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Espacios: Cantona: Dos ciudades para dos escalas, primera parte

Espacios: Cantona: Dos ciudades para dos escalas, primera parte

Hace tres años, mi colega, la Mtra. María del Pilar Álvarez y yo, escribimos un artículo que fue presentado en el congreso sobre patrimonio REHABEN, organizado por la Universidad de Cantabria. El tema se enfocaba en el análisis sobre la estructura y variables de la vivienda en la ciudad de Cantona, pero ¿cuál es esa ciudad y por qué ese enfoque? Se preguntarán las personas que suelen leer esta columna. La respuesta la platicare, por su amplitud, en dos artículos secuenciales, donde la primera parte tratará de las generalidades del sitio y la especificidad de su sistema de vivienda, y la segunda, de la peculiar estructura en la zona de la acrópolis.

Quizá por la culminación del párrafo anterior, ya algunas y algunos lectores comenzarán a deducir algo sobre el momento histórico que envuelve a esta enigmática ciudad, quizás algunas otras personas ya han tenido la fortuna de conocerla, pero para quienes no, comencemos el relato.

En 1858, Henri de Saussure publica un primer texto sobre el sitio, pero no es hasta 1939 que Miguel Sarmiento, Paul Gendrop e Ignacio Marquina generan un registro fotográfico. De ahí volvemos a un olvido mediático, hasta que en 1993 en que García Cook y Merino Carreón realizan la propuesta de el “Proyecto Arqueológico de Cantona”, que continúa hasta nuestros días.

Hasta ahí, lo referido no nos dice mucho, pero el tema es que Cantona presenta una dimensión y una complejidad imponente. Pero ¿dónde está Cantona? y si tal es su magnitud ¿Por qué no fue atendida hasta hace poco? Justamente la ubicación es uno de los aspectos importantes para entender su ausencia en los relatos y narrativas históricas de Mesoamérica y que la atención presupuestal para investigación y exposición pública, se desentendiera del lugar para concentrarse en sitios más rentables a nivel turístico y político en otros momentos de nuestra historia. 

Cantona se encuentra en el actual Estado de Puebla, asentada sobre un malpaís producto de erupciones sucedidas millones de años atrás, pegada a la frontera con el Estado de Veracruz 40 kilómetros al oeste de la ciudad ya veracruzana de Perote. A pesar de que hoy en día se ha facilitado el acceso a este sitio gracias al sistema carretero de nueva generación que conecta los estados de Puebla y Tlaxcala con el de Veracruz, nos toma cerca de una hora y media de camino en auto desde la Ciudad de Puebla llegar al sitio, y cerca de una hora desde Xalapa, por poner como referencia las dos capitales de estado más cercanas.

Lo investigado en 30 años desde que inició el proyecto es sorprendente. Por una parte, la inmensa e intrincada acrópolis ceremonial que contiene la mayor cantidad de estructuras relacionadas con el juego de pelota mesoamericano, encontradas en un solo sitio hasta ahora con 27 y por otra, la aún más grande zona habitacional, generalmente borrada de otros sitios arqueológicos debido al paso del tiempo o a la sobreposición de una nueva estructura urbana según el caso, y que aquí, es perfectamente legible. Para que nuestras y nuestros lectores se den una idea del tamaño que pudo haber tenido la ciudad en su esplendor, la actual zona visitable comprende solo el 2% del total de la ciudad y toma cerca tres horas recorrerla concienzudamente, incluyendo la parte habitacional y la acrópolis ceremonial. 

Dado que es poco usual tener una lectura sobre la estructura urbana, los lotes y la distribución social de estos en nuestras zonas arqueológicas, la primera parte de esta narrativa se centrará justamente en esa ciudad “de la gente”, alejándonos un momento de la acrópolis ceremonial, que abordaremos en la segunda parte del relato.

