31 julio, 2026
por Alejandro Zaera-Polo
Cayambe
Sr. ministro, empieza usted con una premisa impecable: hay decisiones que no se someten a votación. Nadie plebiscita la capacidad de un puente ni la estabilidad de una presa. Como ingeniero, lo sabe. Como ministro, permitió que una votación en línea de unas cincuenta mil pulsaciones, ponderada al 15 %, desplazara el veredicto de un jurado técnico internacional sobre una inversión de cien millones de dólares. Efectivamente, la participación ciudadana jamás puede estar por encima de la funcionalidad técnica, pero eso es exactamente lo que ha ocurrido en el concurso del MuNa.
Es una lástima que no esgrimiese sus argumentos dentro del jurado, donde usted figuraba como delegado técnico del presidente, en lugar de intentar cambiar el orden de las propuestas sin ninguna explicación, meramente en virtud de su autoridad. El conflicto no ocurrió entre la ciudadanía y los expertos, sino entre una administración sentada dentro del tribunal, a la que no le gustó el fallo de los técnicos, que se negaron a aceptar las imposiciones del gobierno. No les quedo otra opción sino dinamitar el proceso desde arriba.
Permítame ir al fondo de la cuestión, que no es administrativo sino disciplinar. Aunque entienda usted también de física de la construcción y cálculo, este es mi oficio, no el suyo. Y se mucho mas de esto que usted, el presidente y la vicepresidenta juntos. Decidir qué debe ser un museo nacional hoy es una cuestión de historia y de teoría de la arquitectura y requiere un conocimiento que no se imparte en las disciplinas de ingeniería, ni se difunde en las redes.
Empecemos por el concepto que vertebra sus reflexiones, que es totalmente ajeno a su disciplina pero no a la mía: la arquitectura icónica, que engloba los edificios concebidos antes como imágenes que como espacios, tectónicas, experiencias o instrumentos de la comunidad. La arquitectura icónica es un cliché de los años noventa que Charles Jencks diseccionó en su libro “The Iconic Building” en 2005, relatando el poder del signo enigmático sin determinación funcional en el diseño de edificios… y la larga galería de los stillborn icons, los íconos que nacen muertos, y el pésimo ratio de éxito de una arquitectura hecha desde la imagen exterior.
La disciplina lleva un cuarto de siglo saliendo de ese callejón, y lo ha hecho a través de todas las puertas viables, que un ingeniero no tiene por qué conocer, pero un jurado de arquitectos conoce bien: la fenomenología —el edificio que se siente con el cuerpo entero, no el que se percibe solo con la vista o se consume en una pantalla—; el regionalismo crítico, que opone la cultura constructiva y medioambiental del lugar al selfie global; la tectónica y la materialidad, el Baukunst frente a la forma escultórica arbitraria; los activismos de la justicia social y el ecologismo; y el minimalismo esencialista del “más con menos”. Ese último es el escape del equipo cuyo proyecto ganó el concurso y que ustedes descartaron para perseguir el icono.
Un museo que custodia 1,2 millones de bienes patrimoniales es, ante todo, una máquina silenciosa de preservar la memoria que no debe reclamar demasiada atención para sí misma, sino servir de fondo neutro a las exposiciones: un 5 % es ícono; el 95 % restante es conservación, clima, luz, recorrido, cuerpo. Este proyecto no era la mejor oportunidad para construir un icono para su administración, aunque ustedes piensen que sí. Hay tipologías mucho mas juguetonas que un archivo nacional.
La redundancia del proceso que usted reclama del Colegio le habría entregado tres proyectos solventes y construibles entre los cuales el Estado podría decidir. (Ese es, de hecho, el modelo de los concursos estatales chinos, que conozco muy bien. Es muy poco democrático, pero es más limpio que el suyo, porque allí el jurado es solo técnico, sin delegados de la administración actuando desde dentro, recuperando proyectos descartados por el jurado técnico). Lo que ese método suavemente autocrático nunca le habría entregado es el proyecto que su proceso coronó, porque no habría llegado a la terna: ese proyecto no cumple siquiera la primera condición de la ingeniería que usted estudió: sostenerse en pie. ¿Cómo baja la estructura a la cimentación?, ¿Dónde están las columnas y los montantes en las salas de exposición?, ¿Cómo se controla la luz en esa fachada de vidrio enterizo?, ¿y cómo se limpia?, ¿Cómo drenan esas cubiertas llenas de recovecos y retranqueos?, ¿Cómo se exhiben los objetos en esas salas y cuál es su organización y sistema de compartimentación y acceso?, ¿Es este proyecto construible en dos años por $100M, como se nos pidió certificar a los miembros del jurado? Pregúnteles a sus expertos si no lo sabe usted ya…
Ustedes descalificaron el jurado técnico y lo sustituyeron por un segundo jurado cuyos miembros trabajan, todos, en proyectos de los promotores inmobiliarios que levantan las torres alrededor del futuro museo —Schwartzkopf, Nobis, Campana— y algunos, directamente, en esos mismos solares. Es un jurado transaccional de yes-men, que tampoco puede responder a las preguntas técnicas que le acabo de hacer, porque el análisis técnico nunca fue su rol en este proyecto, aunque estoy seguro que coincidirían conmigo en las consideraciones técnicas.
