Emilia Pérez y Queer, la ciudad de México en el cine contemporáneo
Dos películas recientes tienen como escenario la Ciudad de México, Emilia Pérez y Queer. Los films de Jacques Audiard y [...]
26 marzo, 2025
por Carlos Rodríguez
Desde uno de los pasillos del edificio que proyectó Mario Pani en Río Guadalquivir, en la colonia Cuauhtémoc, veo la Columna de la Independencia. Es de noche y mi orgullo chilango también tiene alas como las de la Victoria y se eleva al observar la columna. Seguramente Antonio Rivas Mercado estaría orgulloso, su obra es indisociable de la Ciudad de México, la representa. Ni siquiera los edificios circundantes han podido opacar su brillo ni destruir su magnificencia masculina, erecta sobre la ciudad.
En uno de estos departamentos vivió Octavio Paz, pero no pienso en él. La veo y no dejo de pensar en la secuencia en la que Pedro Armendáriz y Leticia Palma son acribillados en la cima de la columna en Camino del infierno (1951), tesoro del noir mexa en la que dos almas condenadas fracasan en el intento de huir de las garras de la noche. Ahí, en lo alto, tiene lugar el momento de la confesión en la que Palma, una prostituta leprosa, revela a Armendáriz la razón por la que lo abandonó cuando ambos habían decidido dejar la mala vida y enderezar el camino.
Inaugurada en septiembre de 1910 para conmemorar el centenario de la independencia, la columna, oda a la justicia, la ley y la soberanía, es la obra principal de “El Oso”, como le decían a Rivas Mercado por su estatura y corpulencia. Ahora en la Casa Rivas Mercado de la colonia Guerrero, también proyectada por él, se exhiben modelos y dibujos del monumento que ayudan a entender la envergadura de la encomienda que confió Porfirio Díaz al ingeniero y arquitecto, padre de Antonieta Rivas Mercado, por supuesto.
Con su base alzada, el Ángel, como se le conoce coloquialmente a la columna que también es el mausoleo de los héroes de la independencia, es el fondo y escenario de fotos de quinceañeras, novios ataviados como muñequitos de pastel y graduados. También es el punto de reunión de manifestaciones políticas, festejos deportivos y conciertos. Recuerdo el sábado que rodeé la columna a bordeo de un taxi muy temprano y la vi intervenida, vandalizada, pintada de morado con múltiples consignas; un día antes, el 16 de agosto de 2019, había sido la marcha feminista en contra de la violencia de género y los feminicidios. Me invadió una profunda emoción, pensé que finalmente algo estaba pasando en México.
Como símbolo inequívoco de la ciudad, la Columna de la Independencia aparece en el cine, pero siempre de pasadita y para indicar que la historia se desarrolla en la capital. Hace ya más de 100 años, en la primera adaptación de Santa que se estrenó en 1918, se intuye la presencia del monumento; en la película de Luis G. Peredo, hay una panorámica de ánimo documental filmada desde la cima del Ángel, sin que este aparezca, donde se ve el Paseo de la Reforma ya como insignia de la modernidad, aún a los costados se observan grandes extensiones desocupadas hoy impensables. Luego, en la siguiente versión de la novela de Federico Gamboa, dirigida por Antonio Moreno, hay una imagen de la glorieta del Ángel; es 1931-32 y su presencia evoca la nostalgia bucólica que se intercambia por la naciente verticalidad arquitectónica de la urbe, que genera una sensación de amenaza.
De años recientes pienso en, por ejemplo, Cindy la regia (Catalina Aguilar Mastretta y Santiago Limón, 2020) o las comedias románticas que muestran la glorieta del Ángel desde su perspectiva aérea como puente entre una secuencia y otra. También en Nuevo orden (2020), donde Michel Franco elabora una imagen distópica sin imaginación sobre el Paseo de la Reforma desierto, con cuerpos, autos y vallas a la deriva, con el monumento al fondo, intacto.
Mejor, como en ninguna otra película, en Camino del infierno (1951) de Miguel Morayta la Columna de la Independencia es una representación de la justicia estéril, una escultura vacía, un adorno, un objeto incapaz de alumbrar la noche del sexenio alemanista, de moderna y rampante corrupción. La historia del filme es de Luis Spota, que ya había trabajado antes con Morayta en Hipócrita (1949), donde se hizo cargo del guion. En Camino del infierno Leticia y Pedro, que conservan sus nombres, unen sus vidas cuando un robo sin aparente riesgo termina mal. Él acaba de salir de la cárcel, ella es cantante y novia del dueño de un cabaret con mucho dinero.
Spota conocía bien a las criaturas nocturnas, también los arquetipos del pobre diablo y la chica mala pero de buen corazón; a veces, en el cine mexicano estos perfiles son los del ratero cínico y la cabaretera. Ocultos y solos durante un tiempo, el amor redime a Leticia y Pedro que deciden empezar de nuevo, lejos de la transa y la prostitución, como dice aquel tema musical por algún motivo inolvidable. Sin embargo, el destino es enrevesado. Cuando ella lo abandona sin dar explicaciones –tiene motivos de fuerza mayor para alejarse del hombre que ama–, ambos vuelven, cada uno por su lado, a las calles como asaltante y prostituta.
Ese mismo año Luis Spota y Leticia Palma estaban en llamas, su cumbre fue En la palma de tu mano (1951) de Roberto Gavaldón, donde la actriz ya no es la chica mala de buen corazón sino una fuerza letal, heraldo fúnebre, mujer sin escrúpulos ni arrepentimientos por la que se despeñan los hombres, la imagen de la femme fatale del cine mexicano, igual de venenosa que Phyllis Dietrichson en Double Indemnity (1944).
Pedro busca desesperadamente a Leticia en la Reforma, donde le han dicho que se prostituye. Él quiere ajustar cuentas con ella, con toda la brutalidad de su hombría herida. Mientras, otra pesquisa tiene lugar, la policía busca a Pedro, que acaba de robar el Cine Lindavista –otra joya arquitectónica que filma Morayta–. Cuando por fin la encuentra, Leticia logra zafarse y corre a la columna, entra por la pequeña puerta y sube las estrechas escaleras de caracol; Pedro la persigue y hace lo mismo. Ya sin donde hacerse y aterrada por los arrebatos violentos, Leticia le confiesa la dolorosa verdad; él, asombrado y conmovido, le pide perdón. Abrazados en las alturas del diminuto espacio del balcón, las lucecitas de los autos sobre Reforma puntean un camino titilante, la traza de una ruta efímera, la ilusión de una Vía Láctea a punto de desvanecerse. Es demasiado tarde, la policía ha llegado y descarga el plomo sobre los arrepentidos en el frío monumento, insensible, que acoge con indiferencia a los amantes que hubiesen querido encontrar otra forma de vivir, pero sobre todo una salida al callejón de la desgracia.
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