Si ustedes visitan la Zona Arqueológica podrán ver que ya está bastante trabajada en términos de atención al turista, comparado a la primera vez que pude admirar este bello sitio al que fui introducido por mi gran amigo Raúl de Villafranca. Hoy en día, el sitio cuenta con baños, oficina, taquilla y un pequeño museo de sitio bastante bien armado. Pasada la parte de servicios para los turistas, el recorrido que nos ofrece el INAH inicia en una calle estrecha, no más de un par de metros de ancho, pero bien empedrada. Esta calle irá atravesando el tejido urbano de lotes para la vivienda de la gente común. La calzada se contiene con un par de parapetos también de piedra a cada lado que pueden ir variando en altura según cambia la topografía del recorrido. Al adentrarnos, la vegetación surgida a lo largo de los varios siglos que permaneció abandonada la ciudad nos regala una imagen surrealista que salpica constantemente los espacios de la zona arqueológica, combinando yucas y variedades de agaves de distintos tamaños y tipos, con algunos cedros, y con pinos que parecieran haber sido puestos ahí, por un artista del paisaje. México está en una frontera bioclimática y, por lo tanto, la combinación de latitudes y orografía brindan estas posibilidades de interacción entre especies vegetales, inimaginables en otros sitios.

A los costados de la calle, que corre en dirección general de suroeste en su cota más baja al noreste en una constante pendiente ascendente, aparecen los lotes configurados entre los parapetos de la calle, y una barda perimetral del mismo ancho que el parapeto, y que se mantiene al mismo nivel que éste, de tal forma que un par de personas pueden caminar cómodamente por encima de ellos. Los lotes están hundidos con respecto al nivel de la calzada, con variaciones entre ellos de tal forma que la topografía natural se convirtió por la mano de la especie humana, en un juego interminable de terrazas.

Desde la calle, se accede a los terrenos por escalinatas individuales, cuyo ancho es como para que circule una sola persona, y el largo varía de acuerdo al nivel de cada terreno. Para nuestras y nuestros lectores, es importante comentar que la percepción de “casa” prehispánica, es muy distinto a la nuestra, donde la casa parece ser solo el espacio construido y el resto del lote que queda a cielo abierto, es de uso ambiguo dependiendo del tipo de vivienda. La cosmovisión de nuestros ancestros originarios, es distinta, ya que la casa es todo el terreno, que se encuentra ordenado programáticamente por actividades bien definidas, donde la mayoría se realizan en los espacios exteriores. Esto hace que la construcción del habitáculo interior sea mínima, ya que solo se usa para protegerse de la intemperie durante las largas horas nocturnas, y en momentos puntuales del día (recordemos que estamos hablando de las casas de las y los ciudadanos comunes y sus grupos familiares, no de los palacios de la alta jerarquía). Las construcciones de habitáculos han desaparecido por completo, ya que se encontraban edificadas con materiales perecederos en sistemas similares al bajareque, aunque en el museo de sitio podemos ver una reproducción de ellos, pero los pequeños basamentos piramidales sobre los cuales se colocaban, así como los terraceados y pavimentos de patios, son perfectamente visibles, por lo que la lectura espacial es intrigantemente rica.

De esta forma, nuestra caminata va permitiéndonos observar la distribución urbana, en algunas ocasiones pudiendo ingresar a los lotes, en otras, solo se nos permite visualizarlos desde el borde de las escalinatas que descienden a ellos. Un ojo bien entrenado es capaz, si se camina con intensión analítica, de observar interesantes relaciones de la traza urbana con el entorno. En muchos casos, el sistema de bardas que configuran los lotes, apunta hacia los eventos de paisaje más relevantes: Al oriente de la ciudad y como gran respaldo inmediato, el cerro denominado actualmente Nido de las Águilas, y al sureste, el elegante pico denominado Cerro de Pizarro. Si ustedes visitan en uno de esos días donde la naturaleza nos privilegia con una atmósfera peculiarmente limpia y transparente, entre estos dos cerros podrá observar la magnífica silueta del volcán Citlaltépetl, mejor conocido como el Pico de Orizaba, la punta más alta sobre el nivel del mar de nuestro país, con su copete nevado.

En cuanto a los tipos de vivienda, son variados y no sabría yo explicar a ciencia cierta, cómo se asignaba, pero en su extraordinario libro sobre el sitio titulado “La Acrópolis de Cantona”, Yadira Martínez Calleja nos relata que las experiencias y distribuciones de vivienda podían variar desde viviendas individuales, hasta grupos familiares numerosos, pasando desde luego por lo que hoy llamamos familia nuclear.

