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Columnas

Atmósferas, arena y color

Atmósferas, arena y color

8 agosto, 2015
por Juan Palomar Verea

Publicado originalmente en El Informador

Atmosféricas. La canícula –inolvidablemente descrita por Agustín Yáñez en ese prodigio de novela que se llama Al filo del agua– deja sentir sus rigores en los días que corren, cuando el temporal parece haber decidido una tregua. Sin embargo, sigilosamente una lluvia casi invisible aprovecha lo alto de la madrugada para dejar su rastro venturoso. Un zanate, inopinadamente, yace rígido en el pavimento del jardín de adelante: multitud de insectos, salidos de ignotas espesuras, aprovechaban ya el festín. Recordatorio del implacable decurso natural, de la fatal brevedad de todo vuelo: pájaro prieto perdido para piedad pasajera: perece, parece, por pendenciera pasión…

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Renzo Piano: castillos de arena. Uno de los mayores arquitectos vivientes declara con toda sinceridad: “Mi carrera comenzó cuando era un niño y construí mi primer castillo de arena en la playa de Génova, en donde crecí.” Luego: “Tengo cuatro hijos; el mayor tiene cincuenta años y el menor dieciséis, así que he estado haciendo castillos de arena por mucho tiempo.” Y después, este maestro absoluto de la construcción revela a The Guardian su técnica: Primero: tener claro que construir un castillo de arena es una operación totalmente inútil: va a desaparecer, en primer lugar, porque no tiene sentido hacerlo muy lejos del mar. Así que hay que escoger con cuidado su ubicación. Muy cerca de la rompiente y el mar inmediatamente lo destruye; muy lejos y no habrá olas con las que jugar. Segundo: el castillo es, preferentemente, una masa de arena húmeda que forma una pequeña montaña de sesenta centímetros de altura y con una inclinación cercana a los 45 grados, rodeada de una zanja de unos treinta centímetros de profundidad y 45 de anchura. Tercero: hay que hacer un canal para que el mar entre en la zanja perimetral; el momento mágico es cuando la zanja se convierte en un foso de agua; este lapso dura unos quince minutos. Para mejor capturar la imagen en la memoria es preciso cerrar los ojos cuando el agua llegue. Cuarto: poner una pequeña bandera en la cima del castillo de arena. Finalmente, irse a su casa sin voltear atrás.

Con genovesa sobriedad, con la claridad mediterránea de tantas generaciones de armadores y navegantes que lo preceden, Renzo Piano da así unas lecciones de arquitectura, y de humor, de una profundidad insospechada. No la menor de ellas es la estoica certeza de que todo lo que la mano del hombre levanta ha de ser humillado. O la de que la fragilidad de la memoria –única guardiana real del asombro y la dicha- requiere de justos cuidados para cumplir su preciosa tarea. Y la del esmero y el sentido común con los que es indispensable llevar adelante toda edificación. O la que afirma secamente que, una vez hecha una obra, es preciso librarse de la maldición de la mujer de Lot, y no voltear atrás. Todo, al final, es un castillo de arena.

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El mejor grafiti jamás visto: mide unos quince centímetros de largo por siete de alto. Como se sabe, los grafitis no tienen profundidad, aparentemente. Son el epítome de lo epidérmico, lo unidimensional. Este espectador, sin embargo, sabe de un conocido que, a fuerza de negociar y amistar con la banda grafitera de su barrio sobre la posibilidad de utilizar los muros de su casa como campo de acción, logró que todas sus fachadas se convirtieran en un solo y múltiple grafiti, dentro del que vive, en por lo menos tres dimensiones, y muy contento. Sutil manera de este conocido de expresarle al mundo alguna íntima convicción sobre la naturaleza de los tiempos que corren, junto con una elegante distancia de cualquier qué dirán.

Pero regresar al mejor grafiti del mundo. Está tatuado sobre la losa de mármol de una tumba del cementerio del Père Lachaise en París. Ha durado ya por un buen tiempo, y convive a diario con botellas de ron vacías, flores y latas de cerveza arrugadas, restos mínimos de algunos gallos, colillas y fotografías ajadas. Muchachas de extraña belleza montan distraídas guardias mientras oyen por sus auriculares una música que parece inducirles un evidente trance. Sobre la lápida se lee el nombre: James Douglas Morrison. Alguna vez fue posible distinguir entre la quincalla instantánea, fúnebre o celebratoria, un pequeño lagarto de plástico, coronado vistosamente. Es así que Jim Morrison descansa en su último hotel terrestre. Un solo grafiti, pues, queda sobre la tumba: siete letras que dicen, lacónicas: victory. Una palabra que cifra todo el atormentado y breve tránsito del poeta sobre esta tierra, toda la perdurable gloria de quedar en el pálpito y la memoria de millones de gentes, la ineluctable gracia de seguir logrando que, esta noche, un camionero que atraviesa solitario el desierto de Australia vaya entonando, con calculado frenesí: Don’t you love her madly? Victoria, como la que evocaba Joseph Conrad en la forma de un barco, victoria, como la lluvia de pétalos con los que los héroes eran recibidos en la antigüedad. Victoria, dice el grafiti, y que tiene, en honor a quien fue más allá, una mínima confirmación en estos renglones distantes.

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Magenta. Siempre es un placer comprobar como ciertos fuegos continúan, a través de los años, intactos. Es un gusto atestiguar la incandescencia que en el ánimo de los amigos produce la pasión por un oficio, por una obsesión, aún por un delirio –cuando es luminoso y fecundo. Es el caso de los cuadernos de Magenta, cuyo primer número fue presentado hace algunas semanas. Digna continuación para una revista tapatía que hace dos décadas trazó una raya en el agua y se constituyó desde entonces en un referente obligado en los campos del diseño gráfico, la arquitectura, el arte. Magenta es Felipe Covarrubias. Es su vehículo, tripulado por diversas compañías, con el que deja constancia y testimonio de un permanente magisterio. En las artes gráficas, en el rigor compositivo, en el humor bien temperado, en la limpieza y corrección con que el diseño siempre debería contar. En buena hora.

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Revisitaciones. Merwiniana: cántale a la sirena. W.S. Merwin escribió hace un tiempo un poema prodigioso dedicado a su maestro, John Berryman. Es un ars poetica, un homenaje y una remembranza, una discreta toma de distancia, una cariñosa ironía: una honda enseñanza. De memoria: en algún momento el aprendiz le pregunta al poeta qué hacer para convocar al ángel de la poesía. “Rézale a la musa”, contestó. “Y lo digo en serio: híncate en ese rincón y rézale a la musa”. Años después, la persistente presencia sobre un muro del taller de la portada de un disco determinado, en un relámpago, quedó explicada. Un cantante, la cara cubierta de sudor, el cuello girado con violencia, sostiene el micrófono casi devorado por unas notas furiosas, y se dirige, o mejor, increpa y apostrofa, celebra y se rinde ante una muchacha que, gozosa, con un mechón de pelo que oculta un ojo, con el rojo de una puñalada en la boca sonriente, con el gesto compasivo que las mujeres guardan para los elegidos, para los que así le rezan a la sirena sobre el escenario o en el rincón o al correr de las rayas en el papel, para los que quemaron todos sus barcos, dice que sí, que aquí está, que órale. Cántale a la musa, rézale a la sirena, y si la música es bien alta, y si el fervor alcanza, la asediada comparece. E incendia, con un solo gesto soberano, todo lo que aún quedaba por arder.

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