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El desvanecimiento de lo popular. Conversación con Vicente Moctezuma Mendoza

El desvanecimiento de lo popular. Conversación con Vicente Moctezuma Mendoza

18 mayo, 2022
por Christian Mendoza | Instagram: christianmendozaclumsy

Generalmente son las clases medias y altas las que definen qué es un espacio público y cómo debe usarse. El antropólogo Vicente Moctezuma Mendoza, en su libro El desvanecimiento de lo popular. Gentrificación en el Centro Histórico de la Ciudad de México (Colegio de México, 2021) parte del caso del Centro Histórico de la Ciudad de México y del periodo de reconstrucción que inició después del sismo de 1985, para cuestionar qué tan real fue que esa zona se encontraba abandonada y, sobre todo, quiénes definieron ese abandono.

 

Christian Mendoza ¿Cómo decidiste enfocarte en el Centro Histórico en el momento en el que inician los discursos de renovación?

Vicente Moctezuma: Me interesan temas de investigación vinculados a las desigualdades sociales y, en particular, a las experiencias de vida de los sectores populares. Había trabajado antes sobre los conjuntos urbanos de interés social que empezaron a emerger masivamente a principios del 2000. Se trataba de conjuntos en la periferia de las ciudades que tenían ciertas características en el sentido de que no respondían a grandes procesos con arraigo local. Posteriormente, mi aproximación se dirige al Centro Histórico, en parte, porque cuando inicia mi investigación el tema de la gentrificación y el desplazamiento de los sectores populares en el centro debido a sus transformaciones no era algo que estuviera tan establecido. La gentrificación es un concepto que se ha desarrollado en los últimos cinco o siete años y, ahora, ya se usa por muchos públicos. En esto, yo encontré una cuestión que conllevaba una conflictividad social que estaba apuntalada por un proceso de transformación urbana liderado por el Estado. Éste inicia bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador e impulsa un discurso de recuperación y de renovación del centro. Si pensamos que han transcurrido casi 20 años, podemos asumir que la continuidad de este proceso se ha facilitado de distintas formas. No son sólo los gobiernos de la ciudad. Me parecía interesante la confluencia de intereses privados vinculados a la acumulación del capital. Por otro lado, se tienen los intereses estatales. La renovación espacial estuvo relacionada a un discurso social y cultural que señalaba la necesidad de recuperación del espacio. Ambas tienen un objetivo económico muy claro. La preocupación es revalorizar para crear un plusvalor, algo que es muy evidente, aunque no sea enfatizado. 

 

CM: Tu investigación propone una partida doble. Hablas del desplazamiento residencial sufrido por los sectores populares, pero también está el desplazamiento de los espacios públicos. ¿Cómo unificaste ambas infraestructuras?

VM: La literatura sobre gentrificación estaba y está muy centrada en el desplazamiento residencial. Yo prefiero referirme más a la migración de los cuerpos, cuyo sentido es el desarraigo brutal mediante la expulsión física. Busco analizar la forma en la que ocupamos los espacios, tomando en cuenta no sólo nuestra localización física, sino también una serie de prácticas y de significados que construimos en torno a los lugares. Mi lugar de residencia no solamente es mi vivienda, sino también mi vecindario, los lugares a donde puedo salir a caminar, donde consumo ciertas cosas, etc. En el Centro, por ejemplo, la calle es también un lugar de trabajo para muchos de los habitantes de los sectores populares. Entonces, se trata de ampliar esta dimensión hacia una territorialización entendida, en términos que obligue a reconocer transformaciones no sólo dadas en la residencia sino también en otros espacios, como talleres, tiendas y la densidad del comercio callejero en el espacio público. Muchas de las políticas que se han desarrollado en la ciudad tienen que ver con desplazar al comercio en la medida en que aumenta la presencia de las clases medias. Esto genera  distintos conflictos para determinados tipos de inversión, aunque intento plantear otra discusión, porque también hay discursos muy fuertes que desarrollan otros actores, ya no tanto gubernamentales sino vinculados con la cultura, así como arquitectos y urbanistas quienes, de alguna manera, prescribieron la forma en la que se tiene que vivir el Centro Histórico y en la que se tiene que disfrutar su patrimonio. Yo encontré que el comercio popular no necesariamente está en choque con el disfrute de los bienes patrimoniales. Por ende, podemos decir que se establece una dominación sobre cómo debemos vivir los espacios. 

