Contra-crisis: después de la pandemia
El efecto más duradero de la pandemia es la forma en que los debates en torno a una nueva normalidad [...]
16 octubre, 2026
por Daniel Daou | Twitter: daniel_daou
Reiner de Graaf es un arquitecto holandés de 62 años de edad. En 1996, se unió a la Oficina de Arquitectura Metropolitana (OMA) fundada por ––el arquitecto ganador del Pritzker en el año 2000–– Rem Koolhaas, lo que lo hace ––fuera de los fundadores originales–– el socio más antiguo. Es autor de cuatro libros; el último, Architecture Against Architecture: A Manifesto (Verso, 2026), es el que comento aquí (Figura 1).
El libro se divide en dos partes, tituladas “Arquitectos” y “Arquitectura”. Cada parte tiene siete ensayos. Cada ensayo comienza con una observación, provee evidencia y termina con una recomendación (¿orden, mandamiento?). A manera de resumen, los siete capítulos de la sección “Arquitectos” sugieren:
Los siete capítulos de la sección “Arquitectura” dicen:
Figura 1. Portada del libro Architecture Against Architecture (2026). Fuente: https://www.oma.com/publications/architecture-against-architecture
El libro es como un yin yang, pero también es un crescendo. Los cambios que propone en la primera parte son las precondiciones para la segunda. Tomados individualmente, pocos capítulos dicen algo nuevo: desde hace varias décadas, escuchamos denuncias a la figura del arquitecto como genio singular, llamados a terminar con la noción de autoría o a la democratización de la práctica, tanto al interior de las oficinas como en su relación a quienes sirve. Sin embargo, en su conjunto, conforme avanza el libro, la información presentada ––que es mucha, nueva y pertinente, entre estadísticas, información histórica y anécdotas personales–– adquiere un carácter sumativo. Cada tesis se monta en la pasada para hacer un punto cada vez más contundente: la arquitectura requiere una revolución interna si ha de ser partícipe en la revolución que necesita ahora el planeta.
¿En qué consiste esta transformación? El libro es engañosamente concreto en sus propuestas. Parece decirnos: Hagan estas 14 cosas y todo estará bien. Pero en realidad, se trata sólo de un punto de partida. Aunque propone la reinvención de la arquitectura “como una fuerza para el bien bajo sus propios términos” (de Graaf, 2026, p. 235), hacia el final, se reconoce esta verdad incómoda: “La arquitectura carece de una agenda significativa para el futuro” (de Graaf, 2026, p. 236). ¿Cuál debería ser la agenda?
La contundencia y profundidad de la investigación que soporta cada argumento, lo hace una lectura inspiradora y energizante a momentos. Este es el caso, por ejemplo, del capítulo “Stop Building Now!” donde propone un moratorio a la construcción global. Uno de los datos más sorprendentes es que la cantidad de viviendas vacías en China podría albergar a mil millones de personas. Continúa ofreciendo datos similares para países del sureste asiático, África, Europa y los EE. UU. (11 millones de casas vacías en Europa y 15 millones en los EE. UU. —más casas vacías que personas viviendo en situación de calle—)(de Graaf, 2026, p. 163).
El caso de Alemania no sólo es dramático, sino representativo de esta situación generalizada en todo el mundo: en 2021, el gobierno alemán prometió construir 400,000 nuevas viviendas al año para satisfacer la demanda proyectada. Al final, por problemas diversos, se construyeron, en promedio alrededor de 220,000 casas al año. Hoy, el déficit en el país es de 800,000 viviendas. Sin embargo, un censo de 2022 descubrió que en ese año había dos millones de viviendas vacantes en el país.
Desafortunadamente, el caso de Alemania no es particular. En México, según el Coneval, en 2024 existían 6.2 millones de casas desocupadas (el 14% del parque de viviendas nacional). Aun así, el programa federal de vivienda vigente tiene la meta de construir 1.8 millones de casas de 2025 a 2030 (Becerra, 2024). Otra verdad incómoda es que la arquitectura, entendida como el conocimiento necesario para la producción de edificios nuevos, no tiene mucha razón de ser más allá de las inversiones especulativas.
