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Columnas

Felicidades, Teodoro

Felicidades, Teodoro

29 mayo, 2016
por Miquel Adrià | Twitter: miqadria | Instagram: miqadria

Hoy Teodoro González de León cumple 90 años. Y lejos de bajar la guardia está más activo que nunca, con varios proyectos en curso y grandes obras en construcción. Reconocido por la monumentalidad y contundencia de buena parte de su obra pública y por el uso del concreto aparente como material único, Teodoro ha definido con sus bancos, delegaciones, museos y corporativos buena parte del paisaje urbano de la Ciudad de México y también de la República. Próximo al modelo renacentista que heredó de Le Corbusier, no sólo es arquitecto, urbanista, pintor y escultor, sino también es un promotor de la arquitectura entendida como fenómeno cultural.

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Unos días antes de su aniversario, paseamos con él y con su esposa Eugenia Sarre por París y Marsella para esculcar en su memoria y rescatar de los recuerdos, anécdotas y detalles de sus primeros pasos como arquitecto, sesenta y cinco años atrás. Teodoro llegó a París con una beca del gobierno francés para completar sus estudios. Nadie pedía becas en esa época y una carta de recomendación de José Villagrán facilitó el trámite. Llegando se instaló en una pensión muy barata por Pigalle y cruzó la ciudad caminando hasta tocar el pabellón suizo de la Ciudad Universitaria, donde se quedó pasmado durante horas. A los pocos días de recorrer las aulas de la Universidad y ver los complejos programas académicos decidió abandonar el intento y se dirigió al taller de 35 rue de Sevrés. Y cayó en muy buen momento en el taller de Le Corbusier. Allí le asignaron un plano estructural de los pilotis de planta baja de la Unité d´Habitation de Marsella. “Yo dibujaba bien…todavía lo hago –recuerda- y al tercer día pasó Le Corbusier y vio mi dibujo obsesivamente detallado, e inmediatamente me pasaron para el otro lado, al fondo del taller bajo el mural, donde se diseñaba la arquitectura.” Los dieciocho meses que pasó en Francia fueron en ese restirador junto al portugués Nadir Alfonso, salvo unas semanas que se trasladó al departamento de Le Corbusier en la calle Molitor para medir los vanos y dibujar la nueva cancelería de madera que sustituiría la de hierro que se había dañado gravemente. Teodoro recuerda que Le Corbusier salía cada mañana a caminar una milla alrededor del estadio de enfrente de su apartamento, era muy disciplinado. Después atendía el correo en una pequeña mesa junto a su biblioteca y posteriormente pintaba a pocos metros de su restirador. Solo en la tarde después de comer iba al taller de arquitectura. Teodoro se acuerda de un París sin coches en el que caminaba por medio de la calle y de un par de veces que cruzó la ciudad con Le Corbusier en su convertible verde hasta el taller, desviándose un poco para mostrarle como París se abría al llegar al Sena y dejaba de ser una calle corredor.

Un par de visitas a la Unité d’Habitation de Marsella, con Georges Candilis marcaron su formación. Vieron desencofrar el primer pilotis y les pareció muy tosco, ya que tenían en mente la imagen del pabellón suizo, que era muy refinado. Se lo dijeron a Le Corbusier tan pronto llegó a la obra y no contestó. El maestro se dio un par de vueltas sin voltearlos a ver y le dijo al contratista “Bravo! Así es como se expresa el concreto”…y se quedaron muy sorprendidos. Fue una revelación para Teodoro.

Desde entonces el lenguaje de Teodoro se vincula al uso del concreto aparente como único material, que en distintas ocasiones el arquitecto justificaría por su maleabilidad, economía y poca sofisticación constructiva, aunque su uso venía precedido por aquella experiencia en la Unité d’Habitation, perpetuándolo hasta nuestros días. Para Teodoro el uso del concreto en Le Corbusier no se debe solo a las condiciones económicas de la posguerra y la carencia de acero, sino por una sensibilidad artística vinculada al art brut de esos años.

La arquitectura es una carrera de corredor de fondo, y en el caso de Teodoro González de León es la de un gran maratonista. El tiempo, la tenacidad, las oportunidades, el rigor conceptual y constructivo, el ritmo, la escala, las matemáticas, la proporción y la música, así como la curiosidad infinita por todo lo que sucede y por lo que se construye en cualquier parte del mundo, han hecho posible una obra contundente y original, monumental y única, mexicana y universal, que abarca más de seis décadas. No hay duda acerca de su procedencia – tan mexicana como corbusiana- desde el uso de taludes, pérgolas y pilotis, hasta el concreto aparente, para construir escenarios urbanos.

Felicidades Teodoro.

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