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Jardín, paisaje

Jardín, paisaje

14 agosto, 2020
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

“No hubo paisajes —escribió Georges Bataille en el primer capítulo de la primera parte de su Teoría de la religión, titulado La animalidad— en un mundo en el que los ojos que se abrían no aprehendían lo que miraban, en el que, a nuestra medida, los ojos no veían.”[1] ¿Y los jardines, cuándo? 

¿Cuál es la diferencia entre un bosque, un parque y un jardín? El Bois de Boulogne, el Parc de Montsouris o los Jardines de Luxemburgo, en París, por ejemplo. Las diferencias, de atender a los diccionarios, son de ubicación y de factura. El bosque —–conjunto de árboles y matas— es uno de los estados naturales o salvajes de la tierra, más allá, antes y fuera de los límites del mundo construido y civilizado. Es parte, aún, de lo que Paul Shepheard llama lo silvestre  Wilderness— : el mundo antes de la aparición de la humanidad.[2] El parque —palabra que viene del francés parc y ésta a su vez, probablemente, del antiguo alemán parruk: una parcela de tierra cercada y reservada generalmente a la caza— es un terreno natural cercado que ha quedado al interior de algún espacio civil y artificial, sea la urbe o, en su caso, estructuras sociales de apropiación: parques de caza privados o parques nacionales reservados, por ejemplo. La diferencia entre bosque y parque es, pues, de ubicación y, sobre todo, contexto: ambos son terrenos naturales, acaso silvestres, pero el bosque es exterior o, de menos, marginal y limítrofe respecto a la ciudad, a lo civilizado, mientras que el parque ha sido rodeado, comido o, de algún modo, producido por aquella ciudad.

La diferencia del jardín con el bosque y el parque no es tema de ubicación sino de factura. El parque, aún si se encuentra dentro de un entorno urbano, es relativamente natural, como el bosque; el jardín en cambio es puro artificio.[3] De no ser aquellos míticos de hechura divina, como el Edén o el de las Hespérides con sus respectivos árboles y frutos —a la larga, quizás, confundidos: los árboles de la vida y del conocimiento del bien y el mal con su fruto prohibido en el Edén y el de las manzanas doradas de la inmortalidad en el de Hera—, los jardines se deben a la mano humana. Son tierra cultivada, construida: landscapes —palabra que tiene su origen en el holandés landschap: tierra trabajada, construida, artificial. Así, si el paisaje se construye con la mirada —al ser medido con ojos humanos, como dice Bataille—, el jardín se construye, además, con las manos, trabajando y transformando la tierra. Frente al paisaje —la vista pintoresca— se presenta el jardín como parcela trabajada. Aunque generalmente improductivos —sobre todo comparados con la tierra dedicada al cultivo agrícola— los jardines no son poco exigentes. Cualquiera que mantenga uno en casa lo sabe. “Se necesita cierta dedicación para mantener un jardín en buena forma: desyerbar, con lluvia o sol, luchar contra el musgo. Los jardines, en otras palabras, necesitan mantenimiento para que se mantengan todas las cosas ordenadas y controlar a la naturaleza en estado bruto. Los jardines vividos no son paisajes congelados.”[4] Con todo, “aún quien trabaja en su propio jardín, es decir, quien contribuye a la ficción al imitar la labor del agricultor, debe finalmente confesar la arbitrariedad de lo que hace y regresar a actividades más reguladas.”[5] Al final, el jardín también es ornamento.


Notas:

1. Georges Bataille, Teoría de la religión, Taurus, Madrid, 1991, p.25

2. Paul Shepheard, The Cultivated Wilderness, or what is landscape? MIT Press, 1997, p.VII. Shepheard añade: “El cultivo (o la cultura –cultivation) es todo lo que hemos hecho desde esa aparición. Landscape es otro nombre para las estrategias que han gobernado lo que hemos hecho.”

3. Estas definiciones son, sin duda, problemáticas. De acuerdo con ellas Central Park, por ejemplo, es un jardín.

4. Catherine Alexander, The Garden as Occasional Domestic Space, en Signs, vol. 27, No.3, Primavera 2002, p.861.

5. Robert Harbison, The Built, the Unbuilt and the Unbuildable, In Pursuit of Architectural Meaning, MIT Press, 2001 (1991, 1ª), p.18.

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