Entrevistas

Ciudad, tecnología y sociedad

Ciudad, tecnología y sociedad

13 noviembre, 2013
por Pedro Hernández Martínez | Twitter: laperiferia | Instagram: laperiferia

El pasado sábado 9 de octubre se celebró en ciudad de México el Festival Creative Week Bonus Mx. Dentro de su programa Ricardo Álvarez, miembro del Senseable City Lab del MIT, ofreció una ponencia en torno a las ciudades del futuro y cómo la tecnología redefine y ayuda a repensar y proyectar las ciudades que habitamos hoy, tanto en lo morfológico como en lo social. Conversamos con él sobre el impacto de la tecnología en las urbes, la arquitectura y las conductas sociales.

¿En qué medida la tecnología es un medio para redefinir la ciudad y la relación que tenemos con ella?

Esa pregunta tiene muchas vertientes. En general, la tecnología no suele de uso general, sino que suele ser dirigida en base a manifestaciones particulares. Entonces, hay que tener mucho cuidado en hablar de tecnología como un término intercambiable. Puede tener muchos significados diferentes, por ejemplo, no es lo mismo que empieces a utilizar minería de datos para analizar los históricos sobre movilidad, tráfico en una ciudad, y que eso lo utilices para planear y rebalancear las cargas dinámicas de tráfico en una nueva reconfiguración espacial, a poder decir ¿qué pasa si nos acercamos a proyectos y prototipos como autos que pueden conducirse solos y que se pueden autorregular en movimiento? Eso nos daría la capacidad de cuestionarnos incluso de si necesitamos calles.

Dos implementaciones de tecnología completamente diferentes pueden tener resultados espaciales muy distintos, y, sin embargo, también hay que reconocer que las formas urbanas son mucho más profundas en su capacidad de evolución morfológica.

Pero también podemos ver la tecnología en términos de producción. Si lo ves históricamente previo a la revolución industrial, la producción solía ser artesanal y en pequeños negocios en ciudades con alta densidad, donde la gente vivía y trabajaba en el mismo lugar, con lo que eran suelos de uso mixto y cascos compactos. Al llegar la revolución industrial, se empieza a masificar la producción y se empieza a requerir, cada vez más, grandes fábricas y plantas industriales. La tecnología cambia la forma, se empiezan a construir distritos industriales, habitacionales, etc. que algunas tecnologías lo hacen viable: el automóvil, que te permite desplazarte de un lugar a otro; la red eléctrica. Si nos acercamos al día de hoy estamos viviendo una nueva revolución de manufactura. Tecnologías como impresoras 3D, sistemas de control, robots de bajo costo, software libre, que les dan a los individuos la capacidad de construir cosas, en espacios pequeños y sin necesidad de grandes equipos, que algunos años antes sólo lo hacían grandes corporaciones. Podemos tener microunidades de producción que si las proyectas al futuro eventualmente tienes que cuestionarte si necesitamos todavía, morfológicamente hablando, distritos industriales. O si nos vamos a la nueva economía, en donde tienes industrias como biotecnología o desarrollo de software, son industrias donde no necesariamente contaminan. ¿Por qué no devolvemos la actividad productiva al centro de las ciudades? Son estos giros de reconversión urbana que estás empezando a ver. Son apuntalados por tecnología pero en manifestaciones muy particulares.

Y más allá de la morfología urbana ¿qué significan las nuevas formas de relación social a través de las redes y la tecnología?

¿Qué significa toda forma de las economías compartidas, como el sharing-common? donde puedes hacer cosas como compartir el auto. Son los mismos coches con la diferencia que yo pongo el tiempo libre de mi auto que no uso y lo rento por horas.  Por cada auto que maximizas en uso puedes sacar ocho autos de la calle. O como nuestro proyecto de  donde si empiezas a cambiar la lógica de cómo la gente comparte el taxi y experimentas con modelos económicos que te ayuden a hacerlo viable, a que la gente acepte, puedes, con una intervención muy pequeña en términos operativos, tener un impacto masivo.

Todas estas son implementaciones directas. Lo interesante es tener esa diversidad de casos de uso porque las manifestaciones van a ser sui-generis por ciudad. Lo interesantes es que las diferentes ciudades, con backgrounds diferentes, van a ir aprendiendo a integrar las tecnologías gradualmente.

En el discurso sobre las ciudades y tecnologías muchas veces se puede escuchar una separación entre dos términos: smart city y smart citizen. ¿Existe alguna diferencia entre los conceptos o son términos que se dan a la par y de forma simultánea?

Meter una división artificial del término no es real. No es uno u otro. La realidad es que los ciudadanos son cada vez más sofisticados. Tiene que ver por educación, acceso a la información, polinización de ideas. Todo eso te pulveriza la oferta de productos y servicios y la gente se vuelve más exigente en cuanto a la particularidad de los estilos de vida que quieren. Las grandes ciudades son ejemplo de eso. La diversidad, como la que tienes en la ciudad de México, donde la planta urbana te permite operar de forma simultánea todos esos estilos de vida, es precisamente por una oferta compleja.

El concepto de smart city es de qué manera puedo yo conectar todos las datos que se están generando o podemos generar a sistemas que permitan dar mejores servicios. Hay visiones diferentes, lugares que están haciendo estrategias top down donde es el gobierno el que pone la plataforma, con su centro de comando, y  desde ahí opere. Otros gobiernos piensan que es imposible que puedan solucionar todos los problemas de la ciudadanía y liberan los datos para que sea la misma ciudadanía, la misma iniciativa civil y privada la que empiece a desarrollar soluciones. A partir de tener la información y poder maximizar todo un catalogo de sensores, como el teléfono celular, para ofrecer un catalogo de productos y servicios. Hay unas cosas que se pueden controlar y otras que deben ser controladas.

Pero incluso eso es una perspectiva muy utilitaria de lo que es una ciudad. Buena parte del discurso de las ciudades inteligentes está basado en eficiencia: energética, al tráfico. En cierta medida las ciudades son un reflejo de las sociedades que las conforman y tienen aspiraciones que van más allá de la eficiencia, también hay componentes operativos y emotivos. Lo interesante es saber cuál es la manifestación de una ciudad inteligente de una perspectiva más abierta que empiece a incluir aspectos emocionales, biológicos o aspiracionales. Y eso lo puedes ligar con lo que al final del día los ciudadanos desean, la búsqueda de una mejor calidad de vida. Las tecnologías te pueden ayudar.

En ese sentido ¿Son las tecnologías un elemento que se desarrolla más rápido que la propia ciudad?

Sí, por supuesto. Si proyectas las tendencias de las impresoras 3D es muy interesante. Hoy se incrementa la resolución de impresión, la flexibilidad de tamaño –hoy hay impresoras pueden imprimir edificios– y tiene la capacidad de imprimir en materiales múltiples, con lo que ya no es sólo un tema de prototipo sino un producto terminado. Sumado a una tendencia en paralelo que es que han bajado dramáticamente el costo de impresión.

Si puedes, con una tecnología, democratizar algo, bajo un parámetro realista de construcción, que permita incrementar el nivel de vida, es muy interesante. Luego ya con eso ya puedes hablar de mecanismos de financiación, legalización. Tiene un impacto social muy profundo, pero también lo tiene en la forma urbana. De lo que se trata muchas veces esta dinámica tecnológica en cómo conectas los puntos. Porque cuando se siguen las dinámicas tecnológicas en los espacios de tiempo que opera la ciudad, que son muy largos las tendencias pueden llegar a tener un sentido muy profundo.

Por último, estas tecnologías desarrollan grandes cantidades de información ¿Cuáles son los problemas de qué solo unos pocos tengan acceso a ella? ¿Deben ser todos los datos públicos?

Es un debate muy complejo. Porque es un debate muy fácil de radicalizar. Es muy fácil impulsar un mensaje de paranoia sobre la privacidad: “no quiero que nadie tenga mis datos”. Si llevas eso a sus últimas consecuencias y propicias mecanismos legales para que nadie entre a tus datos, la realidad es que una gran cantidad de los servicios que hoy das por añadidura no los tendrías. Lo que pasa que muchas veces no pensamos hasta dónde nuestra huella de datos tiene un doble efecto. Hay un desconocido que me conoce, pero eso da accesibilidad a una serie de servicios que me hacen vivir mejor mi vida. El problema está en el balance. Ese compensación de balance es una conversación social donde cada vez que tienes un abuso de los datos la conversación social se endurece. Cada vez que tienes una pérdida de calidad de vida, se suaviza. Muchas veces el discurso es muy escandaloso para ambos lados. O muy triunfalista o muy fatalista. Hay que encontrar el punto intermedio.

Pero por otro lado, hoy día estamos produciendo tantos datos que no tenemos la capacidad de digerirlos. Hay una gran diferencia entre tener los datos a encontrarles sentido. Y buena parte es que probablemente no haya que encontrarle sentido a todos los datos. Es la misma la sociedad es la que determina qué es lo que quiere extraer de esa información. Ahora hay tanta que las sociedades no tienen una idea de toda la información que hay, por lo que no tienen una idea de cómo maximizarla para después moverla.

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