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Corona de ratas: Una reflexión sobre las multitudes

Corona de ratas: Una reflexión sobre las multitudes

1 diciembre, 2022
por Carlos Will | twitter: @_tlatelolco | instagram : @carloswill_

Cuando hace un par de meses recibí una llamada del trabajo, no sabía que algo estaba a punto de cambiar; me pedían abandonar la Ciudad de México para cubrir un puesto (incluso mejor que el que tenía por entonces) en San Miguel de Allende. A cualquiera le podría parecer atractiva la idea, pero a mi no. San Miguel es tranquilo, limpio, pero sobre todo, muy desde mi punto de vista, y sin afán de agravio: aburrido.

A pesar de que no nací en la ciudad, me siento tan capitalino como cualquier otro, y una de las condiciones más significativas del capitalino, es su insondable horror al vacío; aunque vivimos con la queja siempre en la punta de la lengua, (sea ya por la calidad del aire, el ruido, la inseguridad, el tráfico, las multitudes, y hasta la inevitable sensación de Apocalipsis que llega de vez en cuando) nos aterra por encima de todas estas calamidades, la posibilidad de habitar espacios desolados y de perder las ventajas que tiene vivir en este magnífico amasijo de  casualidades y absurdos. 

En una reciente conferencia que ofreció en el Colegio Nacional, Omaira González Martín (Investigadora del instituto de Radioastronomía y astrofísica de la UNAM), compartió una analogía para ilustrar la posición de nuestro planeta dentro de la galaxia, que me pareció particularmente reveladora: mencionó textualmente que “Nos encontramos en un pueblo de la galaxia, y es que dicen que en los pueblos se vive mejor que en las ciudades, dicen que la gente se aprecia y se ayuda (en los pueblos), mientras que en las ciudades la gente es más individualista, más despreocupada de que los actos de su día a día influyan en la vida de los vecinos; yo la verdad no creo que la gente de la ciudad sea peor que la gente de los pueblos, es simplemente que la convivencia es más compleja porque estamos todos más cerca, los unos de los otros; en un pueblo, cada cual tiene espacio para hacer fiestas, para sacar al perro, fumar, etc. Sin molestar al vecino o molestando menos al vecino que en una ciudad…” y continua “En los pueblos, nos tenemos que soportar menos, la diferencia clave entre un pueblo y una ciudad está dada por la densidad de población”. La explicación de Omaira González estaba enfocada en las enormes ventajas de que nuestro planeta no esté cerca del centro de la galaxia, pues de estarlo hipotéticamente, la multitud de gases y polvo terminaría, más temprano que tarde, por aniquilar la vida de los humanos. Sin embargo, me pareció interesante pensar que esta obsesión centralista que nos congrega como habitantes de la ciudad, sí que puede ser en ocasiones un verdadero riesgo de muerte y aniquilación. 

A finales de octubre de este año, se difundió una noticia espeluznante, que no he podido sacarme de la cabeza, quizá por lo cerca que me encuentro de la misma situación en mis trayectos cotidianos: La noche del 29 de octubre, las multitudes reunidas en Seúl para los festejos de Halloween provocaron una inusual aglomeración en un callejón particularmente estrecho que desembocó en una especie de tapón humano. Murieron más de 150 personas por aplastamiento y muchas otras resultaron heridas, cuando lograron evacuar el sitio, incluso algunas personas parecían estar enredadas y dio trabajo separarlas. Los medios hablaban del suceso como un desastre, o una catástrofe; pero no hubo ningún incendio, inundación, terremoto o huracán, solo gente. Gente en el espacio, demasiada gente en muy poco espacio, dejando cada vez menos espacio entre una y otra. Los videos del suceso no tardaron en difundirse y son aterradores, no pude terminar de verlos cuando me asaltó la imagen de una curiosidad, no menos horripilante, sobre la que había leído hace algún tiempo: Cuando una colonia de ratas anida en un espacio demasiado pequeño, existe la posibilidad de que un cierto número de estas, queden entrelazadas de manera irremediable por la cola, formando un nudo imposible de deshacer. Según la leyenda, estas ratas se convierten para el resto de la colonia en un solo individuo al que, por sus obvias limitaciones, deben proteger y ayudar, por lo que se le ha llamado corona de ratas, o rey de las ratas. Aunque los científicos lo consideran un mito, es inevitable pensar en el inminente riesgo que supone que semejantes poblaciones se concentren en un espacio cada vez más reducido… 

No sé si sobra decir que perdí mi trabajo. 

Haciendo una broma quizá poco afortunada, mencioné una vez que prefería morirme de hambre en la ciudad de México que morirme de aburrimiento en San Miguel de Allende. Pocos días después me encontraba en el transbordo del metro balderas, y mientras la multitud avanzaba por un largo y estrecho pasillo (que recientemente se hizo más estrecho tras la colocación de una absurda barrera que lo parte por la mitad para que la gente avance en dos sentidos), un policía del metro cerró repentinamente la reja que conecta el fin del pasillo con el resto de la estación. Nadie se detuvo y el espacio entre persona y persona se hacía cada vez menor; Voltee la mirada y por apenas unos segundos logre cambiar el rumbo y salir antes de que comenzara el aplastamiento, casi sujetando con una mano mi cola imaginaria, agradeciendo que no se hubiera enredado irremediablemente con algunas otras. Desde luego que en este incidente no hubo muertos, de hecho, pienso que nadie lo tomó como una situación si quiera preocupante, pues al final –la ciudad es así- Se trataba de un evento cotidiano, un evento reconfortante para aquellos quienes nos aferramos a esta ciudad que podrá ser lo que quieran, menos vacío. 

Carlos Will, Noviembre de 2022.

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