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Espectros

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2 noviembre, 2018
por Christian Mendoza | Instagram: christianmendozaclumsy

Los recintos culturales de la Ciudad de México son lugares cuyas significaciones no pueden ser leídas de otras manera que no sea la que indica su propósito. Los museos, las galerías, los teatros y las iglesias —que en sí mismas son espacios expositivos— forman parte de un discurso cultural que puede ser asimilado por el visitante. Los mismos recintos generan sus propias mediaciones entre el público y el edificio. Las visitas guiadas, los viajes escolares, las revistas de estilo de vida que mantienen al circuito artístico en sus recomendaciones para el turismo local, e incluso la construcción de espacio público —jardines escultóricos o instalaciones pensadas para la plaza, por ejemplo— son algunos de los instrumentos que mantienen constante la afluencia en aquellos sitios que indican que ahí está albergado el conocimiento, no sólo del arte sino también de la historia nacional. El caso del muralismo mexicano continúa explicando cómo es posible que sean todavía importantes y formativas las relaciones entre pedagogía y apreciación artística. 

San Ildefonso, Palacio Nacional, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Secretaría de Educación Pública, la Secretaría de Comunicaciones y  Transportes, son instituciones que importan culturalmente por los murales que albergan; sitios a los que se sigue acudiendo para educarse, aún cuando la Revolución se haya travestido de neoliberalismo, y que ese neoliberalismo ya sea una fosa común. La noción de patrimonio ha mantenido la vigencia de los murales, cuyo discurso continuamente se restaura no sólo en lo físico, sino también en lo colectivo. Ahí, México sigue siendo el país desarrollista, y no se perciben los embates políticos y económicos de los últimos años. Fuera de los perímetros de esos muros, también podemos rastrear los alcances de un proyecto pictórico-ideológico. La didáctica del muralismo tuvo resonancias hasta la década de los noventa, a través de los libros de texto gratuito, unas ediciones económicas aunque elegantes donde varios leímos por primera vez el nombre de Diego Rivera. Esas mismas imágenes continúan estructurando el relato de una historia que consideramos irrecuperable, y que sin embargo añoramos. Ese recuerdo es ahora el patrimonio que debemos preservar para que aprendamos sobre “lo nuestro”. 

Sin embargo, podría decirse que el edificio del Sindicato Mexicano de Electricistas se opone completamente a la idea que se tiene sobre las instituciones y sus murales. En los interiores de Antonio Caso Nº45, Colonia Tabacalera, se encuentra la obra Retrato de la burguesía de David Alfaro Siqueiros. La entrada derruida se acerca más a la de los estacionamientos públicos, y una vez que se ingresa, lo que al principio parece abandono, se trata más bien de una ruina. En el suelo se acumula una suciedad  probablemente de años, las lámparas blancas parpadean, y los muebles se encuentran colocados en lugares aleatorios, como si fueran movidos constantemente por juergas o peleas. La funcionalidad de las oficinas se encuentra suspendida. No hay señales que dirijan hacia el mural. De pronto aparece, ligeramente iluminado por linternas cálidas. Siqueiros, en un espacio que apenas abarca el tránsito entre un piso y otro, resumió toda la violencia de la Primera Guerra mundial, las coreografías laborales de los obreros y la producción del capitalismo industrial, tanto económica como de crisis humanas. La superficie de las máquinas está punteada de cadáveres. 

El 14 de diciembre de 1914 fue fundado el Sindicato Mexicano de Electricistas, y la sede de Antonio Caso, años más tarde, sería el centro de operaciones de Luz y Fuerza del Centro, organismo público descentralizado que, en el año 2009, fue liquidado por un precio menor al que realmente valía. El acarreo de deudas públicas millonarias, provocadas por conflictos internos así como por los sexenios que significaron el ingreso del país a la economía neoliberal, provocaron la extinción del sindicato. En 2010, once mujeres trabajadoras del SME hicieron una huelga de hambre ante las puertas de la Comisión Federal de Electricidad, organismo privado que reemplazaría a los electricistas de Antonio Caso. El vigor comunista que narró Siqueiros ahora forma parte de un espacio espectral donde muebles y hombres cesados ocupan zonas de trabajo y protesta que fueron sepultados por el ímpetu privatizador del sexenio de Felipe Calderón. Si todos los lugares que albergan arte público son todavía signos de lo nacional, el Sindicato Mexicano de Electricistas no opera con la lógica del patrimonio. Frente al mural de Siqueiros, inmerso en un laberinto de pasillos fantasmagóricos, el código es otro: el del fracaso de los proyectos modernos. Aunque ese fracaso no puede observarse como una mera arqueología, sino como un conflicto que permanece vivo. 

Esta convivencia entre lo desértico y lo todavía operante, entre lo que sigue hablando pero que se encuentra sepultado, más que una metáfora podría ser una descripción precisa del edificio y del mural, aunque esta cualidad fantasmática no alcanza a describir la ficción que encarna. El filósofo francés nacido en Argelia Jacques Derrida dijo que los fantasmas son históricos, entidades inabarcables y colectivas. Si quienes acuden a los murales de otros edificios recuperan el espíritu de la modernidad mexicana, mirar el Retrato de la burguesía nos enfrenta a una identidad un tanto más desfigurada. El edificio que alberga el mural es un documento doloroso aunque vigente, que tal vez tengamos ahora que aprender a interpretar, aun cuando signifique ir en contra del fervor que nos provocan otras representaciones del hombre que se dirige hacia su propio progreso. El inmueble del SME tampoco podría considerarse un memorial, ya que los trabajadores continúan ocupándolo. Igualmente, los procesos que asediaron sus espacios no han finalizado. Los sindicalistas continúan pidiendo una solución a su conflicto, además de que la Privatización de Luz y Fuerza vino acompañada de la guerra contra el narcotráfico. 

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