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Arte público

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15 agosto, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

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El 15 de agosto de 1967 se develó en la plaza frente al Chicago Civic Center —hoy Richard J. Daley Center— la primera escultura monumental de Pablo Picasso en los Estados Unidos. Con poco más de 15 metros de altura y 160 toneladas de acero, la pieza le fue encargada a Picasso por William Harmann, asociado de SOM. En el sitio web de los arquitectos Loebl, Schlossman & Hackl, se puede leer que “en marzo de 1963, el equipo de arquitectos del Daley Center votaron a qué escultor pedirle una obra de gran escala para la plaza. Unánimemente escogieron a Pablo Picasso.” Richard Bennett, uno de los arquitectos del equipo, le escribió a Picasso un poema en el que describía el espacio. La primera línea decía: “a la mitad de Chicago hay un lugar plano de cien por cincuenta metros,” y luego describía cada edificio que limitaba esa plaza, su usos y los de algunos edificios cercanos y luego los barrios que rodeaban la ciudad y las fábricas y el aeropuerto. Al terminar, Bennett escribió:

A la mitad está la plaza vacía donde millones y otros
millones visitarán el corazón de esta poderosa
ciudad hecha por máquinas
Es un lugar que espera un espíritu
el espíritu en una escultura
¿Quiere hacerla?

Picasso quiso. En el mismo sitio de Loebl, Schlossman & Hackl, cuentan que respondió: “saben que nunca acepto encargos de ningún tipo de trabajo, pero en este caso estoy involucrado en proyectos para las dos más grandes ciudades de la mafia” —la otra era Marsella. Picasso no aceptó los cien mil dólares que le ofrecieron por la obra que obsequió al pueblo de Chicago. En 1965 Picasso entregó una maqueta de un metro de altura y dos años después la escultura, fabricada no lejos de Chicago, fue inaugurada.

La descripción de la plaza del Daley Center que hizo Bennett la presenta como el centro de la ciudad —era, como su nombre original dejaba claro, el centro cívico de Chicago. Todo gira alrededor de ese espacio del que la escultura de Picasso se volverá centro: centro del centro cívico de la ciudad.

En su libro, Arte público y espacio político, Félix Duque responde de algún modo a la breve conferencia que Martin Heidegger dictó en 1964 para la inauguración de una exposición de esculturas. Lo hace en principio agregando al título de la conferencia de Heidegger, Arte y espacio, dos palabras que, en el primer capítulo, pone entre paréntesis: el arte (público) y el espacio (político). “No hay que fiarse —dice— quizá todo arte sea público y, correlativamente: todo espacio, político.” La cadena de referencias es larga y compleja: si el arte, en el sentido que le da Heidgger, saca o desvela la verdad de las cosas, nos la pone enfrente: la expone, todo arte hace público —en el doble sentido. Por otra parte, si el espacio es lo que se saca —se abstrae, dice Heidegger— de los lugares y los lugares son lo abierto que se ocupa, espacio y lugares provienen de una producción: poiesis y techne. Para Duque el espacio es un producto técnico: “«artificio» y «naturaleza» no son sino dos extremos de una historia de ese «abrir espacios» que es la Técnica.” Y la técnica, también para Duque, siempre es social y, por tanto, eminentemente política.

La plaza vacía rodeada por edificios públicos, oficinas, comercios, templos, llena de gente, al corazón de esa “poderosa ciudad hecha por máquinas,” tal como lo describió Bennett, es sin duda un espacio político, inevitablemente político y desde antes de su construcción: su construcción misma es un hecho técnico y político. Y la gran escultura de Picasso no podía ser otra cosa que pública, como todo arte. No llega a esa plaza a llenar un vacío. “El vacío no es nada —dice Heidegger. No es una deficiencia. En la materialización escultórica, el vacío juega al modo de una proyección que instituye los lugares.”

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