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Diccionario crítico: arquitectura

Diccionario crítico: arquitectura

10 julio, 2024
por Georges Bataille

La arquitectura es la expresión del ser mismo de la sociedades, de la misma manera que la fisonomía es la expresión del ser de los individuos. Sin embargo, se trata sobre todo de la fisonomía de personajes oficiales (prelados, magistrados, almirantes) a quienes corresponde esta comparación. En efecto, sólo el ser ideal de la sociedad, aquél que ordena y prohibe con autoridad, se expresa en las composiciones arquitectónicas propiamente dichas. Así, los grandes monumentos se erigen como diques que oponen la lógica de su majestad y de la autoridad a todos los elementos que perturban: es con forma de catedrales y de palacios que la Iglesia y el Estado imponen silencio a las multitudes. Es evidente, en efecto, que los monumentos inspiran la calma social y muchas aveces un verdadero miedo. La toma de la Bastilla es símbolo de ese estado de cosas: es difícil explicar ese movimiento de la muchedumbre de otra manera que por la animosidad de la gente contra los monumentos que son sus verdaderos amos.

Así, cada vez que la composición arquitectónica se encuentra en otra parte que no sean los monumentos, sea la fisionomía, los vestidos, la música o la pintura, podemos inferir un gusto predominante de la autoridad, sea humana o divina. Las grandes composiciones de algunos pintores expresan la voluntad de contradecir el espíritu de un ideal oficial. La desaparición de la construcción académica en pintura es, al contrario, la vía abierta para la expresión —y, por lo mismo, la exaltación— de los procesos psicológicos más incompatibles con la estabilidad social. Es lo que explica, en gran parte, las vivas reacciones provocadas desde hace medio siglo por la transformación progresiva de la pintura, hasta entonces caracterizada por cierto tipo de esqueleto arquitectural disimulado.

Por otro lado, es evidente que el orden matemático impuesto a la piedra no es otra cosa que la culminación de una evolución de las formas terrestres, cuyo sentido es dado, en el orden biológico, por el paso de la forma simiesca a la forma humana, que presenta ya todos los elementos de la arquitectura. Los hombres no representan aparentemente en el proceso morfológico más que una etapa intermedia entre los simios y los grandes edificios. Las formas se volvieron cada vez más estáticas y cada vez más dominantes. Así, el orden humano es, de su origen, solidario al orden arquitectural, que no es sino su desarrollo. Si atacamos la arquitectura, cuyas producciones monumentales son actualmente el auténtico amo sobre toda la tierra, agrupando a su sombra a multitudes serviles, imponiendo admiración y asombro, el orden y la represión, atacamos de algún modo al hombre. Hoy, toda una actividad terrestre, y sin duda la más abrillante en el orden intelectual, tiende en esa dirección, denunciando el insuficiente predominio humano: así, por extraño que eso pueda parecer al tratarse de una criatura tan elegante como el ser humano, se abre una vía —indicada por los pintores— hacia la monstruosidad bestial; como si no hubiera otra manera de escapar a la custodia arquitectónica.

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