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Con Moscas, Fernando Eimbcke vuelve a los multifamiliares

Con Moscas, Fernando Eimbcke vuelve a los multifamiliares

7 julio, 2026
por Carlos Rodríguez

Fernando Eimbcke ha filmado los multifamiliares de la Ciudad de México de forma atemporal, con ayuda del blanco y negro: primero el Conjunto Urbano Nonoalco Tlatelolco en Temporada de patos (2004), película sobre el tedio y la apatía, y ahora el aislamiento y la soledad en Moscas (2026), su nueva película, en el Centro Urbano Presidente Alemán (CUPA).

Las historias del cineasta mexicano son una especie de paréntesis de las vidas de los personajes: un ir y venir absurdo (Lake Tahoe, 2008), unas vacaciones (Club sándwich, 2013) o, como en Olmo (2025) y Moscas, la enfermedad de un familiar. Curiosamente todas sus películas refieren al duelo real, el de la muerte, y el metafórico que produce el desarrollo y el cambio, sobre todo el de la adolescencia.

El paréntesis en el cine de Eimbcke es también espacial, se enmarca en una suspensión de tipo arquitectónica delimitada por los muros de los departamentos donde los personajes se refugian y recluyen. Son espacios donde anida la soledad en las unidades habitacionales. Tanto el lenguaje cinematográfico –primeros planos muy inspirados de la cinefotógrafa María Secco– como el marco arquitectónico del gris CUPA evidencian que la vida de Olga (Teresita Sánchez) lleva mucho tiempo suspendida por razones que el espectador desconoce y que, poco a poco, va a descubrir.

Encerrada y detenida en las cuatro paredes de su departamento, Olga se despierta por la presencia de una mosca en su dormitorio, se para y lucha contra ella, con la chancla en la mano, trapos e insecticida; la inocente mosquita se integra a la composición de un cuadro y se refugia en un paisaje bucólico con un río; el insecto y Olga han salido del cuarto, como si Gregorio Samsa no tuviera alternativa y abandonara la habitación y dejara su parálisis, y ahora están en la sala. Olga busca a la mosca en los muros y las cortinas, a través de la ventana se abre la ciudad vista desde las alturas, hasta que la elimina y gana el combate o torneo, como si fuera un juego o deporte. Se arregla, sale a desayunar y regresa a jugar en la vieja computadora. Es apenas el inicio del día, pero se intuye que sus acciones son parte de una rutina que se repite una y otra vez.

En la visión de Eimbcke, el CUPA, otrora emblema de la modernidad, no solo es un sitio de aislamiento, donde la solitaria Olga no tiene trato con sus vecinos, que por otro lado nunca aparecen, es también un espacio en decadencia. Los elevadores, por ejemplo, ya no funcionan. Las promesas de la joven pareja de La bienamada (Emilio Fernández, 1951), que, llena de esperanzas, se muda a un nuevísimo departamento dúplex del multifamiliar, aquí ya no están.

Olga renta un cuarto a gente que espera noticias de familiares internados en el Centro Médico Nacional “20 de Noviembre”. Las condiciones del alquiler son muy claras y tajantes: el cuarto se renta solo para una persona, no se puede usar la cocina ni la sala y sobre todo está prohibido que quien ocupe la habitación hable de su enfermo.

Quizá es la primera vez que Teresita Sánchez, una de las actrices mexicanas más activas y en plena forma, actúa casi como villana, no exenta del humor de sus displicencias, con su gesto adusto y preciso, maestro. Nadie había filmado de esta forma a la actriz. Su humor comienza a transformarse cuando llega un hombre que espera la recuperación de su esposa a ocupar el cuarto y mete a escondidas a su pequeño hijo. No hay otra opción, vienen de lejos, él tiene que trabajar para conseguir dinero y nadie puede cuidar al niño.

El muchacho ve la estructura del Hospital “20 de Noviembre”, proyectado por los arquitectos Agustín y Enrique Landa Verdugo, e imagina que es una nave espacial, igualita a la de los pixeles de los videojuegos que tanto le gustan. Pronto en la película se crea una asociación original y sentida entre el diseño de los videojuegos, el espacio virtual que ofrecen al jugador como refugio, y los sentimientos indecibles de los personajes. Destaca la música chiptune, que traduce los pixeles en beats, de Camilo Lara, que suena en las escenas más emotivas.

En los mejores momentos de Moscas, la arquitectura sirve para consolidar dicha conexión. Por ejemplo, la secuencia en la que uno de los bloques del CUPA se ilumina de noche, las luces de las ventanas se prenden y se apagan, como las barras que avanzan en los primeros videojuegos. Es una tentativa de expresar las vidas que surgen y las que se extinguen, experiencia que afecta directamente a Olga, detenida en su pasado y dolor, y a su pequeño inquilino.

Fernando Eimcke se había detenido con detalle en personajes jóvenes, especialmente adolescentes, y ahora lo hace en la infancia y la adultez. Igual que en sus películas anteriores, Moscas se trata de la reunión de personajes extraños, de una serie de eventos azarosos, prueba de su eficacia como guionista y narrador, que los acerca y cuya experiencia en conjunto los saca del marasmo emocional, de la suspensión e inmovilidad para volver a bailar, igual que Teresita Sánchez, enmarcada por la ventana de su departamento.

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