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Columnas

El águila de la nopalera

El águila de la nopalera

1 julio, 2017
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

Llueve. La ciudad se inunda. El agua arrastra autos en las calles y entra a los sótanos para estacionamiento de Plaza Carso, el conjunto urbano desarrollado por el hombre más rico de México y, por momentos, del mundo. Un camión revolvedor de concreto pasa por encima de una joven ciclista y la mata. Un águila se posa sobre una letrero en la estación de metro La nopalera.

Cualquiera de esos hechos podrían tomarse como señales, signos de lo que hemos hecho y dejado de hacer, de la ciudad que construimos o donde nos tocó vivir. Para interpretar esos signos no hacen falta dotes de vidente. Tal vez sólo pensar, como explicó Brian Massumi, que “un signo es una contracción del tiempo: es simultáneamente un indicador de un potencial futuro y el síntoma del pasado.” Un signo, agrega Massumi, “envuelve procesos materiales que apuntan hacia adelante, al futuro, y hacia atrás, al pasado,” e interpretarlo “consiste en desenvolver lo envuelto en el signo.”

En su libro Earth moves, Bernard Cache habla del diseño orográfico, un “diseño sin diseño, sin destino, un mapa sin plano de un mundo anterior al hombre —incluso si ha sido fabricado por el hombre.” En un mapa orográfico se revela ese diseño sin destino, cuyo signo es esa relación compleja que mantienen el agua y la tierra, potencial e históricamente. Un plano orográfico del valle de México revela, sin necesidad de mayor interpretación, la condición lacustre de la cuenca que, en términos geológicos, se califica como endorreica: que fluye hacia adentro, literalmente. El agua que llovía en los bosques de las partes altas de la cuenca, a casi 3 mil metros de altura sobre el nivel del mar, escurre por arroyos poco nutridos en estiaje, muy caudalosos por algunas horas tras las fuertes lluvias. El agua se acumula en las partes más bajas de la cuenca en cinco lagos. El mayor en Texcoco —a poco más de 1900 metros sobre el nivel del mar— era pantanoso y salado.

Cada año, desde hace miles, antes de las ciudades prehispánicas, antes de la ciudad colonial y antes de la megalópolis moderna, llueve y el agua corre hacia el interior del valle por los mismos cauces buscando las partes más bajas de la cuenca. Esas lluvias no son atípicas más que en su duración e intensidad. Como explicó recientemente Luis Zambrano, “los modelos sugieren que con el cambio climático las lluvias serán más cortas y, por lo tanto, más intensas.” Tan intensas que es prácticamente imposible que el sistema recolector dé cabida a tanta agua en tan poco tiempo. No es la basura —otro problema innegable de la ciudad, sin duda— lo que causa las inundaciones que el cínico burócrata ya no puede calificar como encharcamientos. Es el agua, la demasiada agua.

El miércoles, el día de las lluvias, una camión revolvedor de concreto atropelló a Yoselín García en la esquina de avenida Revolución y calle 7, en San Pedro de los Pinos. Una cámara de seguridad grabó el instante, terrible, en el que el pesado camión tira a la ciclista y le pasa por encima. La visibilidad del caso lo hace singular pero no único: es la sexta víctima mortal entre ciclistas en la Ciudad de México en lo que va del año. A eso hay que sumarle los peatones atropellados. Muchos en una ciudad que ha sido planeada sólo para los automóviles, no para la gente que camina o va en bicicleta, como tampoco para el agua cuando llueve. La muerte de Yoselín no se trata de un accidente: se pudo haber prevenido. Pese a las declaraciones y los reglamentos, las acciones del gobierno de la ciudad para garantizar la seguridad de peatones y ciclistas y prevenir estos casos son pocas, limitadísimas dada la extensión de la ciudad. También hay que hacer notar que, como se ve en un video compartido en tuiter, la empresa cementera usa en otros países camiones equipados con tecnología para prevenir lo que sucedió en esta ciudad. Y no sólo queda del lado de la “buena volutad” de las empresas en México usar estas tecnologías ya disponibles, sino que es responsabilidad directa del gobierno no exigir desde ya que así se haga. Los demasiados coches y la demasiada irresponsabilidad.

El águila que se posó en La nopalera puede ser signo de varias cosas. Del descuido y la irresponsabilidad de alguien que tiene un animal así como “mascota,” de manera ilegal, o de que en el valle aun convivimos con condiciones naturales que a veces nos rebasan, como el agua cuando llueve, y otras nos asombra que aun resistan, como el águila. Las inundaciones y el águila son signos de nuestra incapacidad para hacer que esta ciudad conviva con su medio natural y de la insistencia en una visión depredadora y absurda del progreso y la modernización: construir más y más, donde sea y como sea, pero sólo para unos, quienes tengan el poder económico, y también diseñar una ciudad sólo para automóviles y no para personas, no sólo ciega ante su entorno y también violenta con él y con buena parte de sus habitantes. El caso del presumido nuevo aeropuerto de la ciudad, a construirse justo en lo que fue el lago de Texcoco y con una idea torpe de sustentabilidad, como también apuntó Luis Zambrano, del que se dice contará con el estacionamiento más grande del mundo aunque aun desconozcamos los planes de conectarlo con la ciudad mediante transporte público, ese proyecto, pues, es la demostración extrema de nuestro nulo interés por que la ciudad se relacione adecuadamente con su medio. Los demasiados olvidos y las demasiadas fallas.

Parece que vivimos casi apostando de manera suicida por el colapso. Y quizá por eso sea inevitable ver en el águila del metro una repetición del mito fundacional de la ciudad, pero una repetición que no lo reafirma sino al contrario: lo clausura, como diciendo ya no «aquí hagan su ciudad» sino  «hasta aquí llegó su ciudad».

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