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Taxonomía arquitectónica

Taxonomía arquitectónica

15 octubre, 2015
por Pedro Hernández Martínez | Twitter: laperiferia | Instagram: laperiferia

“Estos edificios de acero eran pura economía […] estaba claro que iban a transformarse y que finalmente se demolerían a medida que los métodos industriales se mejoraran. Las fabricas, que no fueron construidas para el futuro, son como grandes ferias de atracciones, compuestas de edificios que pueden ser desmontados rápidamente […] Lo que nos atraía es que puedes ver los experimentos”

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El pasado 10 octubre de 2015 falleció la fotógrafa Hilla Becher. Nacida en Berlín en 1934, antes fue conocida como Hilla Wobeser pero cambió su apellido al casarse con Bernd Becher el 14 de marzo de 1961, con el que había comenzado a trabajar apenas cuatro años antes. Bernd murió en 2007; ese fue el final de una carrera que les había mantenido juntos durante más de 50 años –sin poder desvincular nunca sus nombres. La suya fue una de las más prolíficas carreras de la arquitectura del siglo XX, que influyó en otros fotógrafos como Thomas Ruff, Thomas Struth, Candida Höfer y Andreas Gursky, todos –a su vez– estudiantes de la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf.

Heredera de la nueva objetividad alemana de la década de los 20, la obra de Hilla y Bernd estaba enfocada en la arquitectura. No una grandilocuente –aunque si imponente– sino una anónima. En un momento en que la fotografía de arquitectura se centraba sobre los grandes héroes de la modernidad, con sus edificios triunfantes, los Becher tornaron su mirada hacia la arquitectura industrial, una arquitectura extraña en el paisaje, casi siempre con gran presencia sobre el mismo a la que no se atendía mucho, que debía ser, forzosamente sacada del marco. Esa era, además, una arquitectura condenada a desaparecer en el olvido, debido a que su vida útil se limita a la aparición de nuevas técnicas o necesidades funcionales. Cuando una parte o la totalidad de estas construcciones ya no resulta operativa, se sustituye por otra, más nueva y mejor. una arquitectura donde la estética de la máquina –aquel sueño de Le Corbusier– se potenciaba al máximo. La arquitectura industrial carece, en principio, de sentido estético. Es el ojo del que mira el que es capaz de ver valor en ella. De ahí la necesidad de congelarlas con la cámara: sacarlas del olvido y reconstituir su valor.

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El siglo pasado tuvo un importante desarrollo industrial. Se crearon fábricas, cambiaron los perfiles de las ciudades y los modos de vida. Capturar el origen de todo aquello fue el propósito de la pareja de fotógrafos, y así, durante cinco décadas, se dedicaron a fotografiar esos extraños objetos que se erigían sobre el paisaje: depósitos de agua, torres de refrigeración, silos, altos hornos y demás naves industriales.

Su técnica era sencilla: colocaban la cámara centrada a la altura de la mitad del edificio y evitando cualquier deformación. Una vez dispuesta se tomaba una fotografía en blanco y negro, sin mayor efecto de cámara que una larga exposición y una gran profundidad de campo que otorgue la máxima nitidez. Un gesto traía dos consecuencias principales, de una parte, elimina cualquier presencia humana, de otra permite igualar sombras y eliminar cualquier efecto dramático que pudieran dar las nubes. Las fotos eran, además, realizadas en momentos en los que no existiese una iluminación excesiva, generalmente en invierno cuando la luz es difusa y los cielos más homogéneos. Este proceso actuación fue usado de forma reiterada a lo largo de los años y en múltiples ocasiones.

Contenidos en los límites que les otorgaba esta canónica e impasible técnica fotográfica, construyendo un trabajo de corte estrictamente documental que contiene gran parte de las características del lenguaje más clásico de la fotografía arquitectónica como son el uso de la vista frontal o la importancia del objeto aislado frente a cualquier figura que lo habite. Su trabajo era exhibido en distintas series o retículas que permiten comparar formalmente los edificios retratados, dando lugar a un ejercicio que se mueve constantemente entre la repetición y la diferencia, como si de una taxonomía científica o registro arqueológico (industrial) se tratara: una clasificación o inventario de posibles especies arquitectónicas que se multiplican y repiten en el espacio y el tiempo y de las que, gracias a esa múltiple comparativa, podemos sacar sus rasgos definitorios.

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