Con la forma de un gran anillo de 15 metros de diámetro, la instalación se ha construido íntegramente con sabinas quemadas recuperadas del terreno. Los troncos, apilados de manera concéntrica, conforman un perímetro oscuro que conserva la huella del fuego. Las copas, orientadas hacia el exterior, se extienden sobre el paisaje como un eco de lo que una vez fue bosque. De esta manera se construye un refugio inspirado en las tradicionales construcciones castellanas para proteger los rebaños de los depredadores.
El interior del círculo revela un vacío de tres metros de diámetro, delimitado por troncos seccionados que se elevan para formar una pequeña bóveda. En su parte superior, un punto de luz perfora la masa de madera carbonizada y enmarca un fragmento de cielo. El olor a resina, como un bálsamo de ritual proveniente de los propios troncos cortados, la penumbra contenida y la verticalidad del hueco configuran un espacio de introspección y silencio, abierto a una experiencia física y emocional intensa.
Más allá de su dimensión material, la instalación “Socarrado” plantea una reflexión crítica sobre la fragilidad del paisaje y sobre la pérdida de referencias en una época donde lo digital invade y distorsiona la relación con la realidad. En su sencillez formal, la obra señala una urgencia: detenerse, recuperar la atención y restablecer el vínculo con aquello que no puede replicarse mediante pantallas ni avatares. El círculo de sabinas funciona como un recordatorio de lo que permanece incluso después del desastre: la tierra, su memoria y la responsabilidad compartida de cuidarla. 