En esa diversidad, podemos encontrar entonces el lote más pequeño, que contará con un solo basamento para el habitáculo, un patio bien definido y pavimentado, con un hueco cuadrado al centro, probablemente relacionado con rituales ceremoniales personales, una zona de huerto, una zona de cocina separada del habitáculo personal y el corredor, también definido y pavimentado, que va de las escalinatas que descienden desde la calle, hasta la zona donde se eleva el habitáculo.

Las configuraciones más grandes, pertenecerán a los grupos familiares, y varían en dimensión dependiendo de cuántas personas conformaran estos grupos. Aquí podemos ver entonces, grandes lotes subdivididos por terrazas que marcarían el pequeño territorio de cada familia nuclear del grupo, cada uno con su patio ritual y su huerto y su cocina, pero con otras posibles estancias que podrían ser talleres artesanales, si este es el caso, es clara la configuración de un espacio más cerrado que podría ser para almacenaje.

La mayor parte de los lotes de la zona habitacional, es de carácter popular, pero es posible ver en lo expuesto al público, un par correspondientes a familias de jerarquía alta, aunque éstas por lo general, se encontraban en la acrópolis de la cual hablaremos en la siguiente entrega.

Conforme ascendemos, según la pendiente topográfica, la calzada pasará de ser una superficie continua en rampa con poca pendiente, a una calle escalonada. En esos puntos los parapetos laterales pueden llegar a ser mucho más altos que una persona, por lo que la experiencia espacial cambia importantemente. Esa transformación más abrupta, permite al transeúnte si decide voltear a ver el origen del camino recorrido, gozar de vistas panorámicas que integran mejor la configuración urbana ya transitada contenida al fondo por el Nido de las Águilas. La presencia del Pizarro, es más bien continua y puntual, siempre en la perspectiva sureste.

El ascenso continuo de nuestro camino, culminará en un primer evento de carácter ceremonial colectivo, único dentro de la zona visitable que se ubica fuera de la acrópolis. Viene a ser como el punto vestibular que marca el final de la ciudad de la gente, con la ciudad de las deidades y jerarquías. Este espacio se configura por una secuencia de tres plazas en distintos niveles, contenidas por basamentos piramidales en cuya cúspide habría un templo ya desaparecido. En la plaza de mayor altura, se forma claramente un eje que tensa el espacio del noreste al oeste, pero lo más notable, es el volumen que contiene toda la plaza en su costado este. Este volumen corresponde al acceso “oculto” que lleva a la acrópolis. Su configuración evidencia tanto por el tipo de acceso disimulado como por la impenetrabilidad visual del volumen, el carácter amurallado de la acrópolis, manifestación de que no todo era tranquilo en los alrededores de la ciudad.

El retorno (hablaremos insisto, de la acrópolis en la siguiente entrega) tras haber subido por la muralla y visitado la zona ceremonial, se realiza por una calle muy similar a la que nos dio acceso al sitio, ahora por el flujo, en descenso continuo, permitiéndonos observar vistas de la ciudad popular. La calzada corre casi en paralelo a su hermana de ascenso, ofreciéndonos un mirador contemporáneo para apreciar el paisaje, y el acceso a algunos otros lotes, entre los cuales se encuentra mi favorito, correspondientes a las últimas imágenes de esta entrega. Es un lote evidentemente de grupo familiar, pero con cualidades de escala, distribución entre las terrazas y basamentos que, a su servidor, le generan una sensación de bienestar difícil de describir en términos racionales. En la deformación de la visión de arquitecto, les diría que es el tipo de espacio que hubiera proyectado para mí. 

Aquí dejamos el relato de esta primera entrega, para pasar a elaborar ahora el de la segunda, correspondiente a la acrópolis cuya complejidad en interrelaciones arquitectónico, urbano, paisajísticas, superó cualquier expectativa que haya yo tenido previa a mi primer visita, y sigue superándolas sin importar cuántas veces haya visitado yo el sitio, espero tener la clarividencia de poder transmitirlo por este medio.

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