 

CM: ¿Consideras que esto active fronteras que pueden llegar a existir en la ciudad que, aunque no sean físicas (como un muro) puedan llegar a impedir la circulación de ciertos sectores sociales, pero favorezca la de otros? ¿Cómo crees que esto opera en el espacio público?

VM: La idea de la frontera la recupero de Neil Smith. Más allá de que no existan barreras físicas que nos impidan ir a un lugar, no por eso no están marcadas. Los recorridos que hacemos también están marcados por distintas significaciones de los lugares.  Eso nos habla de la fragmentación urbana dada por la segregación. Distintos grupos se distribuyen desigualmente en la ciudad. Yo señalo que el proceso de renovación y de gentrificación, a lo que se llamó “recuperación” o “rescate”, surge de un interés para hacer el centro atractivo, digamos para sectores de clases medias y medias altas. En décadas previas lo habían dejado de habitar, sobre todo en términos residenciales y, en menor medida, de visitar. El proceso que ha vivido el  centro,  yo lo entiendo como un proceso a partir del cual se desplaza una frontera que se empuja más atrás de Palacio Nacional con el fin de habilitar un lugar para el consumo turístico y para la residencia de sectores medios. 

 

CM: ¿Cómo crees que el imaginario de lo “peligroso” y lo “habitable” impacta también en el espacio público o el disfrute del patrimonio? 

VM: El valor comercial de los espacios no sólo tiene que ver con el lugar, llámese local o vivienda, sino también con el espacio circundante. En ese sentido, ha habido una serie de regulaciones muy amplias sobre el espacio público, como la peatonalización de distintas calles. En el centro, la más significativa es Regina, aunque también en el primer cuadro del centro hubo renovación de vivienda. Sin embargo, fue en Regina donde se experimentó más sobre el espacio público, aunque se ofrecieron espacios a artistas y instancias culturales, como Casa Vecina. Después se da la peatonalización de la calle Argentina. Ahí ya hay una serie regulaciones sobre el comercio popular. Dependiendo de los intereses se establecen las relaciones con el espacio. En el centro, vemos sobre todo un nuevo tipo de relación que vigila el comercio popular y comienza a controlarlo de manera fuerte. También vemos ciertos usos recreativos del espacio que piensa en los juegos de fútbol y de frontón, los cuales generan condiciones de seguridad para los nuevos residentes, como cámaras de vigilancia y una infraestructura urbana mucho más cuidada, como el alumbrado público y la limpieza continua. Yo señalaría que esto ha tenido muchas tensiones. Por ejemplo, a pesar de que se crearon espacios atractivos para los sectores medios, hay una proliferación de cervezas, lo que ya significa un conflicto: a los nuevos vecinos no les gusta este tipo de consumo. 

 

CM: ¿Cómo crees que los desplazamientos terminan definiendo la ciudad y los espacios públicos?

VM: Para habar de esto, yo recupero la idea sobre el “reparto de lo sensible” del filósofo Jacques Rancière para dar cuenta de cómo se invisibilizan los desplazamientos y la violencia que ha significado la gentrificación para los sectores populares. Pienso que hay dos dimensiones: por una parte, una que tiene que ver propiamente con la invisibilización. Hay muchos discursos que plantean que el centro estaba abandonado, que era un espacio. Esto activa un desconocimiento de la población popular que permaneció viviendo ahí durante el siglo XX y que, asimismo, llegó durante el mismo siglo a vivir en espacios que muchos consideraríamos (me incluyo) inhabitables: espacios muy deteriorados, incluso algunos catalogados como edificios en nivel de riesgo por el temblor. La necesidad de los sectores populares no se narra, ni siquiera para criticar que muchos decidieron ocupar una vivienda por la centralidad de la ciudad. Estas prácticas se han visibilizado en la medida en la que se habla de prácticas o de actores que son deleznables y que deben erradicarse. Pero, en la misma medida, borra estas presencias ya que se desconocen los significados y valores que se construyen desde esa dimensión, como es el comercio callejero. El comercio callejero no sólo representa una posibilidad de acceso a ingresos económicos, sino que también es un componente de consumo de los lugares. Hay un cuento de Armando Ramírez que es sobre un domingo en la Alameda: leemos una alameda popular. La gente se reúne ahí para comprar en los changarros, pero también a divertirse, a ligar. Paradójicamente, esa vida popular sólo se visibiliza con la denuncia y acusación del comercio callejero.

 

CM: Señalas que han sido historiadores, arquitectos, intelectuales y el gobierno mismo quienes construyeron el discurso sobre la renovación del Centro Histórico. ¿Cómo consideras que esto se vio reflejado en los intereses inmobiliarios y en los usos culturales del espacio público?

