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Columnas

Una esperanza para el arroyo de Atemajac

Una esperanza para el arroyo de Atemajac

21 junio, 2015
por Juan Palomar Verea

Publicaado originalmente en El Informador

De una decisión depende tanto: seguir con el modelo urbano depredador del territorio o comenzar a reparar más de un siglo de errores. Desde que a principios de la centuria pasada se tomó la desafortunadísima decisión de entubar el río de San Juan de Dios hemos estado en las mismas: convertir los cauces naturales en albañales pestilentes y taparlos. O aplanar salvajemente el terreno y borrar todo escurrimiento de agua en beneficio de la especulación inmobiliaria.

El resultado está a la vista: inundaciones, grave pérdida en biodiversidad, generalizado deterioro ambiental. Y múltiples oportunidades desperdiciadas. Volvamos al arroyo de Atemajac. Nace en el surponiente de la mancha urbana tapatía, confluye –junto con el arroyo de la Campana– en las inmediaciones de los Colomos, sigue a cielo abierto por el trazo de la avenida Patria (y más bien es al revés), se entierra bajo Plaza Patria (inexplicable e increíblemente construida sobre el cauce mismo), emerge después de Ávila Camacho en donde sus aguas se unen a las del arroyo de la Barranca Ancha que antes cruza el Country, sigue por Patria sobre un lecho artificial de piedra; y finalmente, después de cruzar la avenida del Federalismo norte sigue a cielo abierto hasta cruzar el Periférico y desembocar en una ramificación de la Barranca de Oblatos (junto a la desembocadura del río de San Juan de Dios).

A lo largo de este trazo, el corredor ambiental que significa el arroyo tiene el potencial de beneficiar (o afectar) a centenares de miles de habitantes. Por años, la miopía secular pidió a gritos “entubarlo” y condenar así uno de los últimos rasgos geográficos originales de este valle. De un plumazo se borraría así, también, un importante elemento físico para el desarrollo histórico de Guadalajara: no olvidemos que esa corriente natural dio origen a mediados del siglo XIX a las fábricas de Atemajac, El Batán y La Experiencia, precursoras de la industrialización de la región, y del país.

Por fortuna, las autoridades estatales y federales concernidas parecen haber encaminado bien la solución al actual problema de inundaciones y contaminación que afecta al arroyo de Atemajac. Esto es, respetar el cauce a cielo abierto y convertir su trazo en un corredor fluvial natural de agua limpia y al mismo tiempo en un parque lineal intensamente vegetado y de gran impacto social e importancia ambiental. Las aguas negras correrán por colectores paralelos para ser saneadas en la planta de Agua Prieta. Esta idea, impulsada por muchos años desde distintas personas e instancias, parece al fin cristalizar. Es algo, sin duda, para felicitarnos.

En el proyecto en cuestión, ciertamente de gran complejidad, están empeñados dos de los profesionales urbanos más respetados de nuestro medio: el arquitecto José Pliego (arquitectura urbana y paisaje) y el ingeniero Fernando Rueda (aspectos hidráulicos). Así como deben ser criticados los errores y los aspectos negativos de las autoridades, esta vez es de aplaudir calurosamente este histórico cambio de actitud frente al medio ambiente, y en particular frente al tratamiento de nuestros cauces naturales. Larga vida al arroyo de Atemajac, que encuentra al fin una oportunidad de sobrevivir en beneficio de la ciudad. Y ojalá que sea el principio de otras acciones equivalentes, como la que espera el Arroyo Seco, al sur de la mancha urbana, por ejemplo.

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