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Columnas

Variación y selección: arquitectura y evolución

Variación y selección: arquitectura y evolución

27 diciembre, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

Tras haber sido retrasados un par de ocasiones por fuertes ventarrones del suroeste, el barco de Su Majestad Beagle, un bergantín de diez cañones comandado por el capitán de la Armada Real FitzRoy, zarpó de Devenport el 27 de diciembre de 1831. El objetivo de la expedición era completar la exploración de la Patagonia y de la Tierra del Fuego, llevada a cabo por el capitán King entre 1826 y 1830, para explorar los puertos de Chile, Perú y algunas islas del pacífico y realizar una serie de mediciones cronométricas alrededor del mundo.

Charles Darwin, quien escribió lo anterior en El viaje del Beagle, tenía 22 años cuando FitzRoy lo invitó a sumarse a la expedición, que regresó a Inglaterra el 2 de octubre de 1836. En la introducción a El origen de las especies por medio de la selección natural de la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, publicado en 1859, Darwin escribe que al estar a bordo del H.M.S.Beagle como naturalista, le sorprendieron “ciertos hechos en la distribución de los organismos que habitaban Sudamérica y de sus relaciones geológicas entre el presente y el pasado de los habitantes de ese continente.” Pensó entonces que esos hechos podrían “arrojar alguna luz sobre el origen de las especies: el misterio de misterios. Fue así que llegó a su conocida teoría y sus dos componentes básicas: la variación en los organismos y la selección natural de los más aptos o, más bien, los mejor adaptados (fittest).

En 1946 el filósofo francés Georges Canguilhem dio una conferencia en París titulada Le vivant et son milieu. Iniciaba diciendo que “la noción de medio se está convirtiendo en un modo universal y obligatorio para entender la experiencia y la existencia de los seres vivos y se podría casi hablar de su constitución como una categoría del pensamiento contemporáneo.” Para Canguilhem dicha noción empieza a construirse a partir de Newton, en la física, quien no le llama medio sino éter: aquello que permite la comunicación de las fuerzas y sus efectos por un espacio que, por tanto, no se concibe como vacío. De la física, la noción de medio pasó a la biología y luego a la sociología, la antropología, la historia y a ser, como apuntó Canguilhem, una categoría del pensamiento contemporáneo que supone que no se puede entender a ningún organismo, biológico o social, separado de las fuerzas que lo condicionan: su medio. En arquitectura, la idea de función y la convicción de que el espacio puede tener ciertos efectos sobre el comportamiento de quienes lo ocupan, son unos de tantos efectos de plantear la imposibilidad de entender a un organismo sin entender su medio. Al explicar la noción de medio para Darwin, Canguilhem vuelve a aquellos dos componentes de su teoría de la evolución:

Darwin busca la aparición de formas nuevas en la conjunción de dos mecanismos: un mecanismo de producción de diferencias, que es la variación, y un mecanismo de reducción y crítica de esas diferencias producidas, que es la lucha por la vida y la selección natural.

En 1958, casi cien años después de la publicación de El origen de las especies de Darwin, otro filósofo francés, Gilbert Simondon, publicó una de sus dos tesis de doctorado, titulada Del modo de existencia de los objetos técnicos. Simondon empieza planteando una diferencia entre los objetos técnicos abstractos —el diagrama de un motor, por ejemplo— y los objetos técnicos concretos —la serie de diversos motores posibles que pueden construirse a partir del mismo diagrama. En el paso de lo abstracto a lo concreto, los objetos técnicos se convierten en mecanismos orgánicos cuyas partes se ajustan o adaptan en relación a las funciones del objeto técnico respondiendo a un medio. “El uso, dice Simondon, reúne estructuras y funciones heterogéneas bajo géneros y especies que sacan su significado de la relación entre esas funciones y otra: la del ser humano en acción.” Como los organismos vivos, los objetos técnicos no surgen por generación espontánea sino que evolucionan a partir de otros anteriores. A diferencia de los organismos vivos, en los objetos técnicos se pueden dar híbridos entre especies distintas con mucha facilidad. De hecho, es la forma más común de evolución técnica: un radio se cruza con un proyector de cine y surge una televisión, luego la televisión se cruza con un telégrafo y una máquina de escribir y surge una computadora personal, que combinada con un teléfono cruzado con un radio —el teléfono móvil— produce un teléfono inteligente.

A esos procesos Simondon los califica como convergentes, mientras que los objetos técnicos que así se generan resultarán funcionales si son consistentes. Para Simondon, la relación de los objetos técnicos con el medio no es meramente de adaptación sino más compleja: “la adaptación-concretización es un proceso que condiciona el nacimiento de un medio en lugar de ser condicionado por un medio dado; está condicionada por un medio que no existe más que virtualmente antes de la invención.” Por tanto, se puede decir que entre el objeto técnico y su medio se da una relación de coproducción. El que los objetos técnicos tengan una génesis, una evolución y una relación compleja con su medio, implica para Simondon que “un cambio demasiado rápido es contrario al progreso técnico, pues impide la transmisión, bajo la forma de elementos técnicos, de lo que una época ha adquirido a aquella que le sigue.” Para que realmente haya progreso técnico, agrega Simondon, “hace falta que cada época pueda darle a la que le sigue el fruto de su esfuerzo técnico.”

Pensadas desde la arquitectura —asumiendo que de algún modo también produce objetos técnicos—, la variación y la selección se pueden entender de dos maneras. Primero como un proceso “creativo”: la ya muy vista fotografía con la mesa llenas de variaciones a una propuesta o de cientos, acaso miles de diagramas e imágenes producidas mediante la computadora. En muchos de esos casos se trata más de variedad que de variaciones algo así como una revista musical en vez de una serie de estudios de Bach— y la selección está lejos de ser el mecanismo de reducción y crítica de las diferencias producidas del que habló Canguilhem. Pero hay algo más: sean organismos vivos u objetos técnicos, la evolución es algo que se da en una población o dentro de una serie y en relación a un medio, no puede haber evolución o progreso técnico si sólo se atiende un caso. Esa temporalidad del progreso o la evolución implican, también, como apuntó Simondon, un ritmo o una cadencia: demasiado rápido, el cambio rompe la serie e impide que puedan ofrecerse al futuro los frutos del esfuerzo técnico. La obsesión por lo nuevo, lo inédito, lo original y lo irreplicable, termina en el fondo no por abonar sino por estorbar al progreso o la evolución.

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