Columnas

Los motivos de la vecindad del cine mexicano

Los motivos de la vecindad del cine mexicano

20 mayo, 2026
por Carlos Rodríguez

Fotograma de La casa del ogro

La arquitectura es, entre otros, un elemento que construye la identidad de la Ciudad de México. Al rebasar las tramas del rancho a la capital, La casa del ogro (1939) presenta una serie de personajes unidos por el lugar donde viven, una vecindad. Para su época, la película de Fernando de Fuentes resulta innovadora, una obra de anticipación sobre cómo se habita en la ciudad.

De Fuentes es el director de ¡Allá en el rancho grande! (1936), la película que exalta la nostalgia por el terruño. La casa del ogro propone un cambio de registro importante, un salto a lo urbano. Es también uno de los primeros filmes mexicanos donde la arquitectura es el leitmotiv de la narración. Hay que imaginar su impacto si se considera que tuvo un remake, Casa de vecindad (1951) de Juan Bustillo Oro.

El ogro es el propietario de la vecindad, un español avaro y grosero que interpreta Fernando Soler. Él mismo habita en la casa junto con sus dos hijas, a las que los vecinos llaman “las gachupincitas”. También está Librada, la portera, a la que encarna magistralmente Emma Roldán, y El gato (Arturo de Córdova), un guapo ladrón que vive en la azotea que tiene en vilo a toda la vecindad con su relación con ciertas vecinas.

En este coro se encuentra también Don Pedrito –o Doña Petrita, como le dicen en la vecindad–, el primer personaje gay del cine mexicano que compone Manuel Tamés. No faltan, por supuesto, las hermanas solteronas y chismosas, una viejecita sola y un médico humanista y conciliador. Todos conviven y se encuentran en los pasillos, con las infaltables macetas, y el patio, el espacio común de la vecindad.

Las primeras imágenes de La casa del ogro muestran una panorámica de la ciudad en la que reinan las azoteas de las casonas. Después, un corte, y Librada, somnolienta, abre el portón de la vecindad y echa agua al patio, antes de barrerlo, entra el panadero, el ritmo de la vida cotidiana se impone. Las señoras abren las ventanas, sacan a los pájaros en sus jaulas, tienden los manteles en los barandales. La voluntad de De Fuentes es asomarse a la ciudad y hacer un recorte de un microcosmos particular.

La película da una idea de la forma de habitar antes de los modernos multifamiliares. También de la amplitud que tenían los departamentos, que se puede constatar aún al entrar a las viejas vecindades que siguen en pie, sobre todo en el Centro Histórico, y del problema económico de la vivienda. “No se puede vivir sin pagar renta”, “a vivir de balde a la Alameda”, dice el agrio ogro, amo y señor despótico de sus dominios.

Los problemas de los vecinos son los de siempre, la hipocresía, el antagonismo, la envidia. Todos los personajes tienen dobleces, son contradictorios, solidarios en la muerte y las fiestas; simpáticos y al mismo tiempo crueles y chismosos. Los rumores, que alimentan sus pláticas, corren de boca en boca, de pasillo en pasillo. También el desprecio velado por quien llega a tener más –por ejemplo Librada, cuya suerte cambia de la noche a la mañana– y por el diferente, como Doña Petrita, a quien Librada llama para sí, con escarnio, “viejo maricón”.

Atento, el director subraya la personalidad del casero, también dueño de una tienda de abarrotes. Es el único que expresa cierta nostalgia por su pasado en España y el esfuerzo que le costó haber hecho fortuna en México. Sus inquilinos lo detestan aún más cuando muele a palos a sus hijas por gastar dinero para comprar unos zapatos de baile sin su permiso. El único que le confiesa su desprecio es el médico que, sin embargo, lo ayuda en las horas bajas cuando las hijas lo abandonan.

Con mucha gracia, De Fuentes compone una comedia dramática coral, una especie de cuento moralista e irónico que también ocurre en la época navideña y de fin de año, temporada que, ya desde entonces, ablanda, aunque sea por un rato, el corazón de los avaros, que por fin comparten un poco lo que acaparan, y reúne de nuevo a la familia.

Fotograma de Casa de vecindad

Casa de vecindad, por su lado, resulta mucho más rica en lo escenográfico, parece una recreación más consciente, se ven los tinacos de la vecindad que colinda al fondo y los lavaderos, también se reproducen los trebejos arrumbados, por ejemplo barriles, vigas, cajas y otros cachivaches. En el patio aparece el organillero, suenan los pregones del afilador y el ropavejero.

El elenco de la película sustituye a los actores originales por su equivalente en la nueva década: Andrés Soler como el casero español, Lupe Inclán como la portera y David Silva como el galán y ladrón. También Meche Barba como la amante apasionada, rencorosa y perversa de Silva. Hay algunos añadidos interesantes, por ejemplo las vecinas pochas, que mezclan frases en inglés, my darling, presencia que da pistas de una sociedad más compleja.

También hay contradicciones e ironías. El pleito entre Meche Barba y otra de las vecinas seducida por el galán de la vecindad se interrumpe, las cachetadas, los jalones de cabello y los empujones que las llevan al piso se detienen cuando baja el cortejo fúnebre del hijo de la viejecita. Luego de santiguarse, el agarrón continúa.

Sin duda un filme digno de compararse con el original, Casa de vecindad reduce los personajes a estereotipos, no es necesariamente una desventaja, pero pierde efectividad y sorpresa. Por alguna razón todavía desconocida, Doña Petrita desaparece de la historiaLa casa del ogro y Casa de vecindad son ejemplos notables donde la arquitectura es el motivo principal, sin éste sus historias no tendrían el mismo sentido. En ambas la vecindad es el elemento escenográfico esencial que dota al espacio de una atmósfera y un ambiente particular, es el contenedor de las historias, una mirada arquitectónica que subraya y ficcionaliza las condiciones de vida de la clase popular de su época, principalmente La casa del ogro, previa a la transformación de la urbe.

Artículos del mismo autor

PRODUCTOS RELACIONADOS