que a todas las acusaciones Eichmann respondió: not guilty in the sense of the indictment. En español la traducción pierde fuerza, pues no se declara inocente sino no-culpable en el sentido de las acusaciones que se le hacían. Y esa precisión era fundamental para Arendt, quien había pedido a la revista The New Yorker ser enviada para reportar el juicio y cuyos artículos dieron forma a su libro más polémico y criticado: se le acusó de disculpar no a uno sino a todos los asesinos nazis —ni lo primero ni mucho menos lo segundo era, por supuesto, verdad. Arendt había escrito que “el problema con Eichmann era precisamente que muchos eran como él, y que la mayoría no eran ni perversos, ni sádicos, y que eran y son, aun, terrible y aterradoramente normales.” De ahí el subtítulo de su libro: la banalidad del mal.

“Excepto por su extraordinaria diligencia en buscar su bienestar personal, no tenía ningún motivo” para hacer lo que hizo. Su diligencia, afirma Arendt, en sí misma no era criminal: “simplemente, para ponerlo coloquialmente, nunca se dio cuenta del alcance y dimensiones de lo que hacía.” Tampoco se trata de estupidez, aclara Arendt, sino de ausencia de reflexión (thoughtlessness) y falta de imaginación. Eso fue lo que más molestó a sus críticos, que incluso la acusaron de antisemita: Arendt no disminuía en nada la terrible magnitud de los crímenes, pero no suponía que para realizarlos hiciera falta ni una voluntad ni una capacidad de la misma dimensión. Suponerlo no era más que la otra cara de la visión del héroe: tan excepcional como sus hechos. Al contrario, la dedicación de un burócrata con la capacidad y la voluntad justas para hacer lo que se le pide, ni más ni menos, podía tener esas monstruosas consecuencias. Arendt insistía en que Eichmann asumió una y otra vez, ante sus interrogadores y sus jueces, que cumplió con su deber: “no sólo obedeció órdenes, obedeció la ley.”

En su introducción a la edición de Penguin del libro de Arendt, Amos Elon cuenta que en una entrevista para la televisión en 1971, la filósofa dijo arrepentirse del subtítulo: la banalidad del mal, que había generado muchos equívocos sobre sus argumentos. Tony Judt escribió que el primer libro que leyó de Arendt, a los dieciséis años, fue, precisamente, Eichmann en Jerusalem, y que sus conclusiones le chocaron. Pero, por otro lado, la fría precisión con la que Arendt exponía sus argumentos y analizaba los ajenos, lo sedujeron. Judt recuerda que ya en 1945 Arendt había escrito que “el problema del mal sería la cuestión fundamental de la vida intelectual europea en la posguerra.” En cierto sentido, dice Judt, estaba absolutamente en lo cierto: “la cuestión de cómo los seres humanos podían hacerse eso unos a otros” era lo que Arendt llamaba “el problema del mal.” Complementando a Arendt, para Judt, el problema del mal no es sólo su banalidad sino también su banalización:

Todos debemos ser cuidadosos cuando hablamos del problema del mal. Pues hay más de un tipo de banalidad. Está la notoria banalidad de la que habló Arendt: la incómoda, normal, cercana maldad cotidiana de los humanos. Pero hay otra banalidad: la banalidad del desgaste: el aplanamiento, el efecto de desensibilización de ver o hablar de lo mismo demasiadas veces hasta entorpecer a nuestro público y hacerlos inmunes al mal que describimos. Esa es la banalidad —o “banalización”— que hoy enfrentamos.

Muchas decisiones políticas y económicas, muchos conflictos sociales y muchos efectos de unas y otros, que sin duda no tienen la magnitud de los terribles crímenes por los que se juzgó a Eichmann y a otros tantos, padecen sin embargo de ese doble efecto. La exclusión, la pobreza, la marginación, la desigualdad, la impunidad, son formas del mal que resultan de actos banales de hombres y mujeres comunes y corrientes y, al mismo tiempo, banalizados como algo que está ahí, siempre frente a nuestros ojos, sin causarnos ya ningún espanto.

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