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Columnas

Fronteras de la ciudad, parte II

Fronteras de la ciudad, parte II

25 febrero, 2014
por Fernando Reséndiz | Twitter: xolotltzcuintli

En tanto que cuerpos, los seres humanos están al igual que las cosas situados en un lugar y ocupan un sitio. El lugar puede definirse claramente como el punto del espacio físico en que un agente o cosa están situados, “tienen lugar”, existen (…) El sitio ocupado puede definirse como la extensión, la superficie y el volumen que un individuo o cosa ocupan en el espacio físico, sus dimensiones o, mejor, su envolvente.

Los agentes sociales que se constituyen como tales en y en relación con un espacio social -y también las cosas en tanto que los agentes se apropian de ellas, y son pues constituidas como propiedades-, están situados en un lugar del espacio social que puede caracterizarse por su posición relativa con respecto a los otros lugares y por la distancia que lo separa de ellos. Así como el espacio físico se define por la exterioridad recíproca entre las partes, el espacio social se define por la exclusión mutua (o la distinción) de las posiciones que lo constituyen, es decir, como estructura de yuxtaposición de posiciones sociales.

Así, la estructura del espacio se manifiesta, en los contextos más diversos, bajo la forma de oposiciones espaciales donde el espacio habitado (o apropiado) funciona como una especie de simbolización espontánea del espacio social. En una sociedad jerarquizada no hay espacio que no esté jerarquizado y no exprese las jerarquías y las distancias sociales, de un modo (más o menos) deformado y sobre todo enmascarado por el efecto de naturalización que entraña la inscripción duradera de las realidades sociales en el mundo natural: así, determinadas diferencias producidas por la lógica histórica pueden parecer como surgidas de la naturaleza de las cosas (basta con pensar en la idea de “frontera natural”). Es lo que ocurre, por ejemplo, con todas las proyecciones espaciales de la diferencia social entre los sexos (en la iglesia, en la escuela, en los lugares públicos como en el ambiente doméstico)”

Pierre Bordieu, Efectos de lugar, 1999.

Fronteras de la ciudad, de lo privado a lo público: Dos ideas (parte II)

El diseño de las ciudades, propuesto por Kevin Lynch por medio de mapas mentales generados en la misma memoria colectiva de los habitantes, eran vistos por él como un sistema que considera 5 elementos básicos: trayectos, límites (fronteras), regiones (zonas), nodos y puntos de referencia (monumentos). El ambulante de las ciudades, que las va caminando y las vive en el diario, retoma estos elementos básicos para desarrollar un mapa de su memoria colectiva a través de las orientaciones físicas y psicológicas (ver parte I).

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En consecuencia de un mal diseño, históricamente, cuando se realizan propuestas para renovaciones urbanas, dentro de sus procesos, no siempre son tomadas en cuenta las personas más vulnerables, con sus respectivas condicionantes económicas y sociales. Por lo que es preciso agregar un diseño de las ciudades a través de los espacios residuales, destacando la creatividad como consecuencia de una necesidad de espacios. Este concepto de residuos urbanos fue introducido al urbanismo por Roger Trancik; de alguna manera decía que los automóviles ocupaban espacios muertos y esto le sirvió para crear una nueva categoría dentro del análisis urbano, el “lost space (espacio residual) destaca el constante crecimiento de tres espacios urbanos de desecho: los lotes vacíos o residuales (empty lots), la superficie de estacionamiento (surface parking) y los distribuidores de tránsito (traffic interchanges); cómo resultados de una mala urbanización. Este espacio perdido, generado por los otros, no esta considerado -ni diseñado- para beneficiar a su población contigua, al menos en el tema de habitabilidad.

