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Columnas

Contingencia CDMX. Cinco : dust in the wind

Contingencia CDMX. Cinco : dust in the wind

6 mayo, 2016
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

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En 1920 Man Ray visitó a su amigo Marcel Duchamp en Nueva York. En el suelo de su estudio encontró una lámina con algunas líneas en relieve. Estaba totalmente cubierta de polvo, lo que impedía ver que se trataba de una hoja de vidrio, parte de La novia desnudada por sus solteros, aún… La acumulación de polvo era el método que había elegido Duchamp para, poco a poco, darle distintos tonos a partes del Gran vidrio. Man Ray tomó una foto de la obra de su amigo. El resultado es algo que parece un paisaje desértico. El título de la foto a muchos habrá parecido enigmático, pero era una descripción exacta de lo que retrataba: criadero de polvo.

La ciudad de México es un criadero de polvo. Una ciudad polvosa o, más bien, una ciudad con viento y a veces seca y, por tanto, polvosa. El polvo es un índice –en el sentido que dio al término Charles Senders Peirce: una conexión física directa entre el signo y el significado– de las transformaciones geofísicas del territorio del valle de México. Desde su fundación como Tenochtitlán en 1325 en medio de un sistema de cinco lagos hasta su actual extensión en una megalópolis de más de 20 millones de habitantes, padeciendo a veces falta de agua y otras inundaciones, el manejo del agua y la ocupación de la tierra con una serie de tramas urbanas ha sido uno de los principales retos, traducido en muchas representaciones cartográficas. De nuevo fue Peirce quien escribió que “la experiencia del mundo en el que vivimos hace del mapa algo más que un simple icono y le confiere el carácter añadido de un índice” —una conexión física directa entre el signo y el significado, entre al plano y el mundo, entre el mapa y el territorio.

No es decir mucho, ni se necesita saber mucho para afirmar que el agua es uno de los problemas primordiales de la ciudad de México, sea por exceso, con lagos, lluvias e inundaciones, sea por carencia, con sequías y hundimientos. Pero no se trata sólo de un tema físico, hidrográfico e hidrológico, sino también de un tema cartográfico, de mapas y representación. En la mayoría de las representaciones prehispánicas, la condición lacustre del valle de México y de Tenochtitlán, queda obviada en una codificación simbólica que, cuando más, sólo presenta los canales. La cartografía colonial empieza a tomar en cuenta lo que resultaba sorprendente: que la ciudad estuviera en medio de un sistema de lagos, unos de agua dulce y otro salada, atravesada por canales de riego y navegables y que creciera mediante islotes artificiales usados tanto para la vivienda como para el cultivo. Hablando de la cartografía del siglo XVI en Venecia, Denis Cosgrove explica:

La fascinación compartida entre cartógrafos y pensadores venecianos con la ciudad de México, Tenochtitlán o Temistitán. La relación de Cortés tras conquistar la capital Azteca era bien conocida, como su localización en el centro de un lago, abastecida por acueductos de agua fresca, que encantó a los venecianos quienes veían en esta metrópolis del Nuevo Mundo un paradigma de la propia Venecia. En el mapamundi de Agnese de 1536 es la ciudad más grande mostrada, ocupando casi todo el norte de México; en la Carta Ramusio (1534) y en Universale della parte del Mondo Nuovamente Ritrovata (1556), tiene casi igual prominencia. Igualmente indicativos son los planos idealizados de Tenochtitlán. El más antiguo aparece en el Isolario de Benedetto Bordone de 1528 (cuatro años después de la publicación en Nuremberg de las Cartas de Relación de Cortés a Carlos V) y es el modelo del plano publicado en el tercer volumen de las Navigationi de Ramusio, donde claramente se distinguen dos lagos, uno de agua dulce y otro, mayor, de agua salada, donde se construyó la ciudad. En una carta a Alvise Cornaro en apoyo de las ideas para remover las aguas saladas de la laguna, Fracastoro proponía la transformación de Venecia en una nueva “Themestitan”, aislada en un lago alimentado por ríos de agua dulce. Tal renovación iba más allá de los límites impuestos por la naturaleza que habían hecho de Venecia originalmente tan perfecta –como la crítica de Sabbadino a Cornaro haría claro–, pero la propuesta indica el poder de las imágenes cartográficas en el discurso veneciano de la renovatio. En el pasado, Venecia se había imaginado como una nueva Roma, Bizancio o incluso Jerusalén: cada una de ellas ciudades sagradas y eternas, axes mundi de la Antigüedad alrededor de las cuales la harmonia mundi giraba. Ahora iba a imaginarse como una futura Tenochtitlán, gran ciudad del Nuevo Mundo.
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Además de los mapas que menciona Cosgrove, es interesante el que incluyó el jesuita alemán Athanasius Kircher —corresponsal de Sor Juana Inés de la Cruz— en su libro Mundus Subterraneus, publicado en Amsterdam en 1665 y en el que defendía la teoría de que al centro de la tierra habría un gran fuego interior, causante de las erupciones volcánicas. La ciudad de México aparece al centro de un lago de agua dulce, alimentado por cuatro ríos, conectado de manera subterránea con el lago de agua salada, que a su vez desagua, también bajo tierra, en el Golfo de México. Una página antes del mapa de la ciudad de México, Kircher presenta uno de América. La única ciudad dibujada en América del norte es México, con sus dos lagos y sus flujos conectados, a través del Golfo, a las corrientes oceánicas.