Una tras otra y sin miramientos, de Graaf va demoliendo muchas de las premisas que la arquitectura contemporánea da por sentado —regalándonos de paso joyas de prosa koolhaasiana como “la anexión de la arquitectura por parte del capital exige incluso el exorcismo de la condición humana” (de Graaf, 2026, p. 128) (refiriéndose a las torres de la llamada Billionaires Row en Manhattan, cuyos departamentos de decenas de millones de dólares, propiedad de oligarcas rusos y príncipes saudíes, se encuentran vacíos) o “la historia da un giro de 180 grados a medida que todas las grandes narrativas se desarrollan en reversa: el progreso se equipara con su propia anulación” (de Graaf, 2026, p. 231) (hablando de la manera en la que la administración del presidente Donald Trump ha echado para atrás décadas de progreso en derechos cívicos). Que alguien lo diga todo junto, sucintamente, con claridad y sustentado con datos, es una bocanada de aire fresco. Pero, entre líneas, hay algo vago si no es que contradictorio en el libro. Más allá de los obvios ataques ad hominem, hay una cierta ambigüedad en la postura moral del autor.
Muchos de los problemas que bien se observan en el libro —por ejemplo, la manera en la que, citando una charla de David Harvey en la escuela de diseño de Harvard: “hoy se construyen ciudades no para habitar sino para invertir” (Harvey, 2016)— son achacables al modelo económico capitalista y a la ideología política neoliberal. Y, sin embargo, el término “capitalismo” no aparece nombrado como tal (al menos, no que yo recuerde). Aunque en la página 135 el autor ofrece un breve análisis de los conceptos de valor de uso, valor de intercambio y plusvalía citando El capital de Karl Marx, lo más que logra es lamentar los incentivos perversos de la “economía de mercado”. Tal vez calcular el resultado de la sumatoria de los puntos propuestos (¿una revolución, la abolición de la propiedad privada?) es tarea para el lector.
Un momento particularmente extraño es la dura crítica que hace de Graaf a los planes de estudio de algunas de las escuelas de arquitectura más prestigiosas. En el capítulo “Flourish in the Field”, donde discute la contraproducente separación entre teoría y práctica (contraproducente porque reduce a la arquitectura a la mera retórica y la representación). Después de identificar el origen de esta separación en los tratados renacentistas, el autor estudia la oferta de asignaturas en escuelas privadas en los EE. UU. y Europa (el norte global, pues). Algunos ejemplos: Columbia GSAPP ofrece un curso sobre la “Arquitectura del activismo”; Harvard, uno titulado “Colonialismo, sujeto, espacio”; el MIT, “Ecologías decoloniales”; TU Delft y UCLA, “Justicia espacial y la ciudad”; la AA, “Diseño queer”; Princeton, “Género, ciudad y disenso”; Monash University, “Entrenamiento sensible al género para el diseño espacial incluyente”. La reacción de de Graaf es de rechazo e incomprensión: “Cada vez más, el clima intelectual en las escuelas de arquitectura se siente como un autoimpuesto teatro de lo absurdo. Las asignaturas enseñadas desafían la comprensión y […] parecen ser elegidas en relación inversamente proporcional a su relevancia con el mundo real” (de Graaf, 2026, p. 116). Pareciera que poco le falta para tacharlas de woke como se ha vuelto moda en círculos conservadores.
¿Qué pasó con aquello de que es hora de imaginar a la arquitectura, más allá del edificio, como proyecto político? ¿Tal vez sea que estas asignaturas no se alinean con su proyecto político? Pero, ¿cuál es éste que tampoco nos lo revela? ¿Es el de un socialdemócrata, un capitalista de tercera vía, un comunista?
