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Cultura en destrucción

Cultura en destrucción

16 abril, 2013
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

El año pasado acompañé a varios estudiantes de arquitectura de Los Ángeles a visitar mercados de la ciudad de México, entre ellos La Merced, de Enrique del Moral. La mezcla de olores y colores, como a muchos extranjeros, les fascinó, pero había que hacer un ejercicio de imaginación para ver ahí, atrás y abajo de puestos que crecieron como creció la ciudad y la demanda de productos desde los años cincuenta, lo que las fotos de aquí arriba muestran: un edificio monumental por su tamaño, claro por su estructura y elegante por su solución. No es de extrañar que una de esas imágenes se publicara en la revista Life, entre otras que incluyó Mario Ballesteros en su blog.

Imágenes del México que se nos fue, o que dejamos ir, o más bien, que destruimos poco a poco, si no con nuestras acciones directas, sí por omisión, como los pecados: por no hacer nada para que fuera de otro modo. Es una historia material que podría muy bien tomar el título del ensayo de Habermas: son promesas incumplidas de la modernidad y no sólo La Merced. En la ciudad de México, Tlatelolco o el CUPA de Mario Pani, el Palacio de Justicia de Sordo y Wiechers, delegaciones como la Cuauhtémoc de Zabludovsky y González de León o la Venustiano Carranza, de Enrique del Moral y Díaz Infante, la Tapo, de éste último y una muy larga lista de edificios construidos entre los años treinta y setenta y que, en el mejor de los casos, y con contadas excepciones, están en muy malas condiciones materiales o, en el peor, ya desaparecieron, como el Superservicio Lomas de Kaspé, que cínicamente se dijo sería preservado, o el Manacar, de Enrique Carral, que poco a poco va desapareciendo.*

Y hay ciudades enteras que son una muestra de esa desaparición que es finalmente un fracaso: Acapulco, por ejemplo. Se puede pensar que eso es normal, que es parte de la historia de la arquitectura y de las ciudades: los edificios se transforman, dejan de servir, se alteran, se destruyen. Es cierto. Pero también lo es que, junto con el afán renovador, una de las características de la modernidad fue, curiosamente, la valoración de lo construido: el culto moderno a los monumentos, como escribió Alois Riegl. Seguramente hay muchos edificios de esas cuatro décadas que ya no son útiles y a veces ni siquiera seguros. Muchos de esos edificios parece que sólo los arquitectos, y no todos, los apreciamos. A veces, cuando me detengo en la calle a tomar alguna foto de un edificio que me interesa, si voy con amigos que no son arquitectos, pueden sorprenderse de mis gustos. No hay razón para conservar todo eso. Pero sí lo más importante, como eran los edificios de Kaspé y Carral. Además, si recorremos la ciudad de México, nos daremos cuenta que es mucho más lo que no tiene ningún valor ni arquitectónico o urbano, ni material, ni histórico, y que demoliendo eso habría mucho terreno libre para los nuevos grandes sueños de desarrolladores inmobiliarios y sus arquitectos, que a veces me parece juegan a ser una mala pareja cómica donde los últimos no son más que patiños.

¿Cómo explicar ese afán de remplazar lo poco bueno que hay con proyectos de menor calidad que lo que se destruye? ¿o por qué empezar la destrucción sin ni siquiera tener un proyecto claro? Desde hace poco más de un año, Hans Kabsch se ha esforzado porque se preserve el Mercado de Arriaga, en Chiapas. El mercado se quería sustituir por otro más moderno y parece que, por fin, se logró evitar la demolición. Ahora el gobierno del Distrito Federal anuncia la demolición de 23 mil metros cuadrados del Mercado de La Merced, ese que, es cierto, ya no se ve para nada como en las fotos que encabezan esta entrada. Algunos quisiéramos que el mercado no sólo se preservara sino que se trabajara para regresarlo a su estado original, acaso por ese fetichismo arquitectónico que encuentra mucho mejor esa foto en blanco y negro y despoblada que la colorida y compleja realidad. Supongamos que eso no es viable, ¿qué habrá en su lugar? ¿en qué consiste el proyecto? Leo que Salomón Chertorivski, Secretario de Desarrollo Económico del Distrito Federal, plantea un plan de acción con cinco ejes estratégicos: jurídico, económico, político, social —que incluye lo turístico— y de innovación. Perfecto, ¿y no hay un sexto eje estratégico urbano y arquitectónico, aunque sea el último y menor?

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Ya dije que tiendo al pesimismo más que al optimismo, aunque yo le llamo realismo. Así que me cuesta creer que en los tres meses que Miguel Ángel Mancera ha estado a cargo del gobierno capitalino, hayan podido, entre otras ocurrencias y viajes a El Vaticano, encargar además de los estudios y los planes para aquellos famosos barrios temáticos, otro sobre lo que pasará en La Merced. El mismo Chertorivski, tras anunciar que este mes empiezan las demoliciones, explica que en cuatro meses tendrán el plan maestro para ver cómo crecerá el complejo del mercado. ¿Ya saben qué partes del mercado de Del moral conservarán y cómo? ¿ya hay un proyecto urbano y arquitectónico para lo que ahí se hará y, claro, de quién es y cómo se eligió al autor y al proyecto?

Una vez más, todo parece apuntar a decisiones apresuradas, sin planes estudiados y en las que ni el urbanismo ni la arquitectura parecen tener ningún peso, todo mezclado con una absoluta falta de transparencia y la más sorprendente incapacidad de comunicar. Por eso es urgente que, arquitectos y urbanistas y aquellos interesados en la forma física de las ciudades, nos pongamos a pensar y repensar el papel que jugamos en México para la gestión de proyectos públicos.

*Enrique Carral nació en la ciudad de México en 1914 y se recibió como arquitecto en 1938. Trabajó en los despachos de Enrique del Moral, José Villagrán y Mario Pani antes de asociarse con Augusto Álvarez. En 1963, con Víctor Bayardo y Héctor Meza, hizo el proyecto del conjunto Manacar —llamado así por los nombres de los propietarios: Manuel, Antonio y Carlos Santacruz— en la esquina de Avenida Insurgentes y Río Mixcoac. El conjunto incluía una torre de oficinas, un gran cine —que según Gustavo García se inauguró en 1965 con la conquista del oeste— y locales comerciales. Después fue transformado en un conjunto de salas, como la mayor parte de los que sobrevivieron a los años noventa. No sé si fue entonces que desapareció el telón de madera plegable que había diseñado Carlos Mérida.

Hace unos años cerró y apareció un letrero: “en remodelación”. Hoy, tras el abandono, la torre del Manacar está cubierta de lonas negras y en la parte de la sala ya inició la demolición. No se qué tanto vayan a cambiar y demoler ni con qué, dado el caso, lo vayan a sustituir. Muchas veces, la buena arquitectura moderna, que no está protegida por ningún tipo de institución cultural, queda a merced de los vaivenes inmobiliarios. Y aunque sabemos que el cambio es inevitable en una ciudad, la pregunta siempre será si se pudo hacer de otro modo o si se pudo aprovechar algo del buen proyecto original. Mientras esperamos a ver cómo desaparece el Manacar, el INBA y el CONACULTA, así como el Colegio de Arquitectos, hacen lo que acostumbran: poco o nada.

 

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