La preservación de la identidad del lugar y de las características del edificio existente definió el punto de partida de la intervención. En consecuencia, se propone la adición de un nuevo volumen a la construcción original, como si replicara la forma de las naves contiguas. Esta operación apela a una idea de continuidad urbana y formal, pero al mismo tiempo se afirma como una identidad propia, capaz de constituirse como acceso principal del conjunto y de inscribir su intervención en el tiempo, valorizando y resguardando la imagen del edificio existente.
El nuevo volumen se extiende hasta el límite sur del predio, albergando las funciones técnicas, administrativas y sociales, liberando así el núcleo interior de las “naves” existentes para acoger el área expositiva, que asume la función principal de la intervención.
Las dos naves preexistentes, con aproximadamente 680 m² de superficie cubierta, adoptan una tonalidad gris neutra que las homogeneiza y refuerza su abstracción formal. En el interior, se recubren en negro para destacar la forma dinámica que organiza la exposición: una suerte de huella orgánica que genera “bolsas” temáticas y estructura el recorrido de manera clara e intuitiva.
En contraste con esta abstracción cromática de lo existente, el nuevo volumen se presenta íntegramente en hormigón aparente pigmentado en rojo, consolidándose como un punto de referencia en el paisaje urbano y aéreo, marcando el territorio de forma indeleble. Este “remate” formal recrea, de manera delicada, la geometría de lo preexistente, estableciendo un equilibrio entre lleno y vacío que jerarquiza accesos, espacios de estancia y la relación con el entorno.
El resultado es un museo que parece haber estado siempre allí: tanto para quienes recuerdan los antiguos graneros como para las nuevas generaciones que reconocen el museo rojo como parte de la imagen colectiva del lugar.