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Yuri Zagorin / ZDA / 25: “La ciudad tiene la capacidad de hacernos mejores personas”

Yuri Zagorin / ZDA / 25: “La ciudad tiene la capacidad de hacernos mejores personas”

28 marzo, 2026
por Emiliano Muñoz Espinoza

Yuri Zagorin pensaba que sería diseñador, pero la vida lo llevó a la ciudad. Para él, esta relación es fundamental: no existe arquitectura sin ciudad. Hablar de lo arquitectónico como objeto aislado es renunciar al potencial transformativo que la disciplina posee. El exterior es parte integral del interior; la arquitectura constituye la ciudad. Separarlas es hacer una falsa diferenciación.

Esta convicción estructura todo su trabajo en ZDA. Editado por Arquine, su libro más reciente organiza esta idea en tres movimientos sucesivos: Objeto, Casa y Ciudad, y fue precisamente así como Zagorin estructuró su charla descendiendo desde lo íntimo hacia lo urbano, mostrando cómo cada escala contiene y habla con la siguiente. Lo hizo en la universidad Centro, donde también es un reconocido docente.

El primer movimiento fue el más íntimo. Rocas es un conjunto de objetos de madera recuperada de un proyecto anterior, fragmentos que el estudio guardó sin saber aún qué querían ser. A través de la maquetación, la experimentación y el juego, el equipo de diseño entró en un diálogo con el material mismo. No había plano preconcebido ni idea previa que acatar. Cada veta indicaba un camino posible; cada corte, una curva a seguir. El objeto no se adapta al usuario; le pide que se adapte a él. No es un asiento ergonómico. Es una declaración de principios: entender lo que se tiene, dejarse llevar por los deseos del material, y producir el mejor resultado posible sin vanidad ni preconcepción. Zagorin describió este proceso con una poesía contenida: el equipo simplemente se dejó llevar. En cada pieza de madera había una vocación latente, y la labor fue escucharla.

El segundo movimiento fue hacia la escala doméstica, pero con una estrategia completamente distinta. Casa Kiki originalmente fue un proyecto de especulación durante la década de 1920, cuando Lomas de Chapultepec y la Condesa representaban la novedad inmobiliaria de la ciudad. Lomas fue especialmente ambiciosa: exportaba sin crítica el esquema del suburbio ajardinado estadounidense, ese sueño aspiracional organizado alrededor del automóvil como el actor más privilegiado.

Décadas después, cuando ZDA se aproximó al proyecto, la estrategia fue clara: conversar primero con los antiguos dueños. ¿Qué mejores expertos que quienes la habían habitado como hogar durante años? Ellos conocían sus deficiencias, sus áreas de oportunidad, los secretos que solo el tiempo en un lugar revela.

La intervención suma apenas cien metros cuadrados al original. Ochenta de ellos fueron dedicados exclusivamente a sostenibilidad: captación, almacenamiento y purificación de agua pluvial. Pero el corazón del proyecto es otro: el vestíbulo de bienvenida, completamente reimaginado. Con una escalera nueva y un óculo cenital que derrama luz, junto a un ícono vegetal, se convirtió en un espacio que invita a la permanencia, dotado de un aura única. Se reasignaron usos inteligentes a espacios que estaban subutilizados según su asoleamiento y ventilación. Para Zagorin, esto no es accidental. Una mejor arquitectura siempre es sensible al paisaje, a la luz. Estos elementos parecen sutiles, pero son los que realmente definen la maestría en lo espacial.

El tercer movimiento fue hacia la escala urbana, donde los intereses más latentes de Zagorin convergieron: vivienda digna, accesible y de calidad arquitectónica. Etre es un desarrollo residencial en una zona previamente industrializada, un lugar donde la infraestructura y conectividad existentes ofrecían una oportunidad. No es un proyecto aislado, sino una propuesta de regeneración urbana donde la arquitectura no está separada de la ciudad, sino tejida con ella.

Los volúmenes se escalonan según la normativa urbana, y el uso mixto genera actividad en planta baja con espacios comerciales flexibles y abiertos. Incluso el estacionamiento subterráneo es público, abriendo a la ciudad un espacio comúnmente transitorio. Es un gesto que revela la filosofía: estos sótanos no son más que depósitos temporales de vehículos durante horarios laborales. ¿Por qué no hacerlos permeables?

Aquí resalta otra convicción crucial: las amenidades de ZDA no son las áreas de lujo que ofrecen otros desarrolladores. Zagorin las llamó acertadamente "cunas de malentendidos vecinales"—espacios frecuentemente subutilizados, ineficientes, que encarecen el mantenimiento sin agregar valor real: gimnasios que no funcionan, calderas de albercas que generan gastos excesivos. En su lugar, ZDA propone algo más humano: terrazas amuebladas y espacios de reunión que promueven la cohesión social genuina en los conjuntos residenciales.

Durante la ronda de preguntas, Zagorin profundizó en los principios que sustentan todo esto. La filosofía de ZDA se condensa en ideas simples pero de impacto progresivo: poner la ciudad primero y cuestionar honestamente cómo nuestros edificios pueden promover u obstaculizar una ciudad mejor. Hacer, ante todo, una mejor banqueta.

Un edificio de viviendas es, de cierta forma, una pequeña ciudad. Y aunque la ciudad no se diseña como la arquitectura —no es una arquitectura grande—, cada proyecto tiene la capacidad de sugerir mejores modelos urbanos. Por eso Zagorin deliberadamente no trabaja en áreas que él identifica como anti-ciudad: zonas que dificultan la cohesión social y comunitaria, espacios que promueven el aislamiento.

Esta postura recuerda la metáfora del explorador: al acampar, no solo se deja el paisaje como se lo encontró, sino que se intenta mejorarlo. En ciudades como la nuestra, esto puede lograrse con elementos sutiles —mobiliario, vegetación, luz—. No podemos hacer magia, reconoce Zagorin, ni recrear los megaproyectos de Mario Pani, uno de sus referentes históricos, cuyo Nonoalco Tlatelolco transformó la ciudad pero también implicó procesos complejos de reubicación. Pero sí podemos densificar estratégicamente zonas cercanas a núcleos laborales y de servicios, revirtiendo de a poco décadas de expansión horizontal sin planeación que condenan a ciudadanos a traslados de horas.

La vivienda asequible no la genera el mercado, afirma Zagorin: requiere planeación e inversión estatal. Ciudades como Viena lo demuestran, señala, con regulación fuerte y amplia oferta pública de vivienda.

Zagorin cerró su presentación con una reflexión que resonó en la sala: debemos aprender a vivir con otros, a escuchar genuinamente. A menudo, las mejores soluciones no se hacen de tabique y mortero, sino con lazos comunitarios fuertes. La ciudad es el elemento que nos une a todos; nosotros los arquitectos tenemos una responsabilidad especial. Con cada proyecto podemos contribuir a un mejor hábitat.

Antes de terminar, agradeció a su equipo de trabajo por veinticinco años de historia en ZDA, a su familia y a sus amigos. Y entonces expresó la convicción que guía todo su trabajo: "Creo firmemente que la ciudad tiene la capacidad de hacernos mejores personas."

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