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Columnas

El burgués conoce la calle

El burgués conoce la calle

26 octubre, 2018
por Christian Mendoza | Instagram: christianmendozaclumsy

Entre 1882 y 1883, el escritor mexicano José Tomás de Cuellar publicó en La Libertad una columna titulada Artículos ligeros sobre temas trascendentales, en la que abordó temas urbanos. Los dormitorios, los parques y las plazas de la entonces ciudad porfirista son algunas de las aristas que son tratadas en aquellos textos, que resultan fascinantes tanto por su manufactura literaria como por su enunciación de posturas subjetivo-políticas. Muy al contrario de lo que la ideología posrevolucionaria instauró en el imaginario nacional —el siglo XIX como un periodo de afrenta política, cuyos productos culturales permiten más la curiosidad que las interpretaciones de lo que todavía puede ser vigente—, la práctica cronística que sostuvo Cuellar, como casi todos los autores del momento, nos permiten dibujar no tanto la topografía urbana de la época, sino las idiosincrasias de quienes defendieron una idea de ciudad que parece volver a encontrarse en nuestras calles, muy a pesar de los edificios de usos mixtos y de las políticas públicas con perspectiva de género. Y esta vigencia no tendría que reducirse al dato histórico para el turista informado. En el espacio público de la ciudad mexicana, en su proyección y utilización, continúa operando un programa social fundamentado en una pulcritud que no es del todo física. La limpieza de las calles tendría que reflejar también la limpieza moral de las personas que las transitan. 

Parto del siguiente ejemplo: en su entrega Comercio y otras cosas al aire libre, Cuellar describe lo que ahora conocemos como ambulantaje. La acumulación de mercancía, las equivalencias entre comida y ferretería, aturden tanto a nuestro peatón que el solo encuentro de un individuo probándose calzado frente a un puesto de zapatos le permiten enunciar un horror que no es para nada inocente ni absurdo. Cuellar no se está comportando como un infantil potentado que descubre las inclemencias de las calles. “Y por si acaso los […] olorcillos nauseabundos de tanino y cadáver no fuesen suficientes para sazonar los merengues y los pasteles, los pobres que se proveen de zapatos, tan ricos en emanaciones fétidas, exhiben a todas horas, sin maldita la aprensión, y a media vara de los pasteles, exhiben… ¡su pie!, a ciencia y paciencia de las señoras que pasan y de las dulceras que… ¡bendito sea Dios!, venden todos sus calabazates”. La mera aparición de un pie es el punto de partida para establecer las diferencias espaciales y sociales entre los ciudadanos que conocen “los placeres de lo doméstico” ante quienes hacen “de la calle su alcoba”. La conclusión, por supuesto, es predecible: el espacio público tendría que estar limpio de todo comercio callejero. Pero el razonamiento anterior es donde considero que está la evidencia más productiva. El autor se lamenta: si la Ciudad de México fuera un territorio en verdad culto, si los avances tan cacareados por la gestión pública fueran tangibles, los ciudadanos decentes no experimentarían su gran encuentro con el Otro. Pero lejos de intuir el potencial siquiera literario de la otredad, Cuellar demanda que cada cosa esté donde supuestamente tiene que estar.  Afuera, la tranquilidad de un paseo dominical; adentro, el descalzamiento de los pobres. Afuera, la higienización, las líneas rectas, los parques cromados, casi que las estructuras reticuladas. Adentro, el hacinamiento de los cuerpos en las vecindades. Y como todo buen hombre de su tiempo, Cuellar también pensó que las enfermedades y la suciedad debían ser erradicadas. La pobreza rezaga al país, no lo produce y, como tal, es un mal que puede curarse.

Por si fuera poco, los interiores también albergaron su propia legitimación ideológica. No es que en las salas burguesas se permitieran los desplantes de la perversión, también ahí debía prevalecer el orden de las buenas consciencias. Como acertadamente ha consignado Mauricio Tenorio en Hablo de la ciudad (Fondo de Cultura Económica, 2017), el aparato gubernamental también propuso una forma de habitar: “Como cualquier gobierno de ciudad moderna, el de la Ciudad de México intentó controlar interiores  ‘peligrosos’ por miedo a enfermedades y revueltas. Y como cualquier ciudad, la de México produjo rápidos cambios en las formas de vida, en las tradiciones y en la añoranza de formas de intimidad prístina, inocente y auténtica. Así, las nuevas ciencias sociales transmutadas en reportaje urbano, o la mera noción de ‘urbanidad’ moderna, surgieron  en la Ciudad de México de la observación y gestión de lo que Salvador Novo llamó ‘huecos en la carne/de los edificios/para el dolor de adivinar el aire remoto’. Esto es, parte de la ciencia de la ciudad surgió de los vistazos pasajeros de los interiores urbanos de los pobres, esos que inevitablemente se le ofrecen al transeúnte.” Los interiores cuya legitimidad estaba reconocida eran los que estaban siendo ocupados por familias fecundas tanto en el aspecto económico como en el biológico. La acumulación de hijos y capital monetario fueron términos que no se encontraban diferenciados, uno era lo otro. Por lo tanto, quienes crecían en una apacible casa burguesa estaban expuestos a “los males de este tiempo”: las vecindades, la prostitución, los ebrios que podían acosar a las señoritas…

En 2017, el Gobierno de la Ciudad anunció una “recuperación del espacio público” mediante el desalojo de un campamento de indigentes en la calle Artículo 123, del Centro Histórico. Volvía la paz para el turista. La limpieza pública, nuevamente, autorizó la presencia de cierto tipo de ciudadanos, mientras que negó físicamente la ocupación de otros. Me sigo preguntando dónde se encuentran aquellos jóvenes. Sigo concluyendo, también, que el Centro no le pertenece a todos, y a un nivel más general, no todos tienen las mismas posibilidades de caminar una ciudad que mantiene el trazo que Porfirio Díaz le dedicara a quienes iban a representar la modernidad: el hombre que provee, la familia próspera, el empresario patriótico, la heterosexualidad procreadora. Hay cuerpos que continúan interrumpiendo la misión de un espacio público funcional. No se trata de romantizar los bajos fondos, de transformar las fallas de la economía en el paisaje para el novelista bohemio. Ciertamente, el encuentro con la pobreza sigue representando precisamente eso: una diferencia tan violenta que no puede subsanarse con el paso de los siglos. Pero tampoco podemos autocomplacernos con nuestros logros en materia de derechos humanos. José Tomás de Cuellar sigue pidiendo una ciudad limpia. 

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