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Columnas

Félix Candela, el mago de los cascarones de concreto

Félix Candela, el mago de los cascarones de concreto

6 diciembre, 2022
por Juan Ignacio del Cueto

[Fragmento del texto publicado originalmente en el número 2 de la revista Arquine, invierno 1997]

 

Las revolucionarias y espectaculares cubiertas de concreto armado que Félix Candela construyó en México en los años cincuenta y sesenta, lo convirtieron en una de las figuras destacadas del panorama arquitectónico internacional. Aunque profesionistas de distintos países incursionaron en el campo de la construcción de estructuras laminares desde la década de los veinte, a decir de Frei Otto, “sólo un hombre, Félix Candela, logró convertirlas en una obra maestra.”

El autor de formas tan atrevidas y audaces es en realidad un hombre modesto y sencillo, aunque tan franco y honesto como sus estructuras; su modestia le ha llevado a atribuir sus triunfos , más que al propio talento, a la coincidencia fortuita de una serie de factores que le permitieron llevar a cabo inquietudes gestadas en su juventud. Su personalidad abierta, desprejuiciada, curiosa y optimista —reflejada en la copiosa correspondencia mantenida a lo largo de varias décadas— le ha hecho tomarse la vida como una aventura, de laboratorio de pruebas.

Félix Candela Outeriño nació en Madrid el 27 de enero de 1910 y estudió en la Escuela de Arquitectura de esa ciudad entre 1927 y 1935; trabajó, mientras estudiaba la carrera, como ayudante en la materia de Resistencia de Materiales. Sus años de formación fueron de gran efervescencia en su país, tanto en el ámbito político como en el arquitectónico. La convulsión política que vivía España desde la crisis de 1898 culminó con la proclamación, en 1931, de la Segunda República Española, que ponía fin a la Monarquía de Alfonso XIII. La apertura cultural del nuevo gobierno hizo que cristalizaran diferentes tendencias filosóficas y artísticas de vanguardia que se venían fraguando desde años anteriores. Con los primeros acercamientos de la arquitectura española a los postulados del Movimiento Moderno. En los años treinta, con el beneplácito de las autoridades republicanas, arquitectos pertenecientes al GATEPAC —como Fernando García Marcadal en Madrid, Josep Lluis Sert y Josep Torres Clavé en Barcelona, y José Manuel Aizpurúa en el País Vasco—construyeron buenos ejemplos de una arquitectura racionalista que tuvo corta vida en España, pues sus principios quedaron proscritos tras la caída de la república en 1939.

Las estructuras laminares que se construían en Europa desde los años veinte (Dischinger en Alemania, Freyssinet en Francia, Torroja en España, etc.) habían llamado poderosamente la atención del joven Candela, quien en 1936 recibió una beca para estudiar en Alemania sus características y procesos constructivos. Sin embargo, sus planes se vieron frustrados por el estallido de la Guerra Civil Española (1936–1939) y por su decisión de permanecer en su país para enrolarse como voluntario en el ejército republicano y defender la democracia frente a la agresión fascista del ejército de Francisco Franco.

Candela participó en la contienda como capitán de ingenieros en varios frentes de batalla. En febrero de 1939, cuando la victoria franquista estaba prácticamente sentenciada, salió de España y psó unos meses en uno de los campos de concentración que el gobierno francés había preparado para instalar a los miles de republicanos que cruzaban los Pirineos. Allí, el arquitecto recibió la noticia de que partiría a México, país que había realizado una serie de gestiones por medio del gobierno del general Lázaro Cárdenas para dar asilo a los desterrados.

Entre los miles de exiliados españoles que llegaron a nuestro país entre 1939 y 1942, se contaban veinticinco arquitectos; Félix Candela era uno del os más jóvenes. Por las mismas echas, arribaron también otros arquitectos extranjeros de renombre, como Hannes Meyer y Max Cetto, que escapaban de los regímenes totalitarios europeos. La llegada de estos profesionistas a México, coincidió con una época de notable despegue económico, que se reflejó en la industria de la construcción facilitando su integración al medio. Para entonces, el gobierno mexicano había aceptado los principios de la arquitectura funcionalista como vehículo para cubrir las demandas populares en el campo de la construcción.

Candela llegó a México en 1939 y obtuvo la nacionalidad mexicana en 1941. Diez años después de si arrobo, y tras unos inicios profesionales inciertos —trabajó en Chihuahua, Acapulco y la Ciudad de México y se aventuró hasta como productor cinematográfico—, construyó su primer cascarón experimental: una bóveda funicular o catenárica que aplicaría al año siguiente en el proyecto de una escuela rural en Tamaulipas.

Animado por el éxito de esta bóveda y convencido del abanico de posibilidades que se abrían en ese campo innovador, Candela fundó con sus hermanos Antonio, Julia y con los arquitectos mexicanos Fernando y Raúl Fernández, una compañía constructora para introducir los cascarones de concreto en el campo de la arquitectura industrial. Así nació Cubiertas Ala, la empresa desde la que Félix Candela —actuando como arquitecto, ingeniero, consultor, calculista, contratista y constructor— levantó las cubiertas que lo harían mundialmente famoso.

“Por fin, al cumplir los cuarenta años, descubrí asombrado que mi desordenada y casual formación parecía haber sido misteriosamente dirigida en un determinado sentido que me permitía encontrarme preparado para la labor que tenía que ejecutar.”

“Era como si todos los acontecimientos previos de mi vida empezaran a tener sentido y significado. Comencé a sentirme mentalmente en forma, como un atleta se siente físicamente. Me di cuenta de que había llegado el momento de hacer algo.”

[…]

 

Los paraboloides hiperbólicos, que marcaron una época en la arquitectura mexicana, sólo pudieron ser construidos en el lugar y gracias a la capacidad constructiva y la visión espacial de Félix Candela y pocos arquitectos más —Fernando López Carmona, Juan Antonio Tonda y Oscar Coll, entre ellos— que alcanzaron a dominar el complejo sistema constructivo. Hubiera sido difícil construirlos en otros países, pues las delgadas láminas de hormigón que conforman los cascarones no cumplían las normas mínimas de seguridad del reglamento de construcciones de naciones más desarrolladas (“la reglamentación rigurosa de lo que se permite hacer, significa la casi imposibilidad de intentar algo nuevo, de evolucionar y progresar”, decía el mismo Candela). Además, estaba el aspecto económico: estas cubiertas basaban su rentabilidad en la mano de obra —barata y de primera calidad— que aportaban los albañiles mexicanos.

La clave del proceso constructivo de los cascarones estaba en la complicada elaboración de la cimbra, hecha a base de tablones rectos de madera, que conformaba la superficie alabeada que daba forma a la cubierta; sobre la cimbra se colocaba el armado de finas varillas que creaban una retícula sobre la que se vaciaba el cemento; una vez que fraguaba el concreto, era desprendida la cimbra y el cascarón tomaba, así, su forma definitiva. Para esto era necesaria la participación de muchos peones —reclutados de los flujos migratorios que llegaban del campo a la ciudad—, que aportaban buena mano de obra a cambio de una baja remuneración. Cuando en 1964, el presidente en turno, Gustavo Díaz Ordaz, promulgó una ley en la que se establecía un nuevo salario mínimo para los trabajadores, los cascarones dejaron de ser económicamente rentables y Cubiertas Ala inició su declive. 

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