VM: Yo creo que ambos polos producen discursos distintos que de convergen de distintas maneras. Por una parte, hay una preocupación por la conservación o recuperación del patrimonio arquitectónico y urbanístico. Por otra parte, hay un trabajo mucho más centrado en el ámbito económico. Con ambos extremos, se demuestra que los procesos de gentrificación contienen bastantes contradicciones. El patrimonio es una dimensión que puede potencializar la revalorización económica del centro, aunque las leyes patrimoniales establecen muchos frenos para el desarrollo inmobiliario. Sin embargo, pueden llegar a converger en la medida en la que el patrimonio permite fijar rentas extraordinarias por ser un bien que no existe en otro lugar y que, por ende, tiene un carácter de unicidad para el que no existe competencia.  Hay intereses comerciales, turísticos e inmobiliarios que pueden surgir del discurso patrimonialista. Aunque todo esto es impulsado por intereses distintos, todo opera sobre lo mismo. Hay distintos tipos de inversión y de conservación de inmuebles que atañen a los intereses inmobiliarios. También creo que hay intereses culturales en relación con tanto con el patrimonio, pero también con otros espacios que pudieran emerger, llámense museos, cines, galerías, etc., los cuales traen consigo una economía. Creo que la renovación del centro, a pesar de toda esta heterogeneidad de discursos, sí tiene unas preocupaciones económicas muy claras. 

 

CM: Desde que se inició la renovación, ¿qué tensiones permanecen en el espacio público, pero también que otras posibilidades de apropiación popular han surgido?

VM: Hay distintos matices en la desapropiación. Por un lado, lo que se ha transformado significativamente tiene que ver con lo que se jugó el centro para los sectores populares. En el siglo XX, el centro se constituyó como un ligar de arribo para los sectores migrantes o de las periferias de la ciudad para encontrar trabajo y vivienda. Muchas de las trayectorias residenciales de gente de la ciudad de México que vive ahora en zonas periféricas transitaron en algún momento por el centro de la ciudad. Había vivienda barata y muchas oportunidades de empleo. Incluso en algún capítulo del libro analizo esas trayectorias y relato cómo muchos de los espacios a los que llegó esta gente ya desaparecieron a partir de la renovación, como es el caso de las casas de huéspedes, que más que convertirse propiamente en un Airbnb sí se volvieron lugares de renta muy caros que ya no funcionan para vivir. Por ejemplo, hoy albergan co-workings. En términos de Marcuse, se puede dar un desplazamiento por exclusión, lo que no quiere decir que haya una clausura. Los horizontes de lo posible que existían en el siglo XX para los sectores populares ya no tienen la misma representación en el siglo XXI. Aunque seguramente hay quienes siguen llegando a la Merced a encontrar espacios residenciales y de trabajo. Asimismo, hay gente que perdió su vivienda porque les subieron la renta o porque se trataba de un edificio que había sido abandonado por sus dueños y que había sido ocupado por otra población, pero, ahora, hay otro valor para el edificio. A veces aparecen nietos o familiares que reclaman los predios y se llevan a juicio a los ocupantes. En Regina se dieron muchos desplazamientos residenciales, así como en la zona de la Merced antigua. Por otra parte, también se revaloriza el espacio público. El desplazamiento callejero, en muchos casos, significó que la gente ya no pudiera trabajar definitivamente. El desvanecimiento de lo popular ha significado una precarización de las condiciones laborales. Hay condiciones más frágiles, más vulnerables en relación con la policía que aparece en algunos espacios, lo que provoca que haya menores ocupaciones del espacio. La exclusión también puede darse con la llegada de sectores medios, así como de distintos servicios. La atención que reciben ciertos espacios de la ciudad se da cuando comienzan a ser habitados por los actores de las clases medias. Me parece que es interesante porque hay una desigualdad en la atención de los espacios urbanos. La falta de servicios reafirma el lugar marginal de los sectores populares. Demandas que estos pueden tener en relación con la seguridad, la recolección de basura o el mobiliario urbano por lo general no son atendidas. En tanto que el área empieza a ser visitada por otros actores y hay otros intereses en los edificios y en el espacio público, ya se empieza a invertir en servicios e infraestructura pública. Los actores que no se benefician de esto aprenden algo: hay una pedagogía de que su lugar está subordinado y que quienes tienen voz son los nuevos vecinos. 

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