Columnas
El futuro será obsoleto
Una de las preguntas más repetidas que emergen del convulsionado pasado inmediato es cuál será el futuro de la arquitectura. [...]
8 abril, 2013
por Ethel Baraona y Cesar Reyes
Las formas orgánicas resultantes, en consonancia con la exuberancia del entorno, aparte de un origen mediterráneo, se adaptaban muy bien a la búsqueda de la cubanidad, esa identidad revolucionaria que fuera reflejo de la visión de cambio que prometía la Revolución. La técnica requiere un uso intensivo de mano de obra calificada, lo que en principio fue factible por una población contagiada del espíritu utópico y dispuesta a construir con sus propias manos la Revolución. Por otra parte, constituye una técnica propia del maestro constructor y no del ingeniero. De hecho, a excepción de Bonet y Sacriste en Argentina o Eladio Dieste en Uruguay, son pocos los arquitectos o ingenieros familiarizados con este sistema constructivo. La radicalización ideológica de los años siguientes constituyó la sentencia y condena para las escuelas. En un entorno político que cada vez seguía más de cerca las directrices señaladas desde la Unión Soviética, donde la estandarización para garantizar las soluciones constructivas en masa era la norma. La rigidez formal y tipológica resultante chocaba frontalmente con la riqueza formal de las escuelas. Y pese a que las diferencias con los proyectistas eran ideológicas, los argumentos contra las escuelas fueron de tipo técnico y estético: resultado del desconocimiento de un sistema constructivo que los ingenieros del Ministerio de Construcción (Micons) tacharon de inseguro y representativo de la arquitectura capitalista que ensalzaba la individualidad y el monumentalismo, lo que las alejaba del espíritu de la Revolución.
Las escuelas fueron abiertas en 1965, con la consecuente suspensión de los trabajos aún pendientes. Su abandono se acentuó a medida que se potenció la hegemonía de sistemas prefabricados, y su uso y mantenimiento ha ido menguando hasta llegar a nuestros días como la materialización de un paisaje de Piranesi. Esta historia ha sido rescatada por la provocadora investigación de Loomis, que vuelve a poner las Escuelas de Arte en el foco de atención de investigadores e instituciones que velan por la conservación de edificios importantes por su singularidad en la historia de la arquitectura. A tal punto que, en fechas recientes, el bailarín Carlos Acosta y el arquitecto Norman Foster organizaron una actividad conjunta destinada a recaudar fondos para finalizar el proyecto de la Escuela de Ballet, diseñada por Garatti. Mientras los expertos e ideólogos se encargaban de las regulaciones, las escuelas fueron abrazadas por un entorno natural que ha provocado una simbiosis, devorándolas en una danza perfecta entre creatividad, ingenio, materialidad y naturaleza.
*Texto publicado en Arquine No.62 | Infraestructura cultural | "Utopía y realidad en las escuelas de arte de Cuba"
© Paolo Gasparini
Una de las preguntas más repetidas que emergen del convulsionado pasado inmediato es cuál será el futuro de la arquitectura. [...]