Como una nueva tendencia para solventar equipamientos urbanos de servicio para la población, se han desarrollado proyectos que aprovechan de manera sustancial estos espacios residuales y otros más. Destaca el espacio residual generado por los distribuidores de tránsito, propuesto por Trancik. Un ejemplo lo encontramos en el proyecto de regeneración e imagen urbana, donde surgió la idea de recuperar los espacios encontrados en los bajo puentes. Propuestas de distintas índoles, en este caso, acentuando los de uso comercial, transformando los barrios urbanos y sus alrededores, no sólo por la plusvalía de los terrenos sino por la excesiva densificación inmobiliaria. En algunos otros casos desarrollando arte urbano e instalaciones artísticas o deportivas. En ciudad de México es una consecuencia de una ‘recuperación’ de bajo puentes con fines comerciales, para reconvertir estos lugares intersticiales y de desecho urbano que propiciaban inseguridad y apropiaciones irregulares. El proyecto de regeneración ha generado espacios comunitarios al aire libre con mobiliario urbano y juegos para niños; y también espacios cerrados con locales de uso comercial y servicios básicos como misceláneas, restaurantes, bancos o veterinarias. Después de una lucha constante por los ocupantes de la zona, con producciones de arquitectura efímera e irregular en la vía pública, es plausible el hecho de brindar espacios para antiguos establecimientos informales contra las adecuaciones del espacio público realizadas para retirarlos. Sin embargo, la manufactura deja mucho que desear.  Los más exitosos son sin duda los bajo puentes que se han convertido en centros recreativos con juegos y “skateparks”. En contra parte, las ‘cajas de zapato’ y las inserciones porosas esperarán un sentido de apropiación que cambie su estado actual. Entre nuestras esculturas urbanas cotidianas –casetas de teléfono obsoletas, postes de luz, parabuses y macetas– la situación de los bajopuentes entre invasivas estructuras publicitarias sigue una línea de contaminación visual y saturación. En conjunto y al final, malos resultados ante ‘buenas intenciones’.

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Ante la propuesta de los “empty lots” –terrenos residuales generalmente con pocas dimensiones que van quedando como resultado de la urbanización se han propuesto algunas soluciones similares a los bajo puentes, en su mayoría para equipar con parques pequeños, en algunos otros países, son utilizados para realizar huertos urbanos que le den servicio a una comunidad. Algunos arquitectos, incluso, han desarrollado con gran creatividad edificios de apartamentos de igual manera con dimensiones castigadas, solucionando un espacio perdido por la ciudad para realizar vivienda mínima, en un mundo donde la vivienda -entre tanto negociante- cada vez es más escasa. Para citar otras carencias: hablábamos del parque/plaza y de su simbolización con respecto a “recordar como seres urbanos nuestra pasada vida rural”. Evidentemente no estoy hablando de los centros comerciales, los cuales últimamente ponen el nombre “plaza” o “parque” -aunque algunos si hayan sido parques en sus vidas espaciales pasadas- hablo de los parques reales, que deberían ser los verdaderos invasores de la ciudad y que una fiel representación simbólica de aquel paraíso rural dentro del insolente medio urbano y que, también, son una gran necesidad para desarrollarnos como seres humanos en un ambiente de paz y tranquilidad, dónde algunos lo aprovecharán para ir a leer, otros para hacer ejercicio o para vivir. Un nuevo uso, generado por la falta o el alto costo de algunos alimentos en ciertos países, se están realizando, como consecuencia de una necesidad por una alimentación más sana, los huertos urbanos comunitarios; un “city market” pero real, a precios accesibles o inclusive gratuitos, realizados en su gran mayoría en esos terrenos residuales. Un ejemplo es  “Cesar Chavez Community Garden” inmerso en Los Ángeles, donde los vecinos organizaron un huerto comunitario para dar servicio alimentario de gran calidad.

Los seres vivos están -a pesar de las fronteras espaciales- diseñados para adaptarse a su entorno; nos creamos barreras formales -lo que se cree tener- cuando en realidad se deben de desarrollar las causas materiales -lo que se tiene. Estas ideas, se deben transportar al diseño urbano, para realmente tener un cambio de mentalidad generalizado en la arquitectura, como una consecuencia implícita de la ciudad.

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