¿Cuántas copas del mundo necesitamos para transformar la ciudad?
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3 agosto, 2026
por Lizbeth Saavedra
Crédito: Erik López
Hay ideas cuya influencia termina siendo tan grande que, con el tiempo, comienzan a explicar menos cosas de las que ayudaron a producir. Pienso en eso cada vez que escucho hablar de uso mixto. Después de varias décadas de proyectos, reglamentos y planes urbanos, cuesta imaginar una conversación sobre ciudad que no recurra, tarde o temprano, a la mezcla entre vivienda, comercio, oficinas y equipamientos. El concepto resolvió un problema importante y también cambió la manera en que aprendimos a mirar la ciudad.
Esta historia podría comenzar mucho antes y muy lejos de la arquitectura. En 1986 Ursula K. Le Guin publicó The Carrier Bag Theory of Fiction. Su ensayo parte de una idea tan simple que resulta difícil olvidarla. ¿Y si la historia de la humanidad hubiera elegido al protagonista equivocado? Mientras buena parte de la tradición occidental organizó sus relatos alrededor de la lanza —el héroe, la conquista, el gesto excepcional— Le Guin propuso detenerse en un objeto infinitamente más ordinario: una bolsa. Un objeto capaz de recibir frutos, semillas, herramientas o alimento. La historia seguía siendo la misma; sin embargo, el objeto que la organizaba podía ser distinto.
Desde hace tiempo vuelvo una y otra vez al Ángel de la Independencia. Me cuesta trabajo encontrar otro lugar donde tantas vidas y temporalidades parezcan convivir con tanta naturalidad. Una quinceañera, un corredor, una protesta, alguien esperando una cita, un homenaje, unos turistas descansando, una celebración deportiva. Todas esas escenas parecen caber alrededor del Ángel con la misma naturalidad. Es un reto pensar en otro espacio de la ciudad capaz de seguir recibiéndolas sin dejar de ser exactamente el mismo lugar.

El Ángel también reúne tiempos distintos. Es una observación que atraviesa buena parte de la obra de Jane Jacobs (1961). La ciudad no se volvía más compleja únicamente porque mezclara funciones, sino porque distintas rutinas comenzaban a compartir el mismo escenario. El uso mixto heredó esa intuición y terminó desarrollando un lenguaje extraordinariamente preciso para describirla. Lo que empezaba a reunirse ya no eran solamente programas, sino distintas maneras de habitar el tiempo.
Permanecer un rato en el Ángel produce un efecto parecido al que William Whyte encontró después de años observando plazas (1980). El tiempo empieza a reunir cosas que, vistas por separado, apenas llamarían la atención. La sombra se desplaza y alguien cambia de lugar. Un escalón termina funcionando como banca. Un punto de paso se convierte en punto de encuentro. El instante empieza a construirse entre múltiples escenas simultáneas.
El Ángel sigue siendo un monumento. Las historias cambian con los días y los años, mientras el lugar permanece disponible para todas. Hay pocas arquitecturas capaces de sostener esa continuidad. Algunas parecen conservar una extraña capacidad para seguir recibiendo aquello que nunca fueron proyectadas para contener.

El Ángel nunca pertenece por completo a quienes lo ocupan. Las personas pasan; el lugar permanece compartido. Hannah Arendt (1958) llamó mundo común a esa capacidad de recibir acciones distintas sin volverlas idénticas. Quizá por eso ciertos espacios públicos siguen siendo tan difíciles de reemplazar.
Aldo van Eyck dedicó buena parte de su obra a imaginar arquitecturas que siguieran ofreciendo posibilidades sin decidirlas por adelantado. Décadas después, Richard Sennett (2018) encontraría en esa apertura una de las condiciones más generosas de la ciudad contemporánea. No se trata de prever todas las formas de ocupación posibles, sino de dejar espacio para aquellas que todavía no existen.
Los lugares también terminan leyendo unas historias a través de otras. Una protesta modifica la manera de mirar una celebración deportiva. Alguien espera una cita donde días antes hubo un homenaje. Cada escena altera la lectura de las demás. Ursula K. Le Guin (1986) eligió una bolsa porque las cosas empezaban a adquirir sentido por el hecho de permanecer juntas. Si un monumento puede convertirse con el tiempo en un recipiente capaz de reunir historias que nunca fueron previstas, la pregunta deja de ser qué estamos mezclando cuando hablamos de uso mixto. Empieza a ser qué arquitecturas seguimos proyectando cuando todavía imaginamos la ciudad alrededor de la lanza.
Referencias
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