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Antes de ser azul, el agua en un mapa es, literalmente, lo otro. Si la tierra está dibujada con detalles, los mares y océanos aparecerán generalmente blancos. Si, como dice Gunnar Olsson, la geografía es geometría con nombres, los océanos blancos, vistos en detalle, son puros nombres sin geometría, como el famoso mapa dibujado por Lewis Carroll en La caza del Snark: un rectángulo vacío, blanco, acotado por nombres: norte, este, ecuador, zona tórrida. En los mapas donde la tierra es sólo el contorno, dejando el interior casi sin mayores anotaciones, los mares pueden ser, por oposición, oscuros, negros –color digno del misterio que normalmente asociamos a las profundidades oceánicas. Ese océano es casi un caos originario, como, según Paul La Farge, dibujó Robert Fludd “la oscuridad primordial del universo en el momento anterior a la creación”, en su obra de 1617 Utriusque Cosmi Maioris scilicet et Minoris Metaphysica, Physica, atque Technica Historia (La Historia Metafísica, Física y Técnica de los Dos Mundos): un cuadrado absolutamente negro y, a los cuatro lados, las palabras Et sic in infinitum (Y así hasta el infinito). Ambos mapas, el del océano de Carroll y el del mundo antes de su origen de Fludd, hacen pensar también, sin duda, en algunas obras del arte moderno, desde los cuadros blancos y negros de Malevich, la pintura de Rothko o Soulages o el De Kooning borrado de Rauschenberg.

Si, de nuevo, pensamos al mapa más allá de la representación como una descripción o, mejor, una redescripción del entorno que en ese mismo acto genera el potencial de ver y entender de otro modo la realidad física a la que se refiere, pensaremos al mapa, como dice James Corner, como una práctica creativa que “precipita sus efectos más productivos mediante un hallazgo (finding) que es también una fundación (founding); su agencia [su capacidad de actuar] no descansa ni en la reproducción ni en la imposición, sino más bien en el descubrimiento de realidades antes no vistas o imaginadas.” Por tanto, agrega Corner, mapear despliega un potencial, rehace el territorio una y otra vez.

Del mismo modo que hace ver, el mapa puede ocultar o, simplemente, desaparecer datos. En su libro La nueva naturaleza de los mapas, ensayos sobre la historia de la cartografía, J.B.Harley propone una teoría del silencio cartográfico, a partir de una lectura de los mapas que no sea técnica sino política. Dice Harley que “al evaluar los silencios debemos estar conscientes no sólo de los límites geográficos del conocimiento, sino también de las limitaciones tecnológicas de la representación.” Pero dando un paso adelante de las limitaciones tecnológicas, Harley aclara que hay que entender que lo que no dice un mapa o, mejor, lo que no muestra, tiene una importancia cultural y política tan amplia como aquello que dice o muestra. El “simple” hecho de nombrar o ubicar un accidente en un mapa —agrega— tiene un significado político además del geográfico.

Si durante el siglo XVI y parte del XVII la representación cartográfica de la ciudad de México reafirmó su condición lacustre, a partir de la segunda mitad del XVII, cuando a raíz de la gran inundación de 1629 se toma la decisión de desecar los lagos, los mapas de la ciudad empiezan a centrarse cada vez más en la zona urbanizada y un progresivo olvido de los lagos. A partir de lo expuesto más arriba, hay que pensar que ese silencio cartográfico no sólo refleja los cambios en la realidad geográfica del valle de México, sino que prepara una nueva imagen de la ciudad y, sobre todo, de su paisaje. Al final sólo quedó la tierra seca que se levanta los meses en que el viento sopla con fuerza. A las tolvaneras que a mediados del siglo pasado azotaban a la ciudad de México, llenando de polvo el aire, se sumó después la contaminación, el smog que hizo que, en la que fue la región más transparente del aire, el azul del cielo desapareciera como el azul del agua en un viejo mapa. Otro índice de las transformaciones geofísicas y geopolíticas del territorio del valle de México.

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