Sea cual sea, no es mi intención, al final del día, echar abajo el oportuno, enérgico y urgente llamado que hace el libro a reimaginar la arquitectura como una fuerza para el bien. Al contrario, es la razón por la cual escribo esta reseña. Pocas veces un insider como de Graaf comparte, públicamente y sin muchos tapujos, opiniones sobre clientes, colegas y tomadores de decisión. El libro ofrece un cándido análisis de la relación contemporánea entre arquitectura y los mundos de la cultura, la economía, la política, las finanzas y las leyes. Pero el clímax de todo esto, a mi parecer, se encuentra en un pasaje que captura el gran meollo del asunto de la siguiente manera:
“[…] Todo cambio de esta índole debería comenzar por el franco reconocimiento de que la arquitectura, en su forma actual, está sujeta a un conflicto de intereses irresoluble. Los edificios son, a la vez, el mayor depósito de capital mundial y la mayor fuente de emisiones de carbono: simultáneamente, el pilar más importante de la economía global y la mayor amenaza para el planeta. […] Para resolver este conflicto, los arquitectos tendrán que ir más allá de la construcción” (de Graaf, 2026, p. 212).
¡Emocionante! Pero, ¿qué tan más allá, Reinier? (¿organizadores comunitarios, diseñadores planetarios, escritores de ficción, legisladores?)
Desde 2002, Reinier de Graaf es director del think tank de OMA, la oficina “espejo” llamada AMO (simplemente OMA al revés). En la introducción de Content, la primera publicación conjunta de AMO y OMA, Rem Koolhaas describe el trabajo de AMO explicando que “cuando la arquitectura se libera de la obligación de construir, se convierte en una manera de pensar sobre cualquier cosa —una disciplina que representa relaciones, proporciones, conexiones, efectos, el diagrama de todo” (Koolhaas, et al, 2004, p. 20). Como director de AMO, de Graaf ha estado encargado de proyectos como Zeekracht: A Strategic Masterplan for the North Sea, Roadmap 2050: A Practical Guide to a Prosperous, Low-Carbon Europe y The Energy Report, a global plan for 100 percent renewable energy by 2050 (este último producido junto con el World Wildlife Fund).
Considerando su experiencia a la cabeza de AMO y su cartera de proyectos, no es de extrañar entonces que en las últimas páginas haga este llamado:
“Para seguir siendo relevante en la era del cambio climático, la profesión arquitectónica debe ampliar drásticamente su ámbito de actuación. Ya no puede permitirse ser un campo aislado dedicado exclusivamente a la creación de edificios; debe ocuparse de una escala que rara vez aborda. Las ciudades, las carreteras y las infraestructuras ocupan apenas entre el uno y el tres por ciento de la superficie terrestre. […] Ampliar nuestra intervención a la totalidad de la superficie de la Tierra implicará instar a la arquitectura a reinventarse como una disciplina completamente nueva. Debe evolucionar de ser un bastión introspectivo de individuos creativos hacia un campo de conocimiento integral: no ya un arte aplicado, sino una ciencia natural” (de Graaf, 2026, p. 215).
¿”Ciencia natural” o una “forma de política en derecho propio”? (Ambas, probablemente.) Al final, el libro tiene una vocación inequívocamente ética y esto siempre debe celebrarse. Más allá de declarar el fin de la arquitectura —¡la arquitectura ha muerto! (por irrelevante o inviable), un lugar común que cada generación desde los noventas insiste en repetir)—, nos invita a pensar en el fin de la arquitectura —¿cuál es el mayor bien que debe hacer la disciplina?—, y, aunque se quede corto en llamar al derrocamiento del sistema y celebrar la revolución, tal vez los cambios concretos que sugiere (que, dicho sea, son en sí ambiciosísimos) sean las primeras fichas de dominó que deben caer.
Referencias
Por ejemplo, a través de ideas como el diseño participativo, impulsado desde los setenta por arquitectos como el belga Lucien Kroll, el italiano Giancarlo De Carlo, y el inglés Walter Segal.
Uno se pregunta si el sesgo del autor en realidad lo hace confundir toda la arquitectura con la arquitectura corporativa.
En otros momentos, es febril y delirante como en el capítulo Unlearn Vitrivius, donde argumenta que, siguiendo las palabras de Buckmister Fuller, toda la arquitectura debe tender a lo efímero y, por tanto, las ciudades serán temporales como campamentos moviéndose, cambiando, desmantelándose y reconstruyéndose de un día a al siguiente (de Graaf, 2026, p. 204).
Una idea que la arquitecta belga Charlotte Malterre-Barthes ya había explorado desde hace más de media década (Malterre-Barthes y Jurcic, 2021).
Después de todo, ¿quién nos está hablando de jubilarse joven, administrar un taller como si fuera una cooperativa, sindicalizar a los empleados o hacer diseño participativo con comunidades locales? ¿Uno de los mismísimos socios de OMA, un despacho multinacional con más de 280 empleados trabajando con clientes en regímenes no democráticos en lugares como Rusia, China, o Arabia Saudita?
En 2010, de Graaf estuvo involucrado en la fundación del Instituto Strelka (mismo que suspendió labores desde el inicio de la guerra en Ucrania y quien fue dirigido por el teórico Benjamin Bratton de 2016 hasta 2022). Según su página de wikipedia, ahí impartió cursos sobre la planeación energética, la historia de las predicciones utópicas y el advenimiento de la megaciudad. En la Universidad de Pennsylvania, impartió una clase titulada “Megalopoli(tic)s”; en Harvard, “Phantom Urbanism” sobre las ciudades que nunca fueron habitadas, y, en el Berlage “Asset Class” donde investiga la relación entre la arquitectura y las finanzas (Wikipedia, 2026).
Aquí me gustaría recordar un ensayo del escritor Oscar Wilde titulado “El espíritu del hombre bajo el socialismo” publicado en 1891. Wilde, influido por los textos del geógrafo y proponente del anarcocomunismo Pyotr Kropotkin, hace una crítica a la idea de “caridad”. Bajo el capitalismo, en lugar de desarrollar nuestros verdaderos talentos, nos dedicamos a resolver los problemas ocasionados por el sistema económico sin llegar a atender su causa subyacente. “La gente que hace más mal es la que intenta hacer el mayor bien a la vez que preserva el sistema” (Wilde, 1891, p. 292). Es como si al encontrar a alguien secuestrado, en lugar de preguntarnos quién lo secuestró o cortar sus ataduras, nos preocupáramos por darle de comer. Volverse una fuerza para un bien mayor (más allá del bien que hace la arquitectura, por ejemplo, en su versión “social” o “comunitaria”) debe implicar necesariamente una meta que rebase el horizonte de posibilidades de nuestro imaginario político actual.
Bibliografía
Becerra, Jessika. (2024). «Estima Coneval 6.1 millones de viviendas deshabitadas.» La Jornada, 15 de octubre de 2024. [https://www.jornada.com.mx/noticia/2024/10/15/economia/estima-coneval-6-1-millones-de-viviendas-deshabitadas-7784]
De Graaf, Reinier. (2026). Architecture Against Architecture: A Manifesto. Verso.
Harvey, David. (2016). «Senior Loeb Scholar Lecture, Harvard University Graduate School of Design.» 28 de marzo de 2016. [https://davidharvey.org]
Koolhaas, Rem. (2004). Content. Taschen.
Malterre-Barthes, C., y Jurcic, R. (eds.). (2021). A Global Moratorium on New Construction. Swiss Institute of Technology Zurich
Wilde, Oscar. (1891). “The Soul of Man under Socialism”. Fortnightly Review vol. 49, no. 290: pp. 292–319.
“Reinier de Graaf” (Consultado el 16 de septiembre de 2026). En Wikipedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Reinier_de_Graaf_(architect)
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