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Columnas

Banquetas

Banquetas

21 marzo, 2013
por Javier Barreiro Cavestany

Los humanos solemos mirar hacia adelante o hacia el costado. Para que miremos al suelo o al cielo tiene que suceder algo extraordinario. La arquitectura, salvo raros ejemplos —como túneles y tumbas—, es lo que se desplanta del suelo, con una vocación más o menos declarada de alcanzar el cielo. Del suelo hablamos poco: lo hacen los campesinos, porque de la tierra depende su suerte; los ingenieros, porque los cimientos son relevantes para erigir lo demás; los geólogos, porque necesitan estudiar o arrancarle algo a la tierra. Los niños chiquitos y los animales viven en el suelo, tal vez por eso no hablan o viceversa.

Las banquetas (o aceras o veredas) son un invento reciente, de la Europa del siglo 19. Mejor dicho, en ese tiempo se reinventan, porque los romanos ya las conocían y Pompeya muestra esas cebras peatonales, en forma de pilares, por donde se atravesaban aquellas calles, que eran auténticos lodazales donde confluían los desagües domésticos y toda la inmundicia imaginable. En los inicios de la modernidad se vuelve a separar vehículos de peatones, todo un emblema de civismo. Sin embargo, en las ciudades europeas donde pervive la planta medieval, el peatón sigue conviviendo, primero con el carruaje y luego con el coche, y la ausencia de banquetas sigue predominando en los centros históricos de Roma, Florencia, Ámsterdam o de cualquier pueblo medieval.

En pocas ciudades contemporáneas pervive el cuidado de la banqueta y más escasas son aquellas que cuentan con normativas y reglamentos; prueba deplorable del abandono abrupto de toda convivencia, con el ritmo lento que la pautaba, en favor del vértigo automovilístico y la desconfianza hacia el prójimo. Las banquetas de Río de Janeiro son una excepción deslumbrante. Bueno, las de las zonas históricas de la ciudad. Lo notable de sus diseños en mosaico, con claras reminiscencias de los de Lisboa, estriba en cómo el caos de sus elementos compone un orden amable y fantasioso.

Si el lema de la bandera y del estado brasileño es “Ordem e Progresso” (consigna tomada del positivista Comte, y como todo emblema, más deseo que realidad), las banquetas de Río componen un orden que no refleja ningún progreso, sino el desorden ancestral apenas controlado para poder funcionar y disfrutar. Las más célebres son las que diseñó Burle Marx en el malecón de Copacabana. El oleaje plano que componen no sólo alude al mar que delimitan, sino que propone un ritmo al caminante, donde la sensualidad de la curva asume un cariz hipnótico, como de cadencia arcaica y ligera a la vez. Su misma abstracción compone a veces figuras de pájaros y otros bichos, pero predomina la pura geometría que concentra y relaja en su alternancia de teselas negras y blancas esculpidas por el picapedrero.

Las planchas de hierro forjado —donde se esconden tuberías y  cableados— constelan las banquetas con anagramas indescifrables de los bárbaros modernos que llegaron no se sabe bien de dónde. Estos fósiles caídos del cielo irrumpen como cuerpos extraños que amenazan la perfección imperfecta del mosaico. Como un statement contra el dominio de la simetría. Si caminar es un signo de civilización, ya que somos la única especie capaz de caminar sin meta ni propósito, al encuentro del otro o de uno mismo, la ausencia de banquetas (y de tantos otros emblemas de convivencia civilizada) en los desarrollos anti-urbanos de nuestras megalópolis, señala la entrada triunfal al universo del aislamiento y la soledad… en esta era de las comunicaciones a granel.

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