Rituales urbanos, la estética de lo ordinario y el hype de lo auténtico
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30 junio, 2026
por Lizbeth Saavedra
Las ficciones tienen mala reputación. Las asociamos con la fantasía, el engaño o la evasión. Pero en realidad, organizan la realidad, vivimos rodeados de ellas. Las naciones, el dinero, las instituciones y las ciudades son acuerdos colectivos sostenidos por la imaginación de un horizonte común, y son una de las herramientas más poderosas que tenemos para darle dirección al futuro.
Martín Caparrós (2018) describe al encuentro futbolero más importante del mundo como una fábrica de ficciones. Durante unas semanas aceptamos la ilusión de la igualdad, del orden, de la cercanía y de la patria porque, por un instante, la complejidad del mundo parece reducirse a una serie de reglas compartidas y objetivos comunes. Esta celebración produce una extraña sensación de gozo colectivo porque permite sincronizar emociones, conversaciones y expectativas alrededor de una misma historia.
Sospecho que deja una idea fuera de la lista de Caparrós: la de la ciudad anfitriona. En las semanas previas una conversación se repitió en distintas versiones, en casi todos los grupos, familias y oficinas de la ciudad. No era una conversación sobre fútbol, sino sobre nuestra capacidad para recibirlo. Que si el metro iba a colapsar, si el aeropuerto iba a estar listo, si los puentes son morados o amarillos. El tono era muy cercano a la ansiedad silenciosa de quien espera visitas y sabe que la casa está lejos de estar lista.
Me inquieta la idea de que una ciudad también siente vergüenza. La vergüenza de quien recibe visitas y se da cuenta de que el foco del pasillo lleva meses fundido o que esa silla rota lleva demasiado tiempo fingiendo que sirve. Quizá por eso las conversaciones previas a un evento así se parecen tanto a las conversaciones antes de una visita a nuestra casa. De pronto, aquello que llevábamos años aprendiendo a tolerar vuelve a ser visible. Llevo días preguntándome si exageramos el poder de estos eventos o si, en realidad, hemos subestimado una capacidad colectiva que aparece demasiado pocas veces, pues algo curioso sucede cuando una ciudad se sabe observada, empieza a comportarse como si pudiera transformarse más rápido.
Este suceso , no llega a una ciudad suspendida en el tiempo, sino a una que atraviesa múltiples urgencias simultáneas. Una ciudad donde la búsqueda de quienes faltan ha transformado a ciudadanos e investigadores; donde cada temporada de lluvias activa una preocupación legítima por la vulnerabilidad de la infraestructura urbana; donde la presión inmobiliaria y la gentrificación han reconfigurado en gran medida la relación entre las personas y el territorio que habitan. En un contexto así, resulta comprensible que una ilusión colectiva adquiera tanta fuerza. Estas historias no aparecen para distraernos de la realidad; aparecen porque la realidad necesita horizontes capaces de reorganizar sus prioridades.
Crédito: Ahm008
Quizá ahí reside una de las observaciones más importantes. Las ficciones no son un lujo reservado para los momentos de celebración. Bien entendidas, son herramientas para imaginar futuros deseables y movilizar acciones capaces de acercarnos a ellos. Hay algo casi entrañable en la rapidez con la que aprendemos nuevos nombres cuando un gran evento se aproxima. De pronto, personas que nunca habían hablado del Tren Ligero conocen sus estaciones, discuten proyectos de movilidad o debaten el color de un puente. Una parte importante de la ciudad ocurre en esas conversaciones aparentemente triviales.
Los gobiernos, las instituciones y los dueños de los presupuestos demuestran una enorme habilidad para coordinar recursos, alinear temporalidades y construir horizontes compartidos cuando existe una fecha límite inaplazable y una audiencia global esperando resultados. El problema nunca ha sido su existencia, sino la facilidad con la que las confinamos a acontecimientos extraordinarios.
La modernización de la Línea 2 del Metro y del Tren Ligero responde a necesidades largamente diagnosticadas; la ciclovía sobre Calzada de Tlalpan acelera una conversación activa sobre movilidad alternativa; el parque elevado Tlallipan materializa una determinada idea de representación urbana. La atención y proyectos dedicados a este magno evento no producen una única ciudad, sino una colección de aspiraciones que encuentran, por un breve periodo, una misma dirección.

La tesis tampoco consiste en afirmar que todo lo que se hizo es perfecto. Algunas intervenciones serán discutibles, otras resultarán insuficientes y otras abrirán nuevas conversaciones sobre las prioridades urbanas de la ciudad. Lo interesante es reconocer que sucedió algo políticamente relevante. Una narrativa fue capaz de activar recursos, acelerar decisiones y movilizar actores diversos alrededor de un mismo horizonte. La calidad de esas decisiones merece una discusión propia; la existencia de esa capacidad merece toda nuestra atención.
La vida cotidiana produce necesidades; los grandes eventos producen urgencias. La diferencia parece menor, pero organiza una parte importante de la manera en que construimos ciudad. Las necesidades aprenden a coexistir con nosotros, se vuelven tolerables y terminan incorporándose a la normalidad. Hay una extraña habilidad humana para acostumbrarse a casi todo. A los trayectos largos, a las banquetas rotas, a las inundaciones previsibles, a los anuncios de obras que parecen permanentes. La ciudad está llena de pequeñas resignaciones que, acumuladas, terminan pareciéndose a una forma de administración colectiva de la espera.
La accesibilidad, la caminabilidad, la adaptación climática, la infraestructura hídrica y los tiempos de traslado forman parte de la experiencia diaria de millones de personas, pero ninguna de ellas llega acompañada de una ceremonia inaugural ni de una audiencia global. Quizá la diferencia más importante es que las urgencias vienen acompañadas de una narrativa capaz de volverlas inaplazables.
Toda ciudad anfitriona es un proyecto de hospitalidad. El ejercicio base para entender el acercamiento a este proyecto, es que por un instante dejamos de pensar la ciudad únicamente desde nuestra experiencia individual y empezamos a imaginarla desde la perspectiva de alguien que llega. La pregunta es por qué esa capacidad de imaginar un territorio amable, accesible y coordinado se activa con tanta facilidad frente a una audiencia global y con tanta dificultad frente a la vida diaria. El lugar que queremos ofrecer a quienes llegan se parece demasiado al que llevamos décadas intentando construir.

La vida cotidiana necesita sus propias ilusiones. De hecho, ya convivimos con ellas. Necesitamos ficciones más constantes y necesitamos sostenerlas en el tiempo. Encontrar cómo convertirlas en un norte y no en un estado prestado que aparece únicamente cuando existe una fecha límite, una audiencia global o la promesa de un acontecimiento extraordinario.
Quizá la pregunta correcta no es cuántos eventos internacionales necesitamos para transformar la ciudad. Quizá la verdadera ficción es la vida cotidiana. Cada día actuamos como si la ciudad fuera un sistema estable, cuando en realidad es un acuerdo extraordinariamente frágil que millones de personas sostienen, negocian y reajustan permanentemente. ¿Qué ocurriría si la vida cotidiana encontrara una ficción con el mismo poder de convocatoria que un mega evento deportivo? Ante una ficción suficientemente poderosa, la ciudad que aparece no es necesariamente una mejor versión de sí misma, ni una versión terminada; es una ciudad capaz de actuar sobre sí misma.
Referencias
Caparrós, M. (2018, 12 de junio). El mundo Mundial 1: La fábrica de ficciones. The New York Times en Español.
El Califa de León, la fama culinaria y el espectáculo de la autenticidad en la vida cotidiana de la Ciudad [...]