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Columnas

Proximidad y asimilación

Proximidad y asimilación

28 enero, 2014
por Juan José Kochen | Twitter: kochenjj

El fin último de este texto –por lo menos en cuanto a intención– es abrir múltiples interpretaciones sobre la arquitectura y sus procesos actuales para así descentralizar su protagonismo. El arquitecto (de hoy) está obligado a crearse una idea de posibilidad, hacer surgir lo que no se ha dicho ni se ha hecho con los cánones preestablecidos que le pesan a la disciplina. Y el camino, ante la anacronía de la mayoría de los planes de estudio de las escuelas de arquitectura, radica en un replanteamiento sin duda institucional –aunque difícil de cambiar– pero sobre todo personal, a raíz de una crisis que voltea a la transdisciplina. Hasta ahora, conjeturas nada ‘esclarecedoras’ o con base en sugerencias innovadoras. Aún así, habrá que ser reiterativo. El arquitecto como estratega, a partir de los recursos económicos y materiales con los que dispone, es el responsable de reinventar su propia profesión –más aún ante la realidad coyuntural y laboral del país– para crear e infiltrar derivaciones de normas con la finalidad de restaurar equilibrios y ofrecer medios para la interpretación posterior de su propio papel en la ciudad.

La forma de percibir y adquirir las partes de los procesos creativos es la forma en la que decidimos qué y cómo interpretar. Lo que al final podemos capturar nace del pensamiento de una arquitectura como soporte para la comunicación y comprensión de lo que nos rodea. Dejemos de lado las convenciones adquiridas sobre el rol único de los arquitectos constructores y pensemos en otras formas de quehacer profesional. Pensemos en la especialización aplicada como al doctor se le exige esa misma especialidad para salir de la generalidad. Y lo creativo del proceso, cuya disyuntiva debiera plantearse desde los primeros semestres de la carrera, cada vez resulta más en entender, inferir y subrayar que el futuro de la arquitectura no es arquitectónico. Requiere un esfuerzo por traspasar formas de habitar y analizar para hacer arquitectura desde distintas formas de expresión; un riguroso aprendizaje a partir de lo que sucede más allá de la burbuja del ‘taller de proyectos’ o el refugio de la ‘teoría teorizada’.

En 1956, poco después de haberse inaugurado Ciudad Universitaria, Alberto T. Arai escribe su Introducción al estudio de la arquitectura. Su escrutador postulado cuestionaba el papel del estudiante y arquitecto en busca de una definición de la disciplina. Arai suscribió que la facultad intelectual básica –además del entendimiento, voluntad y creación– en arquitectura es la asimilación. Así, el primer ejercicio de acciones estratégicas particulares sería asimilar que el arquitecto (de hoy) ya no es más el arquitecto de la modernidad, ni el genio creador, como también ya se ha escrito en reiteradas ocasiones tras varios galardones del Pritzker. Beatriz Colomina lo ha referido al decir que “la arquitectura está basada en la idea del genio único cuando en realidad es colaboración; como el cine, todos deberían salir en los créditos”. Y aunque probablemente el director cinematográfico adquiere la misma relevancia protagónica, su ‘producción’ exige de una labor compartida y multidisciplinar.

Arai enfatizó la importancia de la teoría y la práctica en la enseñanza de la arquitectura al escribir que la educación del estudiante exige, en su iniciación, menos discusión teórica y más libertad práctica, para pasar luego, en el terreno profesional, a una renovación de la teoría, de acuerdo con un pensamiento madurado por la reflexión y la experiencia, y una estabilidad práctica de conformidad con las reglas establecidas por la comprobación reiterada del criterio propio o personal. Aquí se sugiere lo mismo, pero revuelto. Arai partió de un proceso de formación durante la carrera (aunque bien podría aplicar para los estudios de posgrado) en el cual estas premisas son el preámbulo para revalorar los ciclos destinados a la teoría e historia de la arquitectura. Muchas veces esto sucede en el quehacer de la profesión, se manejan postulados, discursos y comentarios sin teoría y previo estudio de los componentes a inferir, citar y analizar; y en su contraparte, también se proyecta, diseña y modela sin previo entendimiento de lo que se imagina. La forma e imagen renderizada supera al diagrama o el programa. En ambos casos, resulta fundamental el entendimiento de una investigación (no de análogos) como método o modelo; deducción progresiva de un problema y resolución de un proyecto.

Michael Foucault decía que el método debe estar siempre dispuesto para rectificarse a sí mismo, y esto aplica para la profesión, y más aún para su aprendizaje, sus programas de estudio. ¿Cuántos programas debieron haberse rectificado hace años y ahora resultan más que obsoletos? El método del programa es el medio para resolver el conflicto que existe entre el análisis lógico y riguroso y el pensamiento creativo. Un proceso que parte de hechos y acciones, normas racionales y resultados; una sucesión de propuestas o hipótesis sujetas a juicios y tomas de decisión encaminadas a la integración de una forma total.

En las escuelas de arquitectura debieran nacer las nuevas líneas de pensamiento a partir de un amplio espectro de puntos de fuga; un lugar fértil de desarrollo para su futura aplicación; y como parte de su enseñanza, un instrumento catalizador que detona coacción. El arquitecto es solamente uno entre varios o muchos agentes del proceso de producción del espacio, y cada vez más con menor injerencia en el mismo. “No son genios lo que necesitamos ahora”, decía José Antonio Coderch: “en los caminos diversos que sigue cada arquitecto consciente tiene que haber algo común, algo que debe estar en todos nosotros”.

Mientras otras disciplinas han rebasado sus coincidencias para extrapolar su radio de acción, la arquitectura las ve a distancia; mientras el retrovisor de las demás los observa de más y más lejos. Sin embargo, y sin darnos cuenta, los objetos de este espejo –la arquitectura– están más cerca de lo que parece. A pesar de esto, y como toda carrera de largo aliento, la proximidad requiere asimilación.

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