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Columnas

Una arquitectura doméstica posible

Una arquitectura doméstica posible

9 septiembre, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

Hay casas de constructores y casas de arquitectos. Eso al menos decía Roger Fry. “No es que los constructores que especulan no empleen arquitectos, pero generalmente usan arquitectos que se borran detrás del convencionalismo mortal y de la asombrosa fantasía de sus fachadas.” El texto de Fry, titulado A Possible Domestic Architecture, fue publicado originalmente en la revista Vogue en 1918 y después incluido en su libro Visión and Design, de 1920. Fry, pintor y crítico de arte, nació en Londres el 14 de diciembre de 1866. Estudió en Cambridge y después viajó por Francia e Italia para estudiar arte. En 1910 Clive y Vanessa Bell lo introdujeron al Bloomsbury Group, al que pertenecían intelectuales y artistas como John Maynard Keynes, E.M.Forster y la hermana de Vanessa Bell, Virginia Woolf, quien escribió una biografía de Fry. Woolf cuenta ahí que, hasta 1920, Fry había publicado muchos artículos pero sólo un libro —sobre Giovanni Bellini en 1899. “Mi noción de hacer un libro —dijo Fry según Woolf— es tirar viejos artículos en un cesto y agitarlo.” Aunque influenciado por el movimiento Arts and Crafts y por los escritos de Ruskin, a principios del siglo XX ya escribía a favor de una arquitectura utilitaria que se basara en la belleza de la ingeniería y no en los estilos históricos usados como disfraces sobre una estructura funcional.

En su texto sobre las casas de arquitecto y las de constructor, Fry escribe que si las primeras responden generalmente al deseo de un caballero que busca un carácter distintivo para su casa, las del constructor son “como la ropa de las clases medias bajas: una imitación de la ropa del caballero pero tarde y con materiales baratos.” Esas casas se compran porque lo usual es comprarse una casa, pero “nadie las disfruta y nadie las admira.” Las casas para caballeros, en cambio, han sido pensadas con dedicación para darles su carácter distintivo. Aunque tal vez en exceso: demasiado conscientes de su aspecto social, de cómo se ven, no para quienes las viven sino para quienes las visitan, a costa de “un gran despliegue de costosa masividad y profusión.” Son, esas casas de caballeros, casas en busca de un estilo y el estilo, dice Fry, que es una cosa admirable cuando es el resultado de la comodidad y la coherencia, cuando es un estilo prestado es parte de “una exagerada consciencia social que en otros aspectos se manifiesta como esnobismo.”

Esta comparación entre vestido, moda y arquitectura, acerca las ideas de Fry a las de su contemporáneo, Adolf Loos. En otro texto titulado Herejías arquitectónicas, Fry escribe: “hemos sustituido el arte de la arquitectura por el arte de vestir los edificios a la moda.” Como Loos, Fry también articula una especie de protofuncionalismo. “Qué pasaría, escribe, si la gente dejara que sus casas fueran el resultado directo de sus necesidades reales, de su modo real de vivir, y dejaran que los otros pensaran lo que se les dé la gana.” Esas casas, agrega, “en vez de verse como algo, serían algo.” Fry afirma que esto no es sólo culpa del arquitecto sino de las circunstancias: “la arquitectura es un arte social, no individual. Requiere para su realización del concurso y el acuerdo en un momento dado de un grupo de personas.”

¿Hay algo entre las casas que son pura apariencia y presunción —las de los ricos— y las que las imitan —las de las clases medias? Fry puso a prueba sus ideas cuando se construyó su propia casa. El problema, dice Fry, era que a su bolsillo no le alcanzaba lo que su gusto dictaba. O se hacía el su propia casa o se quedaba con las ganas de tener una. Optó por lo primero. Decidió la distribución y el tamaño de las habitaciones, la altura de los cuartos y la forma y disposición de las ventanas y las puertas. “Hasta ahí el problema no era de arquitectura —dice—, sino de resolver las necesidades personales y los hábitos y de costo. Y si alguna arquitectura hubo —agrega—, debió, pienso, resultar directamente de la solución de esos problemas.” Fry agrega que “la parte artística o arquitectónica de esa casa se limitó simplemente a la cuidadosa elección de las proporciones dentro de un límite fijo definido por las necesidades y no se dedicó ni tiempo, ni dinero ni pensamiento a darle a la casa la apariencia de algún estilo.” Simplemente. Para hacer esas piezas de arquitectura doméstica honesta y genuina “no se requiere genio y ni siquiera un talento extraordinario.” La arquitectura doméstica que imagina Fry es funcional y bella a la vez gracias a cierta “indiferencia social al esnobismo de parte del propietario” y a cierto “sentido de la proporción y los valores plásticos de parte del artista que diseña la casa.”

Roger Fry murió en Londres el 9 de septiembre de 1934.

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