Pero lo más desolador no es siquiera ese jurado: son quienes accedieron a comparecer ante él. Tres premios Pritzker —la distinción más alta que concede esta profesión— se prestaron al juego y fueron a postrarse a los pies de aquel tribunal comercial, tras haber sido descartados. No compitieron ante un jurado de pares; se arrodillaron ante los empleados de los promotores. El daño causado rebasa Quito: cada vez que una firma de ese rango presta su prestigio a un proceso semejante, les enseña a todos los gobiernos del mundo que la experticia se compra, que la excelencia hace cola detrás de la conveniencia pecuniaria y que el nombre en la puerta vale más que el criterio que ese nombre debería garantizar. Es la propia disciplina la que sale degradada del trato.
En términos urbanísticos, también se confunde usted. No se trata de proteger al museo de las vistas desde las torres, sino de cerrar la vista al sur desde el parque de La Carolina con un objeto a la escala del parque, en vez de dejar que sean las torres comerciales de veinticinco a treinta y cinco plantas las que ocupen el centro de esa vista con el museo sirviéndoles de zócalo. Su remedio, Sr. Luque, es subordinar miles de metros cuadrados de desarrollo urbano a preservar el encuadre fotográfico de su futuro ícono: Camillo Sitte on steroids, el urbanismo escenográfico de la “ciudad bella”, reescrito por Kim Jong-un: la ciudad entera concebida como decorado para los selfies.
Las grandes ciudades, Sr. ministro, nunca ordenan su tejido alrededor de monumentos fotografiables, sino por criterios tipológicos, de infraestructura, de uso y de aprovechamiento y densidad. Las que se diseñan para las vistas y la selfie existen —Pyongyang, Moscú, quizá Pekín—, allí donde gobiernan los Líderes Queridos. Nunca había visto semejante nivel de intervencionismo aplicado a las vistas urbanas en un estado democrático…
Y aquí, Sr. ministro, asoma lo más revelador de todo el episodio, que es de orden ideológico. Por un lado, un gobierno de la nueva derecha latinoamericana reclamando participación ciudadana, que fue siempre la bandera de la izquierda. Por el otro, equipos locales amparados tras un Pritzker y exhibidos como un catálogo de credenciales woke: diversidad de género y de raza, expertos “indígenas y afroecuatorianos”, supuesta ecología… el vocabulario entero de la diversidad, la inclusión y la justicia social, esgrimido desde la muy cómoda pertenencia a la élite local con apellidos de alcurnia: Izurieta, Canova, Durán, Calisto… y sus contactos de Facebook y Twitter ―Pinto entre ellos― todos agazapados tras el nombre de una firma japonesa. Los activismos de la justicia social eran una de la salidas de la arquitectura icónica: una manera de devolver el edificio a la comunidad en lugar de producirlo como un signo ensimismado. Aquí, en cambio, se los emplea como envoltorio para la elite local. Porque los mismos que durante dos décadas combatieron el star system como emblema del privilegio y la injusticia, se apropian ahora, sin rubor, de sus mecanismos más rancios —el arquitecto-estrella, el ícono, la firma internacional— y los envuelven en lenguaje DEI. La arquitectura woke y la del star system, enemigas irreconciliables hasta anteayer, convergen en un abrazo que no había presenciado nunca: la corrección política al servicio del culto a la marca, el ícono comercial blindado en nombre de quienes nunca tuvieron voz. Una coartada perfecta.
Conviene leer la letra pequeña de ese proyecto que han elegido con “el pueblo”. El diseño que su segunda consulta coronó en nombre de la ciudadanía lleva en su propia autoría los apellidos de siempre. El “museo del pueblo” resulta ser, cuando se mira de cerca, el museo de la élite local, ratificado por un pueblo fantasma en la redes. Su participación ciudadana no democratizó nada: fue la coartada para que los de siempre se adjudicaran, en nombre de todos, un proyecto substancial.
Queda su gran argumento: el pueblo. Es, otra vez, un asunto de especialistas —esta vez de teoría política y de los media. Su “participación ciudadana” no brotó de la ciudad: brotó de las redes. Es lo que Walter Lippmann bautizó como el público fantasma —un pueblo que no existe como cuerpo deliberante, sino como eco— y, en este caso, un pueblo sintético, fabricado en buena medida por los equipos que perdieron el concurso y por sus voces políticas. Un pueblo Potemkin para una arquitectura Potemkin. Si de verdad cree usted que las redes son la voz del pueblo, lea los comentarios al pie de sus posts: 99% del feedback es negativo. Para cumplir con los designios del pueblo, dimita hoy mismo, Sr. Luque.
Efectivamente, el museo que ustedes han destruido para una década, mediante la expulsión de los mejores expertos a cargo, no pertenece a un gobierno, ni a un jurado, ni a un gremio, ni al pueblo ficticio de las redes; pertenece a todos los ecuatorianos. Precisamente por eso era necesario un jurado de verdaderos expertos en vez de arquitecturas icónicas, posts, expertos de alquiler y Pritzkers for Sale. Los populismos siempre terminan enfrentados con la experticia.
Una carta por Alejandro Zaera-Polo | Arquitecto. Miembro del jurado técnico internacional del concurso del Museo Nacional del Ecuador.