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Columnas

El artista y la ciudad

El artista y la ciudad

2 febrero, 2016
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

Talbot Street Dublin...28th November 1911: Talbot Street in Dublin, where a riot took place in 1911 during a strike. Nelson's Pillar is visible in the distance. (Photo by Topical Press Agency/Getty Images)

Introibo ad altare Dei.

En la mañana del 2 de febrero de 1922, Sylvia Beach fue a la Gare de Lyon y esperó que el tren expreso Dijon-París llegara a la estación. Después de que abrieron las puertas, vio al conductor abriéndose camino entre los apresurados pasajeros de la mañana con un abultado paquete. Más tarde esa mañana, cuando Joyce abrió la puerta de su departamento, Sylvia Beach estaba orgullosamente parada frente a él con su regalo de cumpleaños: las primeras dos copias del Ulises.

Kevin Brimningham, The battle for James Joyce’s Ulysses

James Augustine Aloysius Joyce nació el 2 de febrero de 1882 en Dublín, donde, según Harry Levin, “recibió la educación proverbialmente indeleble de los jesuitas.” Allí vivió hasta los veinte años, cuando se fue a París a estudiar medicina. A partir de entonces, dice Levin, Joyce “fue un ave migratoria, un irlandés en el destierro” —mudándose a ciudades “cada una más políglota y metropolitana que la precedente.” Regresó a Irlanda dos veces. La primera cuando su madre enfermó y luego murió. En 1904 viajó con Nora Barnacle, su mujer, a Trieste, donde escribió El retrato del artista adolescente. Regresó a Dublín por segunda vez para publicar su libro de cuentos Dublineses, pero sus editores, dice Levin, rompieron el contrato y quemaron los pliegos impresos. Joyce respondió dejando Irlanda para siempre. Se fue a Zurich, donde escribió el Ulises, luego a París, donde lo publicó Sylvia Beach, nacida en Estados Unidos pero que tenía la librería Shakespeare and company en esa ciudad. En París escribió su último libro, Finnegans Wake. En 1940, con los nazis ocupando Francia, Joyce regresó a Zurich, donde murió el 13 de enero de 1941.

En su libro Architecture and the Text: The (S)crypts of Joyce and Piranesi, Jennifer Bloomer presenta a Joyce como “un escritor conocido por una colección de cuentos cortos, una novela corta, una obra maestra condenada por obscena y prohibida en los Estados Unidos y una meta-obra maestra ciertamente mucho más obscena según los mismos estándares que su predecesora, pero juzgada ilegible y por tanto jamás prohibida en los Estados Unidos.” Las más de 700 páginas del Ulises cuentan un día en la vida de Leopold Bloom en Dublín. Se trata de una odisea urbana: Bloom-Ulises navega una ciudad que se desdobla en la que camina y en la que piensa y cuenta. Levin dice que “desde un principio, las variaciones más proteicas de Joyce tocan dos temas que lo obseden: la ciudad y el artista.” De un lado, agrega, a la ciudad moderna le falta belleza y, del otro, el artista contemporáneo vive fuera de la comunidad. Levin concluye:

El artista es un desterrado de la ciudad. Ha roto sus lazos con amigos y familia, con su religión y su país. En su aislamiento busca cultivar las tradiciones y las técnicas de su oficio para volver a crear la vida artificialmetne por medio de las palabras.

El flujo de consciencia —la narración que da cuenta de todo lo que pasa por la mente de algún personaje, técnica literaria que, según dicen los críticos, el Ulises logra de manera excepcional— se contrapone al periplo callejero del personaje central. Flujo interior con y contra deriva exterior. La ciudad es el escenario pero también el emblema de nuestra consciencia y, al mismo tiempo, de nuestro inconsciente. En su ensayo The Acoustic Space of Ulysses, Valérie Bénéjam dice que la ciudad que Joyce construye —indudablemente Dublín pero que, según Ezra Pound, por eso mismo podría ser cualquier ciudad— está armada casi a partir de sonidos: Bloom “presta considerable atención a los sonidos y a su naturaleza: a la combinación de su volumen, tono, carácter, naturaleza, pero también a su dirección y origen.” Los sonidos de la ciudad, dice Bénéjam, son para Bloom lo que las sirenas para Ulises: lo seducen y lo conducen. Quizá la atención de Bloom al sonido de la ciudad se deba a los problemas de Joyce para ver: “sus ojos eran tan débiles —dice Levin— que pasó largos periodos de su vida casi en un estado de ceguera.”

Contra la extensión espacial, la representación de la ciudad como una composición, sumada a la idea del flujo de consciencia, apunta a la idea de una experiencia interior más rica que cualquier otra representación: “quiero, dijo Joyce, dar una imagen de Dublín tan completa que si de pronto algún día desaparece de la tierra, pueda ser reconstruida desde mi libro.” La construcción y el montaje, la tradición como abrevadero de fragmentos —que siempre suponen un origen perdido, dice Bloomer—para recomponer la actualidad, a nivel personal, y la modernidad a nivel artístico. Cada palabra, como cada lugar, resuenan con todas las historias que los tejen y que, como Penélope, destejemos para volver a tejer. Levin dice que Joyce nos exige como autor tener un conocimiento total “de calles y edificios, sonidos y olores, cantinas y burdeles de su ciudad natal” —además de su erudición lingüística. Cosa sin duda imposible, incluso para otro dublinés simplemente por eso, por ser otro. Acaso esa era la razón por la que Vladimir Nabokov aconsejaba acompañar el Ulises con mapas en los que se trazaran los itinerarios de los personajes. Y acaso así haya que acompañar cualquier lectura, con un mapa del lugar desde el que se cuenta, y también cualquier recorrido por la ciudad: con una colección de los relatos y las historias que la tejen.

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