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Columnas

Viajes con Teodoro

Viajes con Teodoro

20 junio, 2016
por Miquel Adrià | Twitter: miqadria | Instagram: miqadria

“El paisaje urbano de la Ciudad de México está punteado por las obras singulares de Teodoro González de León. Sus bancos, delegaciones, museos y corporativos han contribuido a definir el tejido urbano de buena parte de la capital y también de la República. Próximo al modelo renacentista que heredó de Le Corbusier, González de León no sólo es arquitecto, urbanista, pintor y escultor, sino también es un promotor de la arquitectura entendida como fenómeno cultural. La monumentalidad y contundencia de buena parte de su obra pública llegó a identificarse con el poder, generando una ambivalente reacción de admiración y rechazo entre las generaciones posteriores. Su carácter universal lo proyecta en la estela de los grandes creadores mexicanos que supieron ser modernos y comprometidos con su tiempo sin constreñirse al ámbito nacional.

Su lenguaje se vincula al uso del concreto aparente como único material, que en distintas ocasiones el arquitecto justificaría por su maleabilidad, economía y poca sofisticación constructiva, aunque su uso venía precedido por experiencia como residente de obra en la Unité d’Habitation de Marsella, perpetuándolo hasta nuestros días, cuando las condiciones que lo fundamentaron son ya muy distintas. La plasticidad y la abstracción que le han permitido pasar del proyecto a la obra sin solución de continuidad, justificaría por si solo el uso del concreto aparente.”

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Podría seguir con este texto con que empiezo la Guía de Arquitectura de Teodoro González de León (Arquine, 2016) o bien citando a Juan Villoro, leído el 10 de junio con motivo del homenaje que se le hizo al único arquitecto que actualmente es miembro del Colegio Nacional y publicado íntegramente aquí:

“La gran arquitectura se sustrae al flujo del tiempo en un doble sentido; expresa una época y detiene la mirada, pide ser vista con una atención que pasa del conjunto al fragmento y aprecia la existencia del detalle. La categoría que mejor explica esta experiencia es la de «ruina». Desprovista de su función original, la construcción que sobrevive como resto de sí misma no pide otra cosa que ser notada. Las edificaciones de Teodoro González de León se alzan como una reflexión sobre los usos del tiempo. Alejandro Rossi señaló con acierto «su capacidad de respuesta inmediata»; su excepcional concentración artística, «como si nunca estuviera distraído». Asociamos el estado de alerta con el cazador furtivo, el neurocirujano, el ajedrecista, el piloto en turbulencias. La arquitectura parece reclamar otro carácter; el reposado estudio de los materiales y la confianza en que habrán de perdurar. Gran conversador, González de León repudia la perorata y el tono impositivo; sabe escuchar y prefiere que sea el otro quien lo lleve a un tema decisivo. En cuanto toma la palabra, es breve y certero. Sus argumentos tienen filo, pero su velocidad de respuesta no depende de ocurrencias ni corazonadas, sino de reflexiones que vienen de lejos y llegan en el momento justo.”

Sin embargo, lejos de una hagiografía más en este año de celebraciones por el 90 aniversario del arquitecto, prefiero recordar ese libro maravilloso de Ryszard Kapuscinski, Viajes con Herodoto (donde el aprendiz de periodista viaja simultáneamente a los conflictos bélicos de mitad del pasado siglo y a las guerras entre persas y griegos de dos mil quinientos años antes) y contar unos viajes recientes con Teodoro por ciudades que parcialmente le pertenecen, donde ha vivido, y que albergan sus experiencias recientes y sus recuerdos de antaño.

Un par de meses atrás pregunté a Teodoro González de León donde pensaba celebrar su noventa aniversario (nació el 29 de mayo de 1926) y me confesó que en San Petesburgo. Con un documental sobre su trayectoria profesional en curso me pareció oportuno colgarme de su agenda e interceptarlo en sus escalas para recorrer por su memoria, desde París de 1949 hasta Nueva York de nuestros días. Así, nos encontramos con Teodoro y su esposa Eugenia en París y visitamos bajo la lluvia el taller de Amédée Ozenfant mutilado y comimos en la brasserie Lipp. En la Sainte Chappelle, Teodoro maravillado, hizo que nos maravilláramos como él, que prestáramos la atención necesaria a los vitrales y nos abstrayéramos del gentío. En el apartamento de Le Corbusier del edificio Molitor recordó donde estuvo instalado un mes dibujando las cancelerías de madera que sustituirían a las originales de hierro podrido. En medio de la sala del estudio recordó desde donde veía el rincón en que Le Corbusier escribía y, siguiendo sus movimientos y sus costumbres, rastreaba los objetos –piedras y huesos- que coleccionaba. Evocó también la presencia discreta de Yvonne, la esposa de su mentor, que ya cojeaba por aquel entonces. Y las pocas veces que fue desde el apartamento al Taller de la rue de Sevres 35 con Le Corbusier en su convertible verde, dando un rodeo para hacerle descubrir al joven arquitecto mexicano, cómo se abría la ciudad al llegar al Sena. Las otras veces caminaba por en medio de las calles en una ciudad posbélica, sin coches.

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Visitamos la Fundación Le Corbusier en las casas La Roche Jeanneret, donde su director, Michel Richard, nos esperaba para conducirnos por los espacios canónicos de la modernidad, dejándonos asomar entre bambalinas a la alacena y a la azotea. En el viaje a Marsella en el Tren a Gran Velocidad, hizo gala de su memoria providencial a la que le sigue exigiendo nombres y fechas, a veces golpeándose la frente con los nudillos o las yemas de los dedos. William Curtis (crítico de arquitectura británico instalado en el suroeste francés, autor de destacados libros sobre Le Corbusier así como de un texto introductorio al libro Teodoro González de León, obra reunida, que publiqué en 2014, 2010 y de próxima redición) se unió al equipo para dialogar con Teodoro en los pasillos públicos del tercer nivel de la Unité d´Habitation, en la azotea jardín y entre los pilotis colosales que levantan el edificio. Teodoro mencionó una anécdota a propósito del primer pilotis, cuando visitó la obra con George Candilis para asistir al desencofrado: viendo la mala calidad del concreto descimbrado, los jóvenes pasantes —con las obras puristas de años antes en mente—, informaron a Le Corbusier a su llegada a la obra y éste, en silencio, rodeó la enorme columna y, maravillado, se dirigió al constructor italiano que la llevó a cabo para felicitarlo: “bravo, esta debe ser la expresión del beton brut, del concreto aparente.

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Ahí nos dejaron Eugenia y Teodoro. Y ahí dormimos en clave Modulor a riesgo de caernos de la cama. Se fueron a San Petesburgo en lo que nos perdimos por la Bienal de Venecia y por la Ciudad de México, para reencontrarnos unos días después en Nueva York. Teodoro llegó fascinado de su nueva lectura de San Petesburgo, que había visitado unos meses antes, habiéndose quedado con el pendiente de conocer la ciudad actual, más allá del centro histórico. Nos contó de su músculo industrial y sobre todo de Carlo Rossi, un arquitecto ruso de ascendencia italiana que –según Teodoro— supera a Karl Fredrich Schinkel como arquitecto neoclásico, en la medida que más allá de sus excelentes edificios, hizo ciudad, completando episodios urbanos. En Nueva York quisimos ver lo que Teodoro ve desde su ventana. En México es autorreferencial y vive viendo su patio y sus formas. En su departamento neoyorkino ve la calle, el cityscape, y lee su historia. Paseamos hasta el Lincoln Center, consultamos el programa de ópera, de música contemporánea, y se acordó de Pierre Boulez, ese compositor que tanto le costó entender y que ahora aprecia más que a ningún otro. Comimos en sus lugares de nuevo —en el Ciriani de West Broadway— y paseamos por el SoHo para reconocer un retablo de ciudad hecha de acero, de columnas y trabes de fierro fundido a pocas cuadras de donde se armó. Con prudencia le pregunté si quería ver Manhattan desde el cielo y me confesó que nunca había sobrevolado Nueva York en helicóptero. Lo pensó y se animó. La curiosidad le pudo. Al día siguiente me confesó que no durmió con el vuelo dando vueltas por su memoria: entendió Manhattan como la isla que es, tupida y densa con edificios clavados como dardos en una roca, donde un tapete verde, perfecto, es la excepción. Tal como lo contaba me remitía a los dibujos de Rem Koolhaas en Delirious New York.

Visitamos el MoMA, templo de referencia obligada, del que Teodoro identifica cada etapa del edificio y cada autor. Platicamos con Barry Bergdoll —el curador de arquitectura de MoMA— sobre el museo, de Taniguchi, de arte y, finalmente, de arquitectura, de lo que representa Teodoro González de León dentro de la arquitectura latinoamericana y universal a propósito de la exposición Latinamerican architecture que se llevó a cabo en el MoMA, del hallazgo del plano de Ciudad Universitaria que todos mencionábamos pero que nadie había visto y que algunos dudaron de su existencia. Teodoro apuntó: “estaba muy bien trazado, yo lo dibujé. Todavía dibujo bien.”

Me podría extender con más detalles y anécdotas y aún así confirmaría lo que me dijo Benjamín Romano: “por muy buen narrador que seas no vas a poder compartir todo lo que viviste.” Sin embargo, sirvan estos apuntes para corroborar más allá de mi profunda admiración y cariño a Teodoro, una pequeña muestra de la vitalidad, el entusiasmo y la curiosidad de este joven